LA IGLESIA EN NIGERIA: PLAN DE EXTERMINIO, PERSECUCIÓN Y EL SILENCIO DEL MUNDO

LA IGLESIA EN NIGERIA: PLAN DE EXTERMINIO, PERSECUCIÓN Y EL SILENCIO DEL MUNDO

Con más de 233 millones de habitantes, Nigeria es la nación más poblada de África; cerca de 100 millones de sus ciudadanos se identifican como cristianos, entre ellos millones de católicos cuya fe ha sido pilar de la vida comunitaria, la educación y la caridad durante décadas. Pero desde 2009, la Iglesia católica sufre una estrategia coordinada de aniquilación: destrucción física, persecución doctrinal y marginación, mientras el mundo guarda silencio.

Los datos son estremecedores: desde entonces han sido quemadas, demolidas o arrasadas más de 18 000 iglesias —tres cada día—, junto con parroquias, seminarios, escuelas y centros asistenciales gestionados por la Iglesia. No son conflictos aislados: grupos como Boko Haram, el Estado Islámico en África Occidental y milicias extremistas proclaman su meta de borrar la presencia católica, prohibir la enseñanza del Evangelio y obligar a renunciar a la fe bajo amenaza de muerte. En gran parte del norte, los católicos son tratados como ciudadanos de segunda; convertirse al catolicismo se castiga con prisión o linchamiento, y cualquier manifestación pública de fe corre riesgo de acusación de blasfemia.

La persecución ataca también la identidad: se cierran centros de formación, se prohíben símbolos católicos y se presiona a fieles y clero para que abandonen su doctrina. Muchas comunidades celebran misas en casas ocultas, esconden misales y evitan reunirse en público. A esto se suma la indiferencia o complicidad de parte de las autoridades: los ataques rara vez se investigan, y miles de católicos desplazados viven sin protección ni ayuda.

Nigeria concentra casi el 70 % de los cristianos asesinados por su fe en el mundo, la mayoría católicos. Sin embargo, los medios y gobiernos prefieren hablar de "conflictos étnicos" o "disputas por pastos", ocultando que se persigue a quienes siguen a Cristo. Las condenas son escasas y no hay medidas reales de protección.

Este silencio es cómplice. Pero la Iglesia resiste: reconstruye donde puede, ora en la clandestinidad y mantiene viva su misión. Romper el silencio es defender la libertad religiosa y la dignidad de millones de fieles que sufren sin que nadie los escuche.