REFLEXIÓN DE PASCUA: DEL MISTERIO CELEBRADO A LA VIDA TRANSFIGURADA

REFLEXIÓN DE PASCUA: DEL MISTERIO CELEBRADO A LA VIDA TRANSFIGURADA

Los días Santos han pasado como un río profundo que arrastra consigo los siglos. Hemos vuelto a vivir aquella noche en que el Pan se partió y el vino se derramó como Sangre de la alianza nueva. Hemos acompañado al Señor en la soledad del huerto, cuando el sudor de su frente era ya el anticipo de la cruz. Hemos contemplado sus manos traspasadas, su costado abierto, su Cuerpo bajado de la cruz con la ternura de José de Arimatea y Nicodemo. Hemos guardado silencio junto al sepulcro mientras la Creación entera contenía el aliento. Y ahora, en la mañana del tercer día, la piedra ha rodado, el Ángel ha hablado, y la luz de la Resurrección ha inundado el mundo. No hemos sido meros espectadores de un drama antiguo. Hemos sido introducidos en el misterio, porque lo que ocurrió en Jerusalén, hace dos mil años, es también para nosotros, aquí y ahora, la fuente de nuestra salvación.

La Pascua no es un recuerdo, por más glorioso que sea. Es una realidad viva que nos atraviesa y nos transfigura. En el Jueves Santo, el Señor nos dejó el Pan de la vida eterna. No un símbolo, no una metáfora, sino su Cuerpo verdadero, su Sangre verdadera, para que pudiéramos alimentarnos de Él y tener su vida en nosotros. Cada vez que nos acercamos al altar, repetimos aquel gesto del cenáculo. Cada Eucaristía es una Pascua en pequeño, porque en ella se actualiza el mismo sacrificio que redimió al mundo y se nos da el mismo alimento que sostiene nuestra peregrinación. Vivir la Pascua es, ante todo, vivir en la Eucaristía: reconocer que sin este Pan no tenemos vida, que de este Pan brota la fuerza para el camino, que en este Pan se nos da el mismo Cristo que resucitó y vive para siempre.

En el Viernes Santo, el Señor nos enseñó que el amor no conoce medida. No hubo resistencia cuando lo prendieron, no hubo maldición cuando lo azotaron, no hubo huida cuando lo clavaron. En la cruz, el amor se hizo obediencia hasta la muerte, y la muerte se convirtió en la puerta de la vida. Vivir la Pascua es aprender a cargar con la cruz. No la cruz resignada del que se encoge ante el sufrimiento, sino la cruz abrazada del que sabe que el dolor, unido al de Cristo, fecunda la Historia y la convierte en Redención. Es aprender a perdonar como Él perdonó desde lo alto del madero, a amar hasta el extremo, a entregar la vida por los hermanos. Porque, quien no está dispuesto a dar la vida, no puede recibir la vida nueva que brota del sepulcro vacío.

En el Sábado Santo, el Señor descendió a los infiernos para rescatar a los justos que esperaban desde los siglos. Su silencio fue la palabra más elocuente. Su reposo fue la espera activa de quien ya ha cumplido la obra y aguarda la Gloria. Vivir la Pascua es entrar en ese silencio, aprender a esperar cuando no vemos la luz, a confiar cuando todo parece perdido. Es saber que la Historia tiene un sentido, aunque nuestros ojos mortales no alcancen a vislumbrarlo. Es mantener encendida la lámpara de la Fe en medio de la noche, convencidos de que el alba no tardará en llegar.

Y en el Domingo de Resurrección, el Señor venció a la muerte. No la venció para Sí solo, sino para todos nosotros. Porque Cristo resucitado es el primogénito de muchos hermanos. En Él, nuestra carne mortal ha sido elevada a la Gloria. En Él, nuestra muerte ha sido vencida. En Él, nuestra Esperanza ha recibido la certeza. Vivir la Pascua es vivir en la alegría de saber que la última palabra no la tiene el sepulcro, sino la vida. Es dejarnos transformar por Aquél que pasó a través de la muerte para abrirnos las puertas de la eternidad. Es anunciar con valentía, con coherencia, con gozo, que Cristo ha resucitado y que, porque Él vive, también nosotros viviremos.

Pero esta Pascua que hemos celebrado en la liturgia debe convertirse en Pascua vivida. No basta con haber asistido a los Oficios, por más hermosos que hayan sido. No basta con haber ayunado y velado, por más Fervor que hayamos puesto. La Pascua nos llama a ser hombres y mujeres nuevos, transfigurados por el encuentro con el Resucitado. Nos llama a mirar nuestra vida con los ojos de la Esperanza, a transformar nuestras relaciones con la fuerza del perdón, a encarar las dificultades con la certeza de que el sufrimiento no es la última palabra, a anunciar con nuestra existencia que Cristo vive y reina.

Somos, cada uno de nosotros, eslabones en la cadena de la Historia de la Salvación. Aquellos primeros testigos recibieron la noticia de la resurrección y la transmitieron con su palabra y con su sangre. A nosotros nos ha llegado ese tesoro a través de los siglos, custodiado por la Iglesia, vivido por los Santos, sellado por los mártires. Y ahora somos nosotros quienes debemos transmitirlo. No podemos guardar la luz de la Pascua solo para nosotros. La alegría del sepulcro vacío nos urge a salir, a anunciar, a dar testimonio. Como María Magdalena, que corrió a decir a los discípulos que había visto al Señor; como los de Emaús, que volvieron a Jerusalén con el corazón ardiendo; como los Apóstoles, que dejaron el miedo en el cenáculo para salir al mundo con la verdad de la Resurrección.

La Pascua nos envía. Nos envía a nuestras familias, a nuestros trabajos, a nuestras comunidades, a los lugares donde la muerte parece tener todavía el dominio. Nos envía para que, con nuestra vida transfigurada, mostremos que la Caridad es más fuerte, que la Esperanza no defrauda, que la Fe tiene fundamento. Nos envía para que, en medio de un mundo que muchas veces camina en tinieblas, seamos luz. Para que, donde reina el odio, sembremos el perdón; donde reina la desesperanza, anunciemos la vida eterna; donde reina la mentira, proclamemos la verdad que nos ha hecho libres.

Que esta Pascua no sea solo un día en el calendario, sino un estado del alma. Que la Gracia del Resucitado nos transforme desde dentro, de modo que nuestra vida entera sea una Pascua continua. Que la Eucaristía en el altar nos dé fuerza. Que el amor que nos sostuvo en la cruz nos enseñe a cargar con las cruces de los hermanos. Que la Esperanza que brotó del sepulcro vacío ilumine nuestro camino, incluso en los momentos más oscuros.

¡Porque Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Y porque Él vive, nosotros viviremos con Él, ahora y por toda la eternidad. Aleluya. Que así sea. Amén.