LA RENUNCIA QUE EMPOBRECE EL ALMA

LA RENUNCIA QUE EMPOBRECE EL ALMA

Renunciar al Padre, apartarse de la fe recibida en el bautismo —lo que se llama apostasía— sucede muchas veces no por reflexión profunda, sino por la fuerza de corrientes ideológicas o simplemente por seguir una moda. Hoy hay quienes abrazan el ateísmo como una forma de decir: "nadie me marca, soy libre", convencidos de que soltando la Mano divina ganan autonomía. No se dan cuenta de que, al hacerlo, están rechazando una herencia inmensa, un tesoro que no pesa ni ocupa espacio, pero sostiene toda la existencia.

Esa decisión nace casi siempre de la ignorancia: se desecha lo que no ha llegado a comprender del todo. Quien abandona la fe no sabe bien qué deja atrás: la fortuna incomparable de la bienaventuranza eterna, la cercanía constante de quien nos creó por amor y nos prepara un hogar sin final. Al no entenderlo, se queda en una especie de indigencia espiritual: tiene todo lo material a su alcance, pero le falta lo que realmente llena el corazón.

Es como cavar la propia tumba: elegir la ausencia de Dios para siempre, que es lo que llamamos infierno —no solo fuego o castigo, sino la soledad absoluta, la desesperación de haber rechazado la única fuente de consuelo. Con esa renuncia, sin quererlo, se suman a la causa de aquel rebelde que desde el principio prefirió su propia voluntad sobre el amor del Padre. Una libertad mal entendida termina convirtiéndose en la mayor esclavitud: la de vivir sin saber de dónde vienes ni hacia dónde vas, habiendo tenido la oportunidad de ser hijo y heredero, y haberla soltado por una apariencia de independencia.