SALVAR EL ALMA: ¡NEGOCIO SEGURO!
SALVAR EL ALMA: ¡NEGOCIO SEGURO!
¿Qué es lo primero y más importante en la vida de quien reconoce ser hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza? No hay que buscarlo lejos, ni en discursos ni en fortunas: está grabado en lo más hondo del ser, antes que cualquier otra cosa. Fuimos hechos para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y después gozar de Él eternamente en la otra. Esa es la razón de nuestra existencia; todo lo demás —poder, riqueza, placer, aplausos— es accesorio, pasajero y, si se pone en el lugar equivocado, mortalmente engañoso.
El verdadero negocio de la vida es uno solo: salvar el alma. No hay otro que valga la pena. Todo lo que tenemos aquí —el cuerpo, los bienes, los cargos, los afectos— nos fue dado en préstamo; ninguno lo llevaremos al momento de partir. El cuerpo se desgasta, enferma y muere, pero también será restaurado: el Señor lo resucitará glorioso al final de los tiempos. Por eso no debemos temer a la muerte: ella no es el final, sino el umbral. Lo que verdaderamente perdura, lo que decide nuestra suerte para siempre, es el alma. Ella es la que debe volver a Quien la creó, sin mancha, sin deuda, sin haber cambiado la Eternidad por un instante de brillo.
El enemigo de nuestra salvación lo sabe bien y usa siempre la misma trampa: los espejismos que brillan y se desvanecen. Dinero que se oxida; poder que se derrumba; placer que deja vacío; fama que se olvida. Son los mismos tres anzuelos que el demonio presentó a Jesucristo en el desierto: el pan para el cuerpo, el poder sobre los reinos, la vanagloria para el ego. Tres tentaciones que no han cambiado en milenios, porque tocan lo que más nos seduce: la comodidad, el dominio y el reconocimiento. Bajo su apariencia de felicidad se esconde el abismo: distraer al alma de su fin último para que, cuando llegue la hora, no tenga ojos más que para lo que ya se queda aquí.
Esta vida no es nuestra patria: es un valle de lágrimas, un exilio, una prueba. No somos dueños de ella, sino peregrinos que caminan de regreso a Casa. La verdadera Vida comienza cuando ésta termina. Aquí sufrimos, tropezamos, amamos con limitaciones y perdemos lo que queremos; allá, Dios será todo en todos, y ya no habrá llanto ni muerte ni despedida. Por eso el cristiano no teme: sabe que lo que otros llaman fin, es sólo el comienzo. Lo que importa no es cuánto tiempo vivimos, sino cómo vivimos: si enraizados en la Fe, sostenidos por la Gracia, buscando en cada cosa la Voluntad de Dios antes que la propia.
Cada día, cada decisión, cada renuncia a lo que brilla pero no sacia, es una moneda que depositamos en el único tesoro que no se roban ni se destruye. No cambies tu alma por nada de este mundo: el precio es demasiado alto. Todo lo que se ofrece a cambio de ella —riqueza, influencia, éxito— es mentira. La verdad es sencilla y eterna: fuimos creados para la Vida eterna. Y esa es la única ganancia que justifica todo el esfuerzo. Todo lo demás se queda en el camino. Solo el alma que ha vuelto a Dios ¡llega a la meta!


