SI HUBIERAN NACIDO
SI HUBIERAN NACIDO
Si Aristóteles o Santo Tomás de Aquino hubieran nacido en nuestros días, no serían esclavos de las redes sociales, sino sus jueces más lúcidos. Al filósofo griego, que ordenó el saber y distinguió lo verdadero de lo aparente, le horrorizaría la prisa por opinar sin saber, la reducción del pensamiento a frases cortas y la multitud de voces que confunden la fama con la sabiduría. Lejos de caer en la adicción, usaría estas herramientas como instrumentos, jamás como amos, para difundir la verdad y desenmascarar la ilusión que todo lo reduce a aplausos o rechazos. Y Santo Tomás, que buscó a Dios en toda parcela de la realidad, vería en la tecnología un don del ingenio humano, pero lamentaría cómo se ha convertido en cadena que aprisiona la atención, enfría la oración y dispersa el alma; no se dejaría arrastrar por el flujo incesante, sino que ordenaría su uso según la razón y la fe, sin perder nunca la libertad interior.
Tampoco Leonardo da Vinci, hombre de curiosidad infinita y genio creador, se habría conformado con ser un simple ilustrador de cómics de ciencia ficción. Es cierto que amaría explorar mundos nuevos, imaginar máquinas y plasmar con trazo magistral lo que la mente concibe, pero su espíritu inquieto no se detendría en una sola forma ni en un solo encargo. Sería al mismo tiempo artista, científico, inventor y observador incansable, llevando la imaginación más allá de cualquier guion preestablecido, convirtiendo cada obra en una pregunta sobre el hombre y su lugar en el universo, nunca en mero entretenimiento vacío.
Estas reflexiones nos enseñan que las herramientas cambian, pero el alma humana y su destino son los mismos. La grandeza no depende de la época ni de los inventos, sino de la capacidad de mantener la razón despierta, la Fe firme y la libertad intacta ante cualquier novedad. Lo que hace grande a un hombre no es lo que consume, sino lo que ama y lo que construye, por encima de modas y corrientes pasajeras.


