SAN PABLO REPRENDE A SAN PEDRO: UN CISMA ANUNCIADO

Por sus frutos los reconoceréis (Mateo 7,16).
Todo comenzó con una reprensión. San Pablo, cara a cara, corrigió a San Pedro en Antioquía porque su conducta no era recta conforme a la verdad del Evangelio. San Pedro, por temor a los judaizantes, se había apartado de los gentiles, y San Pablo le recordó que la fe en Cristo no admite discriminaciones. Aquel episodio, registrado en la Carta a los Gálatas, es hoy el espejo de un conflicto que amenaza con desgarrar a la Iglesia Católica.
Yo soy un católico nacido en la Iglesia preconciliar. Crecí en un tiempo donde las verdades de la fe no estaban en discusión, donde la doctrina era clara, sin contradicciones, y el Catecismo era un faro que iluminaba el camino de los fieles. La Misa era el centro de la vida cristiana, un misterio sagrado donde el cielo y la tierra se encontraban, y el sacerdote, como alter Christus, ofrecía el sacrificio con reverencia y recogimiento.
Pero todo cambió con el Concilio Vaticano II. La reforma litúrgica trajo consigo el Novus Ordo Missae, y con él, una nueva visión que muchos interpretaron como una ruptura con la Tradición. Recuerdo cómo mis amigos seminaristas desertaron en masa al ver los estragos que causaba esta nueva interpretación: la horizontalidad de la Iglesia, la pérdida de la reverencia a la Eucaristía, la relativización de la enseñanza en los seminarios. Generaciones enteras de seminaristas se perdieron, y hoy la Iglesia se queja de la falta de vocaciones. Los frutos son amargos, y no pueden ocultarse.
Ante esta crisis, un grupo de sacerdotes, liderados por Monseñor Marcel Lefebvre, decidieron atrincherarse en la Tradición, formando la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Su objetivo era custodiar la fe de siempre, la que había alimentado a santos durante casi dos mil años. No buscaban la ruptura, sino la fidelidad al depósito sagrado que habían recibido.
Pero a casi sesenta años del Concilio, la Fraternidad está en riesgo de ser declarada cismática. La razón: han decidido ordenar obispos para asegurar su supervivencia, ante la negativa de Roma a escucharlos y llegar a un acuerdo en base a la caridad. Siempre que han tocado las puertas del Vaticano, no las han abierto. Y ahora, el actual pontificado amenaza con la excomunión a una entidad que solo ha querido conservar la Tradición y sus valores, probados por siglos.
Esta actitud de parte del Vaticano es una respuesta de San Pedro a San Pablo, pero invertida. En lugar de escuchar la corrección fraterna, se cierra la puerta. En lugar de tender puentes, se levantan muros. En lugar de buscar la unidad, se siembra la división. Y nosotros, los católicos comunes, estamos a punto de perder la unidad eclesial que tanto nos recomendó Jesucristo, cuando oró al Padre: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti" (Juan 17,21).
No tomo partido por una u otra postura. Pero sí reconozco que la Fraternidad ha sido tratada con dureza, mientras otras confesiones y grupos reciben deferencia y respeto. Me duele que la Iglesia, que debería ser madre de todos, se ensañe con sus hijos más fieles a la Tradición. Me duele que el diálogo, que tanto predicamos, se haya cerrado cuando más se necesita.
Un católico común como yo está pendiente y dolido. He visto cómo las certezas de mi infancia se han desvanecido, cómo la fe que recibí se ha vuelto confusa, cómo la Misa que amaba se ha vuelto irreconocible. Y ahora, veo cómo la Fraternidad, que custodió esa fe, está a punto de ser expulsada del redil.
Jesucristo abogó por el diálogo para evitar esta situación. Él nos enseñó a corregir al hermano en privado, luego con dos o tres testigos, y luego a decírselo a la Iglesia. Pero la jerarquía ha cerrado las puertas al diálogo, prefiriendo la amenaza a la caridad, la excomunión a la reconciliación.
¿Qué será de nosotros si el cisma se consuma? ¿Dónde iremos los que amamos la Tradición pero queremos permanecer en comunión con el Papa? ¿Cómo explicaremos a nuestros hijos que la Iglesia, que debería ser signo de unidad, se ha dividido?
San Pablo reprendió a San Pedro, pero no rompió la comunión. Se enfrentó a él cara a cara, pero permaneció en la Iglesia. Ese es el ejemplo que debemos seguir. La corrección fraterna es necesaria, pero siempre dentro de la unidad.
¡Señor, ten piedad de tu Iglesia! No permitas que se rompa la unidad por la que tu Hijo dio su vida. Abre los corazones de los pastores y de los fieles, para que el diálogo prevalezca sobre la división y la caridad sobre la condena. Que todos sean uno, como tú y el Padre sois uno. Amén.
