SAN PABLO MIKI Y SAN FELIPE DE JESÚS JUNTOS EN EL MARTIRIO

06.08.2026

San Pablo Miki, nacido en Kioto de estirpe samurái, había convertido su palabra en un púlpito vivo: con la gracia del Evangelio y la sabiduría de su tierra, explicaba a sus compatriotas que la verdad no tiene fronteras ni depende del poder de los hombres. A su lado, San Felipe de Jesús, el joven nacido en la Ciudad de México que el destino llevó hasta Japón, abrazó la misma causa sin dudar un instante. Cuando el regente Hideyoshi dictó la orden de persecución, ambos pudieron haber huido, callado o renunciado a su misión para salvar la vida. Pero el valor de confesar la Fe no se mide por la fuerza del cuerpo, sino por la firmeza del espíritu: sabían que negar a Cristo sería traicionar lo único que da sentido a la existencia.

Juntos recorrieron cientos de kilómetros, heridos y expuestos al escarnio público, sin jamás dejar de bendecir a quienes los insultaban. Al llegar a la colina de Nishizaka, cuando fueron clavados en la cruz y esperaron el último suspiro, Pablo Miki alzó la voz con serenidad: "A todos los que me escucháis, sabed que no hago mal a nadie; muero por ser cristiano, y ésa es la única verdad". Felipe de Jesús, con el mismo ánimo, selló con su sangre que la Fe no distingue entre Oriente y Occidente, entre México y Japón, entre noble y plebeyo. Ese valor no fue heroísmo humano: fue la certeza de que nada —ni amenazas, ni dolor, ni la misma muerte— puede separarnos del amor de Dios.

Oración

San Pablo Miki y San Felipe de Jesús, compañeros de Cruz y de gloria: vosotros que no temisteis confesar a Cristo ante el poder de los hombres, alcanzadnos la valentía de no callar nuestra Fe en medio de las dificultades. Dadnos la serenidad para responder con verdad, la firmeza para no retroceder y la caridad para perdonar a quienes nos juzgan o nos combaten. Que vuestro ejemplo nos recuerde que la mayor dignidad del ser humano es reconocer a Dios y servirle en toda la vida. Interceded por nosotros, por nuestras familias y por la Iglesia, para que un día, habiendo confesado a Cristo en esta tierra, podamos contemplarlo junto a vosotros en el Cielo.

Amén. 

Share