UN CORAZÓN QUE SE RINDIÓ A LA DIVINIDAD

UN CORAZÓN QUE SE RINDIÓ A LA DIVINIDAD

Santa María Magdalena, cuya fiesta celebramos este 22 de julio, es figura luminosa que pasó, de vivir atada a siete demonios, a reconocer en Jesús al mismo Dios hecho Hombre. Cuando entró en la casa del fariseo, no dudó ante miradas de juicio: se arrodilló, lavó sus pies con lágrimas, los secó con sus propios cabellos y los ungió con el perfume más preciado que poseía. En ese gesto de amor y abandono, ella percibió con certeza que estaba ante la Divinidad, antes incluso que los discípulos comprendieran plenamente su misterio: reconoció que quien perdonaba pecados y transformaba corazones sólo podía ser el Hijo de Dios, digno de toda adoración. Jesús mismo defendió su acto, diciendo que su amor grande revelaba que muchos pecados le habían sido perdonados, y que lo que ella hizo sería recordado en todo el mundo como testimonio de fe.

Fue ella quien permaneció firme al pie de la cruz, cuando casi todos huyeron, acompañando su agonía junto a la Virgen María y otros fieles. No abandonó al Maestro ni en la muerte, y cuando fue al sepulcro al tercer día para ungir su Cuerpo, se encontró con la piedra removida y el sepulcro vacío. Fue la primera en ver al Resucitado, quien la llamó por su nombre, y ella corrió a anunciar la buena nueva a los Apóstoles, ganándose el título de "Apóstol" de los Apóstoles. Su vida enseña que la verdadera sabiduría no viene de leyes humanas ni de saberes terrenales, sino del corazón convertido que sabe reconocer la presencia divina incluso en la humillación y el sufrimiento.

Hoy honramos a esta mujer que transformó su pasado en testimonio de gratitud, que supo ver la gloria oculta en la debilidad de Cristo y que nos muestra que nadie está tan lejos que no pueda acercarse a Él con amor sincero. Su ungimiento no fue sólo un acto de devoción, sino la revelación anticipada de que Aquél que caminaba entre ellos era el Salvador, Dios Encarnado que entrega su vida por todos nosotros.