LA EUTANASIA: CUANDO EL HOMBRE PRETENDE DISPONER DE LA VIDA QUE PERTENECE A DIOS
LA EUTANASIA: CUANDO EL HOMBRE PRETENDE DISPONER DE LA VIDA QUE PERTENECE A DIOS
La eutanasia constituye uno de los desafíos morales más profundos de nuestra época. Presentada con frecuencia como un acto de compasión o de muerte digna, desde la doctrina de la Iglesia católica representa un grave atentado contra la vida humana. La existencia no es propiedad del hombre, sino un don recibido de Dios, quien es el único Señor de la vida y de la muerte. Nadie puede atribuirse el derecho de poner fin deliberadamente a una vida inocente, ni siquiera a la propia.
La Sagrada Escritura enseña que Dios es el autor de toda vida: Yo doy la muerte y doy la vida (Deut. 32,39). El quinto Mandamiento, "No matarás" (Ex. 20,13), protege toda vida humana, especialmente cuando se encuentra en situación de mayor fragilidad. El anciano, el enfermo terminal, el discapacitado, o quien sufre intensamente, no pierden jamás su dignidad, porque continúan siendo imagen y semejanza de Dios.
La cruz de Cristo da al sufrimiento una dimensión nueva. El dolor nunca es un bien en sí mismo, pero puede convertirse, unido a la Pasión del Señor, en camino de purificación, de expiación de los pecados, de amor, de esperanza y de dolor sufrido con amor. El dolor sufrido con amor es la respuesta cristiana al sufrimiento; no consiste en eliminar al que sufre, sino en aliviar su dolor mediante los cuidados paliativos, el acompañamiento familiar, la asistencia médica y el consuelo espiritual.
La eutanasia también deja profundas consecuencias sociales. Cuando una sociedad admite que algunas vidas pueden dejar de ser vividas por razones de enfermedad, dependencia o sufrimiento, introduce una peligrosa lógica utilitarista. Poco a poco, la dignidad deja de fundarse en el simple hecho de ser persona y comienza a depender de la productividad, la autonomía o la calidad de vida. Los más débiles terminan sintiéndose una carga y la cultura del cuidado es sustituida por la cultura del descarte.
Desde la Fe católica, provocar intencionalmente la muerte de un enfermo constituye un pecado grave, porque contradice el señorío de Dios sobre la vida humana. Sin embargo, la Iglesia distingue claramente la eutanasia del rechazo al encarnizamiento terapéutico. No existe obligación moral de recurrir a tratamientos desproporcionados o extraordinarios cuando ya no ofrecen una esperanza razonable de beneficio. Permitir que la muerte llegue naturalmente no equivale a causarla.
La respuesta cristiana ante el final de la vida es la Caridad. Allí donde el mundo propone la muerte como solución, el Evangelio propone cercanía, compasión, oración y esperanza. Acompañar al enfermo, aliviar su sufrimiento y recordarle que sigue siendo infinitamente amado por Dios constituye el verdadero camino de la dignidad humana. La vida conserva siempre su valor, desde la concepción hasta su término natural, porque pertenece a Dios y está llamada a la eternidad.


