PERFECCIÓN EVANGÉLICA

PERFECCIÓN EVANGÉLICA

La llamada a la perfección que encontramos en el Evangelio de San Mateo es uno de los mandamientos más profundos de la Fe católica, y aunque a primera vista pueda parecer una hipérbole o un objetivo inalcanzable para los seres humanos, su verdadero significado se revela cuando se considera en el contexto completo del mensaje evangélico, centrado en el amor. En el capítulo 5, versículo 48, Jesús dice: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto", y estas palabras no deben interpretarse como un llamado a alcanzar la misma perfección divina en su totalidad —cosa que sólo Dios puede poseer— sino como una invitación a vivir en plenitud el amor que Dios nos ha dado, convirtiendo esta virtud en el fundamento de nuestra relación con Él y con todos nuestros hermanos. Ésta es la perfección a la que se refiere San Mateo, y es un camino accesible para todos los creyentes cuando comprendemos que su esencia radica en ver en cada persona el rostro de Cristo.

El contexto en el que se enuncia este mandamiento es fundamental para entender su alcance: antes de estas palabras, Jesús ha enseñado sobre amar no sólo a los amigos, sino también a los enemigos, a bendecir a quienes nos maldicen y a hacer el bien a quienes nos aborrecen. Explica que Dios hace llover sobre buenos y malos, y que su bondad se extiende a todos sin distinción; de esta manera, el Padre celestial nos muestra el modelo de amor universal que debemos seguir. Por lo tanto, la perfección a la que se nos invita no es una cuestión de lograr una inocencia sin mancha o un conocimiento absoluto, sino de cultivar un amor que no hace distinciones, que perdona sin medida y que se entrega generosamente a los demás. Este amor es el cumplimiento de toda la Ley y los Profetas, como Jesús mismo nos recuerda, y cuando los creyentes lo ponen en práctica, están respondiendo plenamente a este mandato evangélico, demostrando que no es imposible.

Ver en los demás el rostro de Cristo es el corazón de esta perfección cristiana. La tradición católica nos enseña que Cristo está presente en cada persona, especialmente en los pobres, los enfermos, los prisioneros y los marginados; como se nos recuerda en el Evangelio de San Mateo, capítulo 25, cuando Jesús dice que todo lo que hemos hecho o dejado de hacer por uno de estos hermanos pequeños, lo hemos hecho o dejado de hacer por Él mismo. Al mirar a nuestros semejantes con los ojos de fe, reconociendo en ellos la imagen y semejanza de Dios, transformamos nuestra manera de relacionarnos: dejamos de lado los juicios, las diferencias y los intereses propios para colocarnos en el servicio del amor. Esta actitud no sólo enriquece la vida de quienes recibimos nuestro cuidado, sino que también fortalece nuestra salud espiritual de manera profunda, ya que nos acerca más a Dios y nos hace más semejantes a Él.

Los beneficios de vivir según esta máxima son múltiples y perduran en todo el año, no sólo durante la Cuaresma o algún tiempo litúrgico específico. En primer lugar, nos libera de las cadenas del egoísmo y la indiferencia, permitiendo que el Espíritu Santo actúe en nuestro corazón y nos transforme desde dentro. Además, construye puentes de entendimiento y solidaridad entre personas de diferentes orígenes, culturas y creencias, manifestando el reino de Dios aquí en la tierra. Asimismo, nos da la fortaleza para enfrentar las dificultades de la vida, ya que saber que cada gesto de amor es un gesto dirigido a Cristo nos llena de esperanza y propósito. La salud del espíritu, que es superior a cualquier otro bien, se nutre y fortalece con cada acto de amor que realizamos, porque estamos viviendo según el diseño que Dios tiene para nosotros: ser hijos suyos, llenos de su amor y dispuestos a compartirlo con el mundo.

En resumen, el mandato de ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto es un llamado a vivir el amor en su máxima expresión, reconociendo a Cristo en cada persona. Para todos los creyentes, este camino de perfección es posible cuando nos dejamos guiar por la Gracia de Dios y cuando incorporamos en nuestra vida cotidiana la actitud de amar sin límites, tal como Él nos ama. Esta es la perfección evangélica que San Mateo nos presenta, y es el fundamento de una vida cristiana plena y auténtica.