Acuden miles a centenario de coronación de la Virgen de Manaoag, uno de los santuario más grandes de Asia

29.04.2026

Miles de fieles y el presidente de Filipinas participaron en la recreación de la coronación canónica de la Virgen de Manaoag, uno de los principales santuarios marianos de Asia, en su centenario.

Miles de fieles, junto al presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos Jr., y la primera dama, Liza Araneta-Marcos, se congregaron el pasado 22 de abril en la Basílica Menor de Nuestra Señora de Manaoag, en la provincia de Pangasinan, para celebrar el centenario de la coronación canónica de una de las imágenes marianas más veneradas de Asia.

El Cardenal José Advincula, arzobispo de Manila, presidió la homilía de la misa solemne con un mensaje que trascendió la conmemoración devocional: la devoción a María debe expresarse en actos concretos de justicia y atención a los pobres. «En un mundo desgarrado por la guerra, la pobreza y la indiferencia, que nuestra devoción mariana dé fruto en acción mariana: un cuidado concreto de los pobres, una atención tierna a los vulnerables y un compromiso firme con la justicia y la paz», afirmó.

El Cardenal advirtió de que la devoción mariana pierde su sentido cuando se reduce a un ritual o una tradición que no transforma la conducta, las relaciones y el compromiso social. «La verdadera coronación de María no se hace con joyas, sino con vidas transformadas», subrayó, describiendo a los fieles como la «corona viviente» de la Virgen a través de la santidad y el amor oblativo. «Que nuestro amor por María nos lleve a ser más justos, más santos y más capaces de amar», concluyó, animando también a la oración diaria del rosario, al que definió como una «corona de rosas» ofrecida cada día.

Recreación solemne de la coronación de 1926

La misa fue presidida por el Arzobispo Charles John Brown, nuncio apostólico en Filipinas, quien dirigió una recreación solemne de la coronación canónica que tuvo lugar originalmente el 21 de abril de 1926 en nombre del Papa Pío XI, celebrada entonces por Mons. Guglielmo Piani, delegado apostólico. La pareja presidencial presentó las coronas ceremoniales al nuncio, quien las impuso sobre la imagen. La aureola fue colocada por el Arzobispo Gilbert Garcera de Lipa, presidente de la Conferencia Episcopal de Filipinas (CBCP), y el P. Félix Legaspi III, rector de la basílica.

Al término de la Eucaristía, el presidente Marcos dirigió a la asamblea en el rezo de la oración compuesta para el centenario de la coronación de Nuestra Señora de Manaoag.

«Un siglo de gracia y devoción inquebrantable»

El Arzobispo de Lingayen-Dagupan, Mons. Sócrates Villegas, calificó el centenario como «un siglo de gracia, milagros y devoción inquebrantable» y subrayó que, de generación en generación, María ha sido símbolo de esperanza y consuelo para innumerables fieles. «Esta celebración centenaria nos recuerda su presencia perdurable en la vida del pueblo filipino: nos guía en los momentos de oscuridad, nos fortalece en nuestras debilidades y nos lleva cada vez más cerca de su Hijo, Jesucristo», afirmó.

Mons. Villegas se sumó al llamamiento a traducir la devoción en misión, señalando que la Eucaristía debe mover a los creyentes del agradecimiento a la acción en un mundo «sediento de paz». El prelado exhortó a los fieles a practicar la misericordia como signo de fortaleza: «No debemos tener miedo de perdonar o de ser compasivos, porque la misericordia, la compasión y la ternura son cualidades de las personas fuertes».

La aparición de 1610 y el origen del santuario

El santuario tiene su origen en una tradición que se remonta a 1610, cuando un campesino de Pangasinan habría escuchado una llamada y visto a la Virgen con el Niño Jesús en brazos y un rosario. En el lugar de la aparición se erigió una pequeña capilla que se convirtió en el núcleo de la actual ciudad de Manaoag, cuyo nombre deriva de la palabra pangasinan taoag, que significa «llamar», reflejando la creencia de que María convoca a los fieles a su santuario en la colina.

La coronación canónica de 1926 reconoció oficialmente una devoción ya profundamente arraigada entre generaciones de católicos filipinos. La imagen, esculpida en marfil y de aproximadamente 1,20 metros de altura, presenta a la Virgen con expresión serena sosteniendo al Niño Jesús en su brazo izquierdo, mientras un rosario ornamentado cuelga de su mano derecha. Los fieles la conocen cariñosamente como Apo Baket, apelativo ilocano que combina un tratamiento de respeto (Apo) con la palabra para «matriarca» (Baket).

A lo largo de los siglos, la basílica se ha consolidado como uno de los centros de peregrinación más visitados de Asia, atrayendo a millones de visitantes cada año. 

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