LA VICTORIA DE LA LUZ SOBRE LAS TINIEBLAS

LA VICTORIA DE LA LUZ SOBRE LAS TINIEBLAS

El silencio del Sábado Santo ha durado lo que debía durar. La Creación entera ha contenido el aliento, esperando. Los Patriarcas, en el Seno de Abraham, han visto descender al Señor y han escuchado su voz que rompía las cadenas eternas. Y ahora, cuando el primer rayo del alba del tercer día comienza a teñir el horizonte de Jerusalén, algo sucede que hará temblar los cimientos del mundo. Un temblor sacude la tierra. El Ángel del Señor desciende del cielo, hace rodar la piedra que sellaba el sepulcro y se sienta sobre ella. Su aspecto es como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Los guardias, aquellos soldados escogidos para vigilar lo que creían un cadáver, caen como muertos ante el fulgor de la gloria. La muerte ha sido vencida. El sepulcro está vacío.

No ha sido el robo del Cuerpos, como más tarde inventarían los que no querían creer. No ha sido un desmayo en la cruz del que luego se repuso, como quisieron sugerir los incrédulos. Ha sido la victoria del Autor de la vida sobre la muerte que Él mismo había permitido. Él, que fue clavado en el madero, el que traspasó su costado para que brotara la Iglesia, el que fue envuelto en lienzos con mirra y áloes y depositado en la roca nueva, ha resucitado. No ha vuelto a la vida terrena, como Lázaro o el hijo de la viuda de Naím. Ha entrado en la vida inmortal, en la Gloria que era suya desde antes de la fundación del mundo, pero ahora llevando consigo la naturaleza humana que asumió en las entrañas virginales de María. La humanidad ha sido elevada al trono de Dios.

María Magdalena, la que tanto amó, llega al sepulcro cuando aún es oscuro. Es la primera. No puede apartarse del lugar donde dejó a su Señor. Al ver la piedra removida, corre a avisar a Simón Pedro y al discípulo amado. Ellos acuden, entran en el sepulcro, ven los lienzos en el suelo y el sudario enrollado aparte. Pedro contempla y no acaba de comprender. Juan ve y cree. Pero luego vuelven a sus casas, aún envueltos en el misterio. Y Magdalena se queda junto al sepulcro, llorando. No puede irse. Su amor la mantiene allí, en el lugar vacío, en la oscuridad del alba.

Entonces, cuando las lágrimas no le dejan ver con claridad, se inclina y ve dos ángeles vestidos de blanco donde había estado el Cuerpo. Le preguntan por qué llora. Responde que se han llevado a su Señor y no sabe dónde lo han puesto. Al darse la vuelta, ve a un Hombre que también le pregunta: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que es el hortelano, le ruega que le diga dónde ha puesto el Cuerpo para llevárselo. Y entonces, aquel hombre pronuncia una sola palabra: ¡María! Es su voz. Es la voz que la llamó a la conversión, la voz que perdonó sus pecados, la voz que ahora la llama por su nombre desde la otra orilla de la muerte. Ella, sin poder contener la dicha, responde: "¡Rabboni!" que significa Maestro. Quiere abrazarlo, retenerlo, pero Él la detiene: "No me toques, porque aún no he subido al Padre. Ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.

María Magdalena corre. Es la primera Apóstol, la primera mensajera de la Resurrección. Llega donde los discípulos y les anuncia: "¡He visto al Señor!" Pero ellos, todavía encerrados por el miedo, no la creen. El dolor de aquellos días ha sido demasiado profundo. La esperanza parece demasiado grande para ser verdad.

Pero el Señor, que no abandona a los suyos, se aparece ese mismo día a dos que caminan hacia Emaús. Sus corazones están tristes, sus ojos velados. Caminan con Él sin reconocerlo, hablan de todo lo ocurrido como si fuera un sueño que se desvanece. Y Él, paciente, les explica las Escrituras, les muestra que el Mesías tenía que padecer para entrar en Su Gloria. Cuando llegan al atardecer, le ruegan que se quede con ellos. Y en la fracción del pan, en el gesto que repite de la Última Cena, se les abren los ojos. Lo reconocen. Pero Él desaparece. Y ellos, con el corazón ardiendo, vuelven corriendo a Jerusalén para anunciar que el Señor ha resucitado.

