LA VIRGEN QUE SE ALZA Y LA FE QUE SE DERRAMA

LA VIRGEN QUE SE ALZA Y LA FE QUE SE DERRAMA

En la pequeña localidad de Konotopie, al noroeste de Varsovia, se levanta hoy la estatua de Nuestra Señora de la Misericordia: cincuenta y cinco metros y medio de altura, la imagen mariana más alta de toda Europa. No es sólo piedra y cemento: es el alma de un pueblo que, a través de particiones, invasiones y regímenes ateos, siempre encontró en la Virgen su fortaleza y su escudo. Desde la coronación de la Virgen de Częstochowa como Reina de Polonia hasta hoy, la Fe católica ha sido la columna que sostiene la nación. Miles de peregrinos recorren ya los caminos hacia ella, llevando en el corazón sus alegrías y sus penas, sabiendo que Aquella que aplastó la cabeza del mal sigue de pie con ellos. El monumento es visible desde lejos, como una promesa de que la luz vence a las tinieblas, y como el grito colectivo de una nación que no se avergüenza de mostrar a su Madre ante el mundo.

Pero mientras en Polonia se alza esta señal de amor, en el continente africano la misma Fe se paga con sangre. Allí, en países como Nigeria, Sudán, Malí y muchos otros, creer en Cristo y honrar a su Madre puede costar la vida. Se queman iglesias sin que nadie lo impida; se asesinan fieles al salir de Misa; se desplaza a millones de personas que huyen del terror, y muchas familias viven la Fe en secreto, sin campanadas ni monumentos, solo con el corazón en la mano. Se calcula que más de noventa por ciento de los cristianos martirizados en el mundo hoy mueren en tierras africanas, y el mundo prefiere callar o mirar hacia otro lado, como si su dolor no fuera real, como si su sangre no tuviera el mismo valor.

Es un contraste que duele y que nos interpela. La misma Virgen, que recibe honores colosales en Polonia, acompaña en el silencio y en la oscuridad a quienes no tienen dónde reunirse ni dónde esconderse en África. Ella mira igual a los peregrinos que viajan con flores y a los que oran con miedo a ser descubiertos. Esta diferencia no debe ser motivo de orgullo vano ni de simple lástima: debe ser una llamada a la solidaridad. Quienes pueden honrarla libremente tienen la obligación de no olvidar a quienes lo hacen a riesgo de todo. Que la estatua que hoy se alza en Europa no sea sólo belleza, sino también voz: voz que clama por los perseguidos, que exige justicia y que reza sin descanso por la libertad de todos los que, en cualquier rincón de la tierra, confiesan el nombre de su Hijo con valentía hasta el final.