PASIÓN, MUERTE Y SEPULTURA DEL SEÑOR

PASIÓN, MUERTE Y SEPULTURA DEL SEÑOR

La noche ha pasado. La traición se consumó en el huerto, los azotes en casa de Anás y Caifás, la negación de Pedro mientras el gallo cantaba. Ahora la mañana se abre sobre Jerusalén, y el sol que nace apenas ilumina un camino que ha de conducir al Gólgota. Pilato, el Procurador romano, ha lavado sus manos ante la multitud, pero no puede lavar su conciencia. Jesús, el Nazareno, ha sido flagelado, coronado de espinas, escarnecido por los soldados. Sobre sus hombros desgarrados colocan el peso terrible de la cruz. Y comienza la subida.

El Viernes Santo no es un día cualquiera en el calendario. Es el día en que la creación entera se detiene para contemplar a su Creador que camina hacia la muerte. No una muerte gloriosa, sino la muerte de los esclavos, la muerte de los malhechores, la muerte en cruz. Pero Jesús la abraza. No hay en Él resistencia, no hay queja, no hay huida. Sólo aquella entrega que comenzó en el huerto con el sudor de sangre y que ahora alcanza su plenitud en el patíbulo infame. El Verbo eterno, que con una palabra hizo existir los mundos, calla. El que sostiene el universo, se deja caer bajo el peso de la madera.

La Tradición recoge los encuentros del camino: Jesús encuentra a su Madre, y sus miradas se cruzan en el silencio más elocuente que jamás haya existido. María no grita, no se desgarra las vestiduras, no maldice a los verdugos. Permanece en pie, porque el amor verdadero nunca abandona. Simón de Cirene es obligado a cargar con la cruz, y en ese gesto se anticipa el misterio de todos los que, a lo largo de los siglos, serán llamados a cargar con Cristo la Cruz: los pobres, los enfermos, los que sufren. La Verónica enjuga el rostro del Señor, y el rostro queda impreso en el lienzo como memoria de un amor que no se borra. Las mujeres de Jerusalén lloran, y Jesús las consuela con aquellas palabras proféticas: No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos.

Llegan al Calvario. La colina de la calavera, lugar de ajusticiamientos, es ahora el escenario del mayor amor que haya visto el cielo y la tierra. Lo desnudan, lo tienden sobre la cruz, clavan sus manos y sus pies. Cada martillazo resuena como un eco de todos los pecados del mundo. Y mientras los soldados echan suertes sobre sus vestiduras, mientras los sumos sacerdotes se burlan diciendo ha salvado a otros, sálvese a sí mismo, mientras el pueblo pasa y menea la cabeza, Jesús pronuncia la primera palabra desde la cruz: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. En ese instante, el perdón se convierte en la ley del Cielo, y el odio humano se encuentra con el amor divino.

Junto a la cruz está su Madre. Y con ella, el discípulo a quien Jesús amaba. Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre. En esa hora, la Iglesia nace del costado del Cordero, y María es constituida Madre de todos los creyentes. La cruz, que parecía el final de toda esperanza, se convierte en el trono desde donde Jesús sigue dando vida, sigue instituyendo la familia de los redimidos, sigue tejiendo los lazos de una nueva humanidad.

El sol se oscurece. La tierra tiembla. Las piedras se rompen. Es la Creación que se estremece ante la muerte del Autor de la vida. Y desde lo alto de la cruz, Jesús pronuncia la sed: Tengo sed. Sed del alma, sed del amor de los hombres, sed de la salvación de todos los que aún no han nacido y que un día beberán de la fuente de su misericordia. Un soldado empapa una esponja en vinagre y se la acerca. Él la acepta, porque quiere beber hasta el fondo la amargura del pecado humano.

Todo está consumado. No es un grito de derrota, sino el anuncio de que la obra de la redención se ha cumplido. El precio está pagado. El rescate está entregado. Las puertas del cielo, cerradas desde el pecado de Adán, comienzan a abrirse. Luego, en voz alta: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y entrega su alma al Padre. Un centurión romano, testigo de todo, abre su corazón a la fe: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

Pero la piedad de los hombres no ha terminado. José de Arimatea, miembro del Sanedrín pero discípulo secreto de Jesús, pide a Pilato el Cuerpo del Señor. Con él, Nicodemo, aquél que había visitado a Jesús de noche, trae una mezcla de mirra y áloes. Bajan el cuerpo inerte de la cruz, lo envuelven en un lienzo limpio con los aromas, y lo colocan en un sepulcro nuevo, cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado aún. Ruedan una gran piedra a la entrada. La noche cae sobre Jerusalén, y todo queda en silencio.

El Viernes Santo es el día del silencio de Dios. No hay palabras que puedan explicar lo que ha ocurrido. No hay teología que agote el misterio del Cordero que muere por sus ovejas. Solo cabe el recogimiento, la adoración, el llanto que es también gratitud. La Iglesia, despojada de sus ornamentos, con los altares desnudos, espera. Los sagrarios están abiertos y vacíos, porque el Esposo ha sido arrebatado. Las campanas callan. Solo el murmullo de la oración de los fieles sube como incienso hacia Aquél que entregó su vida por ellos.

Éste es el día de la cruz, el día del perdón, el día en que el amor se muestra más fuerte que la muerte. Porque la muerte que Jesús abraza no es el final, sino el tránsito hacia la gloria de la resurrección. Pero eso será después. Ahora, en este Viernes Santo, la Iglesia acompaña a su Señor en la tumba, vela junto a la piedra cerrada, y guarda en su corazón la memoria de un amor que no tiene medida. Contempla las cinco llagas, el costado abierto de donde brotaron sangre y agua, signos de los Sacramentos que darán vida a los siglos. Y se postra ante la Cruz, porque sabe que de ese madero ha brotado la salvación.

Señor, en este Viernes Santo, concédenos estar junto a tu cruz. Que aprendamos de tu Madre a no huir, a permanecer, a confiar cuando todo parece perdido. Que sepamos recibir el perdón que brota de tus labios. Que sintamos en nuestras almas la sed que Tú tuviste de nosotros, para que nunca dejemos de buscarte. Y que cuando todo esté consumado en nuestra vida, podamos entregar nuestro espíritu en tus manos, como Tú lo hiciste. Amén.