LA VERDAD QUE NADIE PUEDE BORRAR

LA VERDAD QUE NADIE PUEDE BORRAR

En naciones donde la persecución se ha convertido en herramienta de gobierno, la violencia no busca sólo silenciar voces: busca arrancar de raíz los valores y principios que la Fe católica ha sembrado por siglos. Allí donde domina el integrismo islámico o un ateísmo militante y galopante, confesar la Fe se ha vuelto peligroso, y el martirio es hoy moneda corriente. Iglesias destruidas, fieles asesinados por rezar, familias despojadas y obligadas a huir: son páginas que se escriben cada día con sangre, mientras el mundo mira hacia otro lado.

Pero la ofensiva más sutil y profunda no siempre llega con espadas o cadenas. Ha llegado también con la promesa de bienestar y progreso, bajo la forma de una globalización que teje su red sobre el olvido. Han avanzado tanto que han logrado que muchos olviden quiénes son: han borrado de la mente la certeza de ser hijos de Dios. Y basta ese olvido para que la persona, vacía de identidad y sin rumbo, acepte el trago que se le ofrece: una vida programada, estandarizada, pensada y dirigida por otros, en la que ya no hay lugar para la libertad ni para la Verdad Revelada. Quién pierde la conciencia de ser hijo de Dios pierde su norte. Entonces, acepta sin quejarse las reglas que otros le imponen, los valores que se le inventan cada día, el molde en el que quieren meter su existencia. Le quitan la Fe para dejarlo indefenso, sin autoridad superior a la que apelar, sin Ley Eterna que ampare sus derechos. Y así, desarraigado, se convierte en pieza de un sistema que lo programa, lo consume y lo descarta, sin que se atreva a reclamar.

 Frente a esto, los Mártires de hoy —como los de ayer— nos recuerdan algo que ningún poder puede destruir: que hay verdades que están por encima de cualquier mandato humano, y que la dignidad de ser "hijo de Dios", no se entrega ni se vende. Persiguen la fe porque saben que, mientras ella permanezca en pie, su poder tiene límite. Por eso, mantener viva la conciencia de quiénes somos, es la primera y más valiente resistencia. No permitamos que el olvido nos robe lo que ni el martirio pudo arrancar a los Santos: nuestra identidad, nuestra esperanza y nuestra Fe en Cristo Nuestro Señor, que es el mismo ayer, hoy y siempre.