SANTA MARÍA REINA, LA REINA QUE REINÓ SIRVIENDO
SANTA MARÍA REINA, LA REINA QUE REINÓ SIRVIENDO
El 31 de mayo, la Iglesia celebraba a Santa María Reina, coronada de gloria en el Cielo por ser Madre del Rey Eterno y por su cooperación singular a la obra de la Redención. Pío XII instituyó esta fiesta en 1954 con la Encíclica Ad Caeli Reginam, proclamando que su realeza no proviene de cetros ni ejércitos, sino de su Maternidad Divina, su entrega sin reservas y su excelencia en Gracia. Es Reina no por dominio, sino por amor; no por imponer, sino por servir. En 1969, Paulo VI trasladó esta fiesta al 22 de agosto, fecha en que algunos hoy siguen celebrando la Fiesta del Inmaculado Corazón de María
Toda su vida fue un despliegue de virtudes. Destaca ante todo su humildad profunda al decir «He aquí la esclava del Señor», reconoció que nada era suyo y todo lo recibía de Dios. A Ella se unen la Fe inquebrantable que mantuvo al pie de la Cruz, la obediencia perfecta a la Voluntad de Dios, la pureza sin mancha, la caridad que la llevó a servir a su prima Isabel, y la fortaleza que sostuvo su corazón atravesado por una espada de dolor. Pero la virtud más sobresaliente y raíz de todas fue su perfecta docilidad al Espíritu Santo, su entrega total e incondicional: «Hágase en mí según tu palabra». En esas cinco palabras está toda su grandeza: nada quiso para sí, todo lo puso en las manos de Dios, y por eso Dios la exaltó por encima de Ángeles y Santos.
Su realeza es la del amor que sirve. La que huyó a Egipto, vivió oculta en Nazaret y permaneció fiel al pie de la Cruz, no gobernó con leyes ni espadas, sino con ternura, sacrificio y silencio. Coronada ahora en gloria, preside el universo con corazón maternal, intercede por sus hijos y distribuye los tesoros de la Gracia. No se aleja de nosotros al sentarse en su trono; desde allí nos mira, nos ama y nos guía hacia su Hijo. María Santísima es Reina porque supo ser esclava del Señor; su grandeza nació de su humildad, y su corona es el fruto de su entrega sin medida. Por eso la aclamamos como "Reina del Cielo y de la tierra", y acudimos a Ella confiados: «Salve, Reina, Madre de misericordia».


