LA ANGUSTIA DEL ALMA AL FINAL DE LOS DÍAS

LA ANGUSTIA DEL ALMA AL FINAL DE LOS DÍAS

Hay un momento en la vida en que el ruido del mundo comienza a apagarse. Las ambiciones que durante años parecían indispensables pierden su brillo, los triunfos se vuelven pequeños y las preocupaciones materiales dejan de ocupar el primer lugar. Entonces el alma, como despertando de un largo sueño, empieza a mirar hacia el horizonte de la eternidad.

Con frecuencia es durante las noches cuando esa inquietud se hace más intensa. La memoria recorre el camino vivido y aparecen rostros, palabras, decisiones, oportunidades perdidas y heridas causadas. El hombre comprende que no sólo ha acumulado años, sino también errores, omisiones, abusos y pecados. El corazón siente el peso de la propia fragilidad y surge una pregunta que ningún éxito humano puede responder: ¿cómo me presentaré un día delante de Dios?

Lejos de ser un signo de desesperación, esta angustia puede ser una gracia. La tradición cristiana enseña que Dios habla al corazón con delicadeza, despertando la conciencia para conducir al hombre hacia el arrepentimiento. Si nace el deseo sincero de pedir perdón, de reparar el mal cometido y de reconciliarse con el Señor, es porque la misericordia divina ya ha comenzado a obrar. Nadie busca a Dios si antes no ha sido buscado por Él.

En ese examen de conciencia también aparecen las obras buenas realizadas quizá sin darles importancia: un acto de caridad, una palabra de consuelo, un perdón concedido, un sacrificio ofrecido por amor, una oración nacida del corazón. Todo aquello que fue hecho con verdadera caridad permanece vivo ante Dios. Esas semillas de bien fortalecen la esperanza y recuerdan que la misericordia divina nunca dejó de acompañarnos, aun en medio de nuestras caídas.

Por eso, cuando llegan estos pensamientos, no conviene rechazarlos ni temerlos. Es preciso comprender su origen. No nacen únicamente de la memoria humana, sino que pueden ser la voz del Buen Pastor llamando nuevamente a una de sus ovejas. Son una invitación a acercarse al Sacramento de la Penitencia, a reparar cuanto sea posible, a perdonar y a dejarse abrazar por la infinita misericordia de Cristo.

Quien descubre esta llamada comprende finalmente una verdad que el mundo suele olvidar: antes que pecador, antes que frágil, antes que anciano, es hijo muy amado de Dios. El Padre no espera la condena del hombre, sino su conversión. Mientras haya vida, hay esperanza; mientras el corazón pueda arrepentirse, la puerta de la misericordia permanece abierta. Y quien se abandona confiado en el amor de Dios descubre que el final de los días no es el triunfo del miedo, sino el comienzo del encuentro con su Creador que lo amó desde toda la eternidad.