LAS SIETE ESPADAS: MEDITACIÓN AL PIE DE LA CRUZ

LAS SIETE ESPADAS: MEDITACIÓN AL PIE DE LA CRUZ

(El ambiente es de penumbra. Un único cirio parpadea ante una imagen de la Virgen Dolorosa, su corazón traspasado por siete espadas. La voz es baja, grave, como surgida del silencio mismo.)

Primera Espada: La Profecía de Simeón

El primer filo no fue de metal, sino de palabra. Una sentencia pronunciada en el templo, entre el aroma del incienso y el fulgor de las lámparas de oro. El anciano Simeón, con ojos que veían más allá del tiempo, tomó al Niño de tus brazos, María, y te miró a ti. Y dijo: "Éste está puesto para caída y elevación de muchos… y a ti misma una espada te atravesará el alma".

¿Qué sintió tu corazón, Madre, en ese instante?

No fue el dolor de lo presente, sino el anticipo agudo de todos los dolores futuros. Fue como si el tiempo se desgarrara y vieras, en un relámpago de profecía, el final del camino. Tu "sí" en Nazaret adquirió, de pronto, un peso insondable. El gozo de la maternidad se teñía para siempre con la sombra del sacrificio. Desde entonces, cada sonrisa de ese Niño, cada palabra suya de sabiduría, cada milagro de sus manos, estuvo envuelto en el velo sutil de esa espada clavada ya en lo profundo de tu ser: la certeza del dolor venidero. Fuiste la única que supo, desde el principio, el precio de la redención.

Segunda Espada: La Huida a Egipto

La segunda espada llegó de noche, con el brillo frío de las estrellas del desierto y el aliento jadeante del asno. El ángel otra vez, pero esta vez con un mensaje de huida, no de alegría. "Toma al niño y a su madre y huye a Egipto". El Verbo Encarnado, el Rey del Universo, perseguido por la saña de un rey enano. Tú, María, arrancada de tu casa, de tu patria, convertida en refugiada, en extranjera.

¿Qué sintió tu corazón, Madre, durante aquellas largas noches en el camino?

El filo de esta espada era el miedo. No por ti, sino por Él. Cada sombra podía esconder un soldado de Herodes. Cada ruido del desierto podía ser el galope de la muerte. Cada vez que apretabas contra tu peño a aquel Niño dormido, sentías el latido de su pequeño corazón humano, tan frágil, tan expuesto. Fuiste el primer sagrario ambulante, llevando a Dios escondido en la noche del mundo, protegido solo por el calor de tu manto y la ferocidad silenciosa de tu amor. Era la espada del exilio, de la injusticia que golpea al inocente, del mundo que rechaza a su Salvador antes de que pronuncie una sola palabra.

Tercera Espada: La Pérdida del Niño Jesús en el Templo

La tercera espada no vino de enemigos, sino de la misma obediencia divina. Tres días. Setenta y dos horas de una angustia que desgarraba el alma. "¿Por qué nos buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?". Sus palabras, al encontrarlo, fueron un nuevo anuncio. Él ya no te pertenecía solo a ti. Había comenzado a desplegar su misión.

¿Qué sintió tu corazón, Madre, en aquellos tres días de búsqueda desesperada?

Esta fue la espada de la pérdida. La prefiguración de la separación definitiva. El hijo que se extravía no por descuido, sino porque el designio del Padre lo reclama. En cada callejuela de Jerusalén, en cada rostro extraño, buscabas no solo a tu hijo, sino al signo de un misterio que te superaba. Y al encontrarlo, el alivio se mezcló con el dolor de entender: ya no era solo el niño de Nazaret. Era el Hijo de Dios, y su camino se iría separando del tuyo. Esta espada cortaba el cordón umbilical del corazón, preparándote para la entrega total.

Cuarta Espada: El Encuentro en la Vía Dolorosa

La cuarta espada tuvo forma de mirada. Fue el choque de tus ojos con los suyos, en medio del gentío ensañado, en la calle empedrada y sucia. Lo viste. No al Rey de Gloria, sino a un hombre destrozado. La corona de espinas, un círculo sangriento de burla. El rostro, hinchado, surcado de sangre y sudor. Los hombros, desollados por el peso del madero. Su mirada, buscando entre la turba… y encontrando la tuya.

¿Qué sintió tu corazón, Madre, en ese encuentro mudo?

Esta fue la espada de la compasión sin poder. El deseo infinito de aliviar su dolor y la absoluta imposibilidad de hacerlo. Quisiste con cada fibra de tu ser tomar su cruz, enjugar su rostro, detener los golpes. Y no pudiste. Solo pudiste acompañar. Tu presencia era tu único don. En ese intercambio de miradas, toda la profecía de Simeón se hizo presente, concreta, atroz. Viste la espada que te atravesaba, hecha ahora de la visión del sufrimiento de tu hijo. Era el dolor de ver su dolor, multiplicado al infinito por el amor infinito de una madre.