Esa misma noche, mientras los discípulos están reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, Jesús se pone en medio de ellos. La paz que Él solo puede dar inunda aquel cenáculo que había sido escenario de la traición y ahora es testigo de la victoria. Muestra las manos y el costado. Las heridas, aquellas llagas abiertas por los clavos y la lanza, son ahora las señales de su amor vencedor. Los discípulos, que habían huido, que habían negado, que habían dudado, se llenan de gozo. Y Él les sopla el Espíritu, les confiere el poder de perdonar los pecados, los constituye testigos de la resurrección.

Tomás, el que no estaba aquella noche, no quiere creer. Necesita ver, necesita tocar. Ocho días después, el Señor se aparece de nuevo y le ofrece sus manos y su costado. Tomás cae de rodillas y pronuncia la confesión más alta que labio humano haya formulado: ¡Señor mío y Dios mío! Y Jesús le responde: Porque me has visto has creído; bienaventurados los que no han visto y han creído. Bienaventurados nosotros, los que no vimos, los que no tocamos, los que hemos recibido el testimonio de aquéllos que lo vieron y lo creyeron, y que a lo largo de los siglos hemos confesado con la Iglesia: ¡El Señor ha resucitado, aleluya!

¡La Resurrección de Cristo es el centro de la Fe, el fundamento de la Iglesia, la garantía de nuestra esperanza! No es un mito consolador, no es una metáfora de la primavera de las almas, no es un símbolo del triunfo de las ideas. Es un hecho histórico. El sepulcro vacío es un hecho. Las apariciones a los once y a quinientos hermanos a la vez, como atestigua Pablo, es un hecho. El cambio radical en la vida de aquellos hombres y mujeres que pasaron del miedo al martirio es un hecho. Porque nadie muere por una mentira. Nadie entrega su vida por un fraude. Aquéllos que vieron al Resucitado estaban dispuestos a sellar con su sangre el testimonio que habían recibido. Y lo hicieron. Pedro fue crucificado cabeza abajo. Pablo decapitado. Andrés en una cruz. Tomás traspasado con lanzas. Santiago apedreado. Todos, hasta el último, prefirieron morir antes que negar que habían visto al Señor vivo, glorioso, sentado a la diestra del Padre.

La Resurrección no es sólo un acontecimiento del pasado. Es una realidad presente que irrumpe en la Historia y la transforma. Porque Cristo resucitado vive para siempre, y su vida es nuestra vida. En el Bautismo, hemos muerto con Él para resucitar con Él. En la Eucaristía, comulgamos su cuerpo glorioso, prenda de nuestra propia resurrección. En la Gracia, somos ya hombres nuevos, ciudadanos del Cielo, peregrinos hacia la patria definitiva. La muerte, que parecía el fin de todo, ha sido vencida. El pecado, que nos tenía esclavos, ha sido perdonado. El diablo, que creía tener el dominio sobre el mundo, ha sido derrotado. Porque Cristo resucitó, y con Él, toda la humanidad ha recibido la promesa de la vida eterna. Para hacerla efectiva Cristo, sólo nos pide Arrepentimiento, Caridad y Sacramentos.

Por eso la Iglesia canta en este día con un gozo que no se apaga. Las campanas, enmudecidas durante el Triduo, repican con fuerza. Los sagrarios, que estuvieron vacíos, reciben de nuevo al Señor. Los fieles, que ayunaron y velaron, se abrazan como hermanos que han salido de la oscuridad. Es el día de la alegría. La alegría de saber que la Redención obrada por Cristo es más fuerte que la muerte. La alegría de saber que el sepulcro vacío es la puerta de la vida. La alegría de saber que la última palabra no la tiene el odio, ni la traición, ni la injusticia, sino el Amor de Aquél que dio su vida por nosotros y la ha retomado para siempre.

¡Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya! Éste es el día que hizo el Señor, el día de la victoria, el día de la Gloria, el día en que la luz de la mañana de Pascua ilumina todos los rincones de la Historia y anuncia que la muerte ha sido vencida.

Que esta alegría inunde nuestros corazones, que esta esperanza sostenga nuestra peregrinación, que esta certeza nos haga testigos de la vida nueva que ha brotado del sepulcro vacío. Porque Él vive, y nosotros viviremos en Él.

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!