SILENCIO, ESPERA Y EL MISTERIO DEL DESCENSO

SILENCIO, ESPERA Y EL MISTERIO DEL DESCENSO

El sol se ha puesto sobre Jerusalén. La noche del viernes se ha desvanecido en un amanecer que no trae la luz esperada. El sábado, el día sagrado del descanso según la Ley, se ha instalado sobre la ciudad con un peso de plomo. Pero no hay descanso en los corazones de los que amaban a Jesús. Hay un silencio inmenso, una espera que parece no tener fin, un vacío que se ha instalado en el mundo desde que el cuerpo inerte del Señor fue bajado de la cruz y depositado en el sepulcro nuevo cavado en la roca. La piedra ha sido rodada a la entrada, y los guardias vigilan. Los discípulos están escondidos, aterrados, con las puertas cerradas. María, la Madre, ha vuelto al cenáculo con las santas mujeres, y allí permanece en la oración y el recogimiento, guardando en su corazón el misterio de un silencio que es más elocuente que todas las palabras.

El Sábado Santo es el día del silencio de Dios. No el silencio del que se ha ido y no vuelve, sino el silencio del que está obrando en lo más profundo, en la entraña misma de la tierra, en el lugar donde la muerte creía tener el dominio eterno. La Tradición de la Iglesia nos enseña que mientras el Cuerpo de Jesús yace en el sepulcro, su Alma, unida a la divinidad, desciende a los infiernos. No a los infiernos de los condenados, sino al Seno de los Patriarcas, al lugar donde las almas justas esperaban desde los siglos la Redención. Allí, Adán y Eva, que escucharon la promesa de la Mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente, aguardaban. Allí, Abraham, Isaac y Jacob, que creyeron contra toda esperanza, esperaban. Allí, Moisés, que condujo al pueblo por el desierto, David, que fue rey y profeta; Isaías, que anunció al Emmanuel; y todos los justos del Antiguo Testamento, esperaban la hora en que las puertas de la vida se abrieran para siempre.

Y en ese Sábado Santo, cuando la Creación entera permanece en suspenso, el alma de Cristo penetra en las tinieblas, no para ser vencida por ellas, sino para iluminarlas con la luz de la divinidad. La liturgia antigua canta aquel himno glorioso: "Algo nuevo sucede. Un silencio se extiende en la tierra, un gran silencio y soledad. Porque el Rey durmió, la tierra tembló y quedó en reposo, porque Dios se durmió en la carne y fue a despertar a los que desde siempre dormían". Cristo desciende al abismo y llama a los que allí aguardan: "¡Despertad, los que dormís, y levantad la cabeza! ¡Abrid las puertas eternas, porque ha llegado el Rey de la gloria!" Y los Patriarcas, los Profetas, los Justos de todas las edades, que habían vivido y muerto en la esperanza, ven por fin cumplida la promesa. Adán, el primer hombre, es tomado de la mano por el nuevo Adán, y las puertas del Cielo, cerradas por el pecado, comienzan a abrirse.

Mientras tanto, en la tierra, todo es silencio. Las mujeres preparan aromas para ir a ungir el Cuerpo al alba del domingo, porque el sábado lo impide la Ley. Los discípulos permanecen encerrados, atormentados por el remordimiento y el miedo. Pedro llora su negación, y en su llanto hay una esperanza que apenas se atreve a pronunciar. Juan, el discípulo amado, acoge a la Madre en su casa, y allí, en la intimidad del dolor compartido, se teje la primera comunidad de los que esperan contra toda esperanza. María, la que creyó en el anuncio del Ángel, la que concibió por obra del Espíritu Santo, la que estuvo de pie junto a la cruz, permanece ahora en la espera. Ella sabe, porque el Ángel se lo dijo, que el Hijo de Dios no puede quedar en la muerte. Ella guarda en su corazón todas estas cosas, y su silencio es el más profundo de todos, porque es el silencio de quien ha alcanzado la cumbre de la Fe.

El Sábado Santo es el día de la Iglesia que espera. Los altares están desnudos, los sagrarios vacíos, las campanas enmudecidas. Es un día de recogimiento, de silencio. No se celebra la Eucaristía, porque el Esposo ha sido arrebatado. Los fieles se reúnen en los templos para velar junto a la imagen del Señor sepultado, para meditar en la Pasión, para acompañar a la Madre en su dolor. Es un día en que la liturgia parece detenerse, porque la Historia misma se ha detenido. Entre la Muerte y la Resurrección, entre el Viernes del Calvario y el Domingo de la Gloria, se abre este espacio sagrado en el que nada ocurre, y sin embargo todo está ocurriendo. Porque en las entrañas de la tierra, Cristo está obrando la liberación de los que desde siempre aguardaban.

En este día, la Iglesia nos invita a entrar en el misterio del reposo del Señor. No es un reposo inactivo, sino el reposo de quien ha consumado la obra y espera la gloria. Es el reposo del labrador que ha sembrado la semilla y aguarda la cosecha. Es el reposo de la mujer que ha dado a luz y contempla al hijo que ha nacido para la vida eterna. Por eso, el Sábado Santo es también el día de la Esperanza, aunque la esperanza aún no se haya manifestado. Es la esperanza que no se ve, pero que sostiene a los que creen. Es la esperanza de María, que no vacila aunque todo parezca perdido. Es la esperanza de los discípulos, que vuelven a reunirse aunque el miedo los acobarde. Es la esperanza de la Iglesia, que en la noche de la Historia, aguarda la aurora que no puede tardar.

Señor, en este Sábado Santo, concédenos entrar en tu reposo. Enséñanos a callar cuando no hay palabras, a esperar cuando no vemos la luz, a confiar cuando todo parece desmoronarse. Danos la fe de María, que guardaba todas las cosas en su corazón. Danos la esperanza de los Patriarcas, que te esperaron en las tinieblas. Danos el amor de Juan, que supo recibir a la Madre en su casa. Y mientras tu Cuerpo reposa en el sepulcro, mientras tu Alma desciende al abismo a rescatar a los cautivos, ayúdanos a permanecer en vela, con las lámparas encendidas, esperando la aurora que no tiene ocaso. Porque aunque ahora es de noche, sabemos que amanecerá. El sábado pasará, la piedra rodará, ¡y la gloria de la resurrección llenará el universo! Amén.