LA ABUNDANCIA PROMETIDA Y LA VERDADERA MEDIDA

LA ABUNDANCIA PROMETIDA Y LA VERDADERA MEDIDA

Desde hace una década, voces como la de Elon Musk, trazan un horizonte donde la Inteligencia Artificial (IA), la robótica y la energía sin límites harían desaparecer la escasez, y con ella, el dinero tal como lo conocemos, antes del año 2036. Es un proyecto de ingenio humano sin precedentes: se imagina un mundo donde el trabajo no sea carga, donde los bienes estén al alcance de todos, donde la necesidad no marque el paso de la vida. Y sin embargo, sobre cualquier plan trazado por la mente más brillante o la tecnología más poderosa, se alza la antigua sabiduría que la Iglesia y la experiencia de siglos han conservado: el hombre propone, pero Dios dispone.

Esta verdad no condena el avance humano ni desprecia el deseo de aliviar la fatiga y la pobreza; al contrario, reconoce que todo lo bueno que concebimos es un reflejo del orden puesto por el Creador. Pero nos recuerda también que la escasez no es sólo un defecto técnico a resolver: es una marca de nuestra condición, que nos llama al esfuerzo, al intercambio, a la ayuda mutua y a reconocer que no somos dueños absolutos de todo. Incluso si se lograran multiplicar los frutos de la tierra y la industria sin medida, subsisten bienes que ninguna máquina puede producir ni abundancia material satisfacer: la lealtad, el perdón, el amor, la Gracia, el sentido último de nuestra existencia.

Los planes humanos suelen confundir la comodidad con la felicidad, y la independencia con la libertad. Se sueña con un mundo donde nada falte, pero se olvida que la mayor riqueza no está en lo que poseemos, sino en a Quién pertenecemos. Cuando se pretende reordenar la vida sin contar con el Autor de la misma, los cálculos más exactos pueden fallar por causas imprevistas: una mano distraída, un corazón endurecido, un acontecimiento que ningún algoritmo anticipa. La Historia nos enseña que muchas utopías de bienestar terminaron rompiendo la dignidad del hombre, al pretender sustituir el designio divino por la voluntad de unos pocos.

El hombre puede idear, construir y prever hasta donde alcanza su razón; pero el momento, el modo y el fruto de todo lo que hacemos permanecen en manos de Dios. La verdadera sabiduría no consiste en oponerse al progreso, sino en ponerlo al servicio de lo que no pasa: la justicia, la caridad y la salvación del alma. Así, cualquier proyecto humano —por ambicioso que sea— sólo dará fruto duradero si se apoya en la humildad de reconocer que somos hombres administradores, no amos, y que al final de todo, solo se cumple aquello que está escrito en el libro de la Providencia, que quiere, primero, salvar el alma, y después, dar la añadidura.