Quinta Espada: La Crucifixión y la Agonía

La quinta espada fueron los clavos. El sonido seco y metálico del hierro penetrando la carne sagrada. El golpe del martillo que retumbó en tu corazón como si te golpearan a ti. El cuerpo de tu hijo, ese cuerpo que formaste con tu propia sangre, que acunaste, que alimentaste, que vestiste, ahora desgarrado y fijado al madero de la ignominia. La elevación de la Cruz. Y el largo silencio de la agonía, roto solo por sus palabras de perdón y de abandono.

¿Qué sintió tu corazón, Madre, al pie de aquel madero?

Esta fue la espada de la impotencia sagrada. Ya no había lágrimas, solo un océano de dolor sereno y devastador. Cada jadeo suyo era un puñal en tu alma. Cada gota de su sangre caía como fuego sobre tu corazón. Contemplaste el amor hecho sufrimiento. Viste cómo el Hijo del Amor era consumido por el odio del mundo. Y allí, de pie, "Stabat Mater", no te desmayaste, no gritaste. Te uniste a su sacrificio. Ofreciste tu dolor como copa amarga para acompañar la suya. Fuiste corredentora en el silencio más elocuente de la historia.

Sexta Espada: El Traspaso del Costado y la Lanzada

La sexta espada fue real, de hierro y de punta. Longinos la blandió, pero la profecía la guió. Cuando ya todo parecía consumado, cuando el cuerpo inerte de Jesús pendía de la Cruz, el soldado clavó su lanza. Y de la herida brotó un chorro de agua y sangre. Ese golpe final, innecesario, casi sacrílego, traspasó también tu corazón, María.

¿Qué sintió tu corazón, Madre, al ver brotar agua y sangre del costado de tu hijo muerto?

Esta fue la espada de la plenitud del sacrificio consumado. Aquel chorro era el símbolo de los sacramentos, de la Iglesia que nacía del costado dormido del nuevo Adán. Pero para ti, fue la confirmación de que todo había terminado. La vida que un día recibió de ti, ahora se derramaba sobre el mundo. Era el parto definitivo, en el dolor más extremo. La lanzada abrió el corazón de Jesús, y con él, simbólicamente, el tuyo. Ya nada quedaba cerrado. Todo era don, todo era entrega, todo era herida abierta de amor.

Séptima Espada: La Sepultura y el Silencio del Sábado Santo

La séptima espada fue el silencio. La piedra rodando sobre la entrada del sepulcro nuevo. El sonido sordo de la eternidad provisional. El cuerpo ungido y envuelto en lienzos, depositado en la fría oscuridad de la roca. Y tú, volviendo a casa… sin Él. La casa de Jerusalén, vacía. Su ausencia era una presencia opresiva, un peso en cada objeto, en cada rincón donde su sombra había estado.

¿Qué sintió tu corazón, Madre, durante esas largas horas del Sábado Santo?

Esta fue la espada de la fe probada hasta el límite. El silencio de Dios. La espera en la oscuridad más absoluta. Ya no había dolor activo, solo el vacío inmenso de la pérdida consumada. Tu fe, perfecta, no vaciló, pero tuvo que caminar sobre el abismo, sin ninguna luz sensible. Guardabas en tu memoria sus palabras sobre la resurrección, pero ahora solo tenías ante ti la realidad fría de la muerte. Esta espada era la soledad de la criatura que, habiendo dado todo, espera la respuesta del Padre en la noche más cerrada. Era el sello de tu participación completa en el Misterio Pascual: no solo en la Cruz, sino también en el descenso a los infiernos de la espera.

Conclusión: El Corazón Traspasado

Siete espadas, Madre Dolorosa. Siete veces tu corazón, inmaculado y perfecto, fue traspasado para comprender, acompañar y completar en tu carne el sacrificio redentor.

No moriste de dolor porque el amor era más fuerte que la muerte. Y porque ese mismo corazón traspasado se convertiría, después de la Resurrección, en refugio para nuestros corazones heridos.

Hoy, al contemplar tus dolores, no te pedimos, Madre, que nos ahorres el sufrimiento. Te pedimos la gracia de vivirlo como tú: de pie, junto a la Cruz, unidos al sacrificio de tu Hijo, con la certeza de que toda lanza de dolor, en manos de Dios, puede convertirse en fuente de gracia y en camino de resurrección.

Stabat Mater dolorosa…

¡Oh María, Madre de Dolores, ruega por nosotros, que recurrimos a ti!