LA PROMESA DEL REGRESO GLORIOSO DEL SEÑOR
LA PROMESA DEL REGRESO GLORIOSO DEL SEÑOR
La Ascensión del Señor ocupa un lugar central en la Fe cristiana, pues representa el momento en que Jesucristo, después de su Resurrección, asciende al Cielo ante la mirada de sus discípulos, culminando así su presencia visible entre los hombres y entrando definitivamente en la Gloria Divina. Este acontecimiento, narrado en los Hechos de los Apóstoles y en los Evangelios, no constituye una despedida triste ni un alejamiento absoluto, sino el inicio de una nueva forma de presencia de Cristo en la Historia humana y en la vida de la Iglesia.
Cuarenta días después de la Resurrección, el Señor reunió a sus discípulos y les habló del Reino de Dios, confirmando la misión que les había confiado. Luego, en el monte de los Olivos, mientras los bendecía, fue elevado al Cielo. Los Apóstoles contemplaron cómo una nube lo ocultaba de su vista, símbolo bíblico de la presencia divina. Aquella escena marcó profundamente la conciencia de la Iglesia primitiva. Cristo, vencedor de la muerte, no desaparecía hacia un vacío lejano; entraba en la plenitud de la Gloria del Padre, llevando consigo la naturaleza humana redimida.
La Ascensión representa para la Iglesia la exaltación definitiva de Cristo. El mismo que había nacido en la pobreza de Belén, sufrido la Pasión y muerte en la Cruz, era ahora glorificado como Señor del universo. En la fe cristiana, este misterio revela que la persona de Cristo ha sido elevada junto a Dios, abriendo para el hombre el camino hacia la vida eterna. La Ascensión proclama que el destino último de la humanidad no es la corrupción, ni la muerte, sino la participación en la Gloria divina.
Para la Iglesia, este acontecimiento también marca el nacimiento de su misión universal. Antes de ascender, Cristo entrega a los Apóstoles el mandato de anunciar el Evangelio a todas las naciones. La Ascensión, por tanto, no es solamente un misterio contemplativo; es también un envío. Los Discípulos dejan de ser un pequeño grupo oculto y reciben la responsabilidad de continuar la obra de Cristo en el mundo. Desde entonces, la Iglesia se entiende a sí misma como una roca en la Historia, llamada a anunciar la salvación, mientras espera el retorno glorioso de su Señor.
La Ascensión está inseparablemente unida a la promesa de la Parusía, es decir, el regreso glorioso de Cristo al final de los tiempos. Mientras los discípulos miraban al cielo, los Ángeles les dijeron: "Ese mismo Jesús que ha sido llevado al Cielo volverá". Esta promesa atraviesa toda la Tradición cristiana y constituye uno de los pilares de la esperanza de la Iglesia. Cristo no abandona definitivamente el mundo; regresará para consumar la Historia, juzgar a vivos y muertos y establecer plenamente el Reino de Dios.
La Parusía no debe entenderse únicamente como un acontecimiento de temor o destrucción, aunque la tradición cristiana habla también de juicio y purificación. En su sentido más profundo, representa la restauración definitiva de la Creación y la victoria total de Cristo sobre el mal, la muerte y el pecado. El mundo actual, marcado por guerras, injusticias y sufrimientos, es visto por la fe cristiana como una realidad incompleta que espera su plenitud en el retorno glorioso del Señor.
Por ello, la Ascensión introduce a la Iglesia en un tiempo de espera activa. Los cristianos viven entre dos promesas cumplidas y una aún esperada: Cristo vino en la humildad de la Encarnación, venció a la muerte mediante la Resurrección y volverá finalmente en Gloria.
La Iglesia permanece así, mirando hacia el Cielo, pero sin abandonar la tierra. Espera el regreso de su Señor mientras continúa su misión entre los hombres, anunciando el Evangelio, celebrando los Sacramentos y sosteniendo la esperanza de los creyentes.
Cada año, al celebrar la Ascensión del Señor, la Iglesia revive la certeza de que Cristo permanece espiritualmente presente en medio de ella y que un día retornará. Entre la nube de la Ascensión y la luz futura de la Parusía, la Iglesia Católica a través del Espíritu Santo continúa avanzando en la Historia, sostenida por la promesa de que el Señor volverá para hacer nuevas todas las cosas.


