MARTES DE CARNAVAL

MARTES DE CARNAVAL

El Martes de Carnaval se presenta en el calendario como la frontera final antes de la imposición de ceniza y el cilicio. Sin embargo, lo que históricamente nació como un periodo de "despedida de la carne" (carne vale) para prepararse para la sobriedad de la Cuaresma, se ha deformado en una apología del exceso, donde la libertad cristiana es secuestrada por el libertinaje. Desde los canales de Venecia hasta el Sambódromo de Río, el mundo se sumerge en un festival de desinhibición que, bajo la óptica de una fe bien formada, representa una grave ofensa al Creador.

​Existe la creencia errónea de que el Carnaval otorga una suerte de "licencia moral" para pecar. La idea de que "Dios perdona el Miércoles, lo que se hizo el Martes" es una trampa de la concupiscencia. Esta costumbre, que hunde sus raíces desde hace mucho tiempo como un desahogo social, ha perdido su sentido de equilibrio para convertirse en una competencia de excesos.

​En este día, se cometen más pecados de pensamiento, palabra y obra que en gran parte del resto del año. La humanidad, bajo el pretexto de la tradición, se quita la máscara del pudor para mostrar el rostro más crudo de sus pasiones. Dos Rostros de una Misma Caída.

​En Venecia, la ciudad se vuelca en un despliegue de glamour y misterio. Aunque visualmente artístico, el disfraz veneciano —con sus máscaras de porcelana y trajes de seda— busca la anulación de la identidad para permitir el anonimato. En ese anonimato, el hombre se siente libre de la mirada de su prójimo y, lo que es peor, cree esconderse de la mirada de Dios. Es el pecado de la elegancia fría, donde el orgullo y la vanidad se disfrazan de cultura.

​En el extremo opuesto, el Carnaval de Río de Janeiro representa la caída total de los velos. Aquí, el glamour es sustituido por la desnudez explícita. Lo que se denomina "festival" es, en esencia, una exaltación de la lujuria y la gula sensorial. La exposición del cuerpo como mercancía y la pérdida de la vergüenza son la antítesis de la pureza que el Evangelio nos llama a custodiar. Es la carne celebrándose a sí misma antes de ser supuestamente "negada" en la Cuaresma.

​No es propio de cristianos bien formados participar en eventos que hacen del vicio una virtud pasajera. La desinhibición que promueven estas fiestas no es la verdadera alegría del Espíritu, sino una euforia artificial que deja el alma vacía y en deuda con la Gracia.

​La Víspera de la Penitencia: Es una contradicción espiritual pretender entrar en los cuarenta días de desierto tras haber pasado cuarenta horas en el fango de los placeres mundanos.

​La Reparación: Ante los excesos del Martes de Carnaval, la tradición católica invita a los fieles a realizar actos de reparación y desagravio. En lugar de sumarse al estruendo del mundo, el alma fiel busca el silencio del Sagrario.

​​El Martes de Carnaval debería ser un día de reflexión sobre la fragilidad humana, no de celebración de nuestras caídas. Mientras el mundo se despoja de sus ropas y de su juicio, el cristiano debe revestirse de Cristo. La verdadera fiesta no está en la licencia de los sentidos, sino en la paz de una conciencia que no necesita esconderse tras una máscara ni exhibirse en la desnudez para sentirse viva. Al contrario, lo que más necesitamos es mortificar el cuerpo para darle al alma la verdadera vida que sólo la da Cristo.