¿QUÉ HAY DETRÁS DEL 8M?

26.02.2026

Se acerca una nueva conmemoración del 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, y con ella el riesgo de que se repitan los actos de vandalismo que el año pasado avergonzaron a nuestra nación. No podemos olvidar lo sucedido: las principales catedrales de México fueron atacadas con furia iconoclasta. En Guadalajara, la Catedral Basílica de la Asunción, amaneció con pintas en sus muros, con consignas a favor del aborto y ataques directos a la Iglesia Católica. En Oaxaca, intentaron incendiar la puerta principal de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, y un video difundido en redes sociales mostró el momento exacto en que el fuego lamía la madera sagrada. En Toluca, colocaron pañuelos verdes —símbolo del aborto— en la puerta de la Catedral de San José y vandalizaron sus monumentos. En Cuernavaca, intentaron derribar el cerco de protección de la Catedral. Y en San Luis Potosí, la Catedral de Nuestra Señora de la Expectación también sufrió daños La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México no fue la excepción: fogatas encendidas junto a sus vallas, petardos lanzados contra sus muros, artefactos explosivos arrojados en dirección al templo. Todo ello, mientras las autoridades miraban con pasividad cómplice, haciéndose de la vista gorda, permitiendo que la violencia contra lo sagrado quedara impune.

Lo que ocurrió el año pasado no fue un accidente ni un exceso aislado. Fue la manifestación de un odio organizado, financiado y dirigido. Un odio que no se conforma con exigir reivindicaciones legítimas para la mujer —que la Iglesia siempre ha apoyado en su justa medida— sino que busca destruir los símbolos de la fe católica, profanar los templos, incendiar las puertas, derribar las vallas. ¿Y quién está detrás de esta furia? No son las mujeres que genuinamente luchan por sus derechos, sino grupos radicales que han hecho del odio a la Iglesia su bandera. Grupos que reciben financiamiento de oscuras fundaciones internacionales, como las vinculadas a George Soros, ese multimillonario que ha dedicado su fortuna a desestabilizar naciones, a promover ideologías contrarias a la ley natural y a financiar organizaciones que, bajo el pretexto de defender derechos humanos, socavan los cimientos de la Civilización Cristiana. Sus Open Society Foundations han sido señaladas una y otra vez como instrumentos de injerencia en países que no se alinean a la agenda globalista. Y en México, esa agenda ha encontrado eco en grupos radicales que ven en la Iglesia Católica el principal obstáculo para sus designios.

No es casualidad que los ataques se dirijan precisamente contra las catedrales. No es casualidad que se intente incendiar las puertas de los templos. Porque el odio que mueve a estos grupos no es un odio político ni social; es un odio religioso, un odio a Cristo y a su Iglesia. Como bien señaló el Padre Hugo Valdemar, "no nos engañemos: al fondo no es un odio humano, feminista, sino es el odio de Satanás, que no soporta ni siquiera las cosas sagradas y busca su destrucción. Sin darse cuenta, estas pobres mujeres son el instrumento del odio del demonio". Y ese odio se ensaña con los templos porque los templos son la casa de Dios, el lugar donde Cristo habita realmente en el sagrario, el espacio sagrado donde generaciones de mexicanos han encontrado consuelo, esperanza y vida eterna.

El contexto de violencia contra la Iglesia en México no se limita a las pintas del 8 de marzo. En los últimos siete años, al menos 13 Sacerdotes han sido asesinados en nuestro país, y 80% de esos crímenes permanecen en la impunidad. Cerca de 1,300 templos han sido objeto de robos, profanaciones, extorsiones y agresiones. México se ha convertido en uno de los países más peligrosos del mundo para el ejercicio del sacerdocio. Y ante esta escalada de violencia, las autoridades no solo no actúan, sino que permiten que en manifestaciones como las del 8 de marzo se ataquen los templos con total impunidad. El Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, pidió a las autoridades que prevengan "que sucedan estas cosas". Pero las autoridades no previenen. Las autoridades miran hacia otro lado. Porque saben que estos ataques cuentan con la complicidad de un régimen que ha hecho del laicismo radical su bandera y que ve en la Iglesia un enemigo al que hay que debilitar.

Ante esta situación, los católicos no podemos permanecer impasibles. No podemos cruzarnos de brazos mientras la casa de Dios es atacada. No podemos permitir que el odio de unos pocos profane lo que es patrimonio de la Nación y, sobre todo, morada del Santísimo Sacramento. Por eso, este año, el llamado es claro: debemos organizarnos, debemos sumarnos, debemos defender lo que es nuestro. No con violencia, no