RENUNCIANDO A LA DIGNIDAD DE LA RAZÓN
RENUNCIANDO A LA DIGNIDAD DE LA RAZÓN
El fenómeno de los therians ha irrumpido en la escena pública como una de esas excentricidades que serían hilarantes si no representaran un síntoma alarmante de la crisis de identidad que atraviesa nuestra época. Lo que comenzó como una subcultura en los rincones más oscuros de Internet se ha transformado hoy en un desfile de individuos que, renunciando a la dignidad de la razón, afirman poseer la esencia o el alma de un animal. Es, sin duda, la consagración de la idiotez elevada a categoría de derecho, una treta ideológica que parece diseñada específicamente para erosionar el intelecto humano y devolvernos a un estado de barbarie mental donde la percepción subjetiva anula la realidad biológica y psicológica más elemental. Para quien contempla el mundo con los ojos de la fe y la luz de la doctrina Católica, este espectáculo resulta no sólo ridículo, sino profundamente ofensivo: es el rechazo explícito al mayor regalo divino, la Imago Dei. Ver al ser humano, la cumbre de la Creación dotada de un alma racional y voluntad libre, arrastrándose por el suelo o emitiendo gruñidos en un intento de emular a la bestia, es la máxima expresión de una soberbia que termina en la más patética de las humillaciones. Dios, en su infinita sabiduría, colocó al hombre por encima de las criaturas irracionales para que las gobernara con nobleza, no para que buscara refugio en su instinto por incapacidad de afrontar la responsabilidad de ser humano.
Este absurdo no es una broma inofensiva ni un juego de niños; es una patología del sentido común que se alimenta de una ideología que desprecia los límites naturales. El problema de fondo es que los protagonistas de este absurdo "se lo creen", y la sociedad, cobarde ante la tiranía de la tolerancia mal entendida, prefiere validar el delirio antes que señalar" la desnudez del rey". Al rebajar al hombre a nivel del animal, se está cometiendo un suicidio intelectual; se renuncia a la capacidad de trascender, de pensar y de amar de manera racional para quedar atrapados en una pantomima de peluches y comportamientos salvajes. Es una regresión voluntaria que insulta siglos de progreso civilizatorio y teológico. Resulta vergonzoso que, en pleno siglo XXI, la "evolución" de la libertad nos haya llevado a este callejón sin salida donde ser un perro o un gato es una opción de vida protegida por el discurso identitario. En última instancia, el fenómeno therian no es más que el grito de una humanidad vacía que, al haber perdido el norte de su origen divino y la brújula de la lógica, intenta llenar su vacío existencial renunciando a la única cosa que nos hace verdaderamente grandes: nuestra humanidad. Es hora de recuperar la cordura y recordar que el hombre no se dignifica imitando al irracional, sino aspirando a lo eterno, aquello para lo que fue creado y de lo cual estas conductas ridículas intentan desesperadamente apartarlo.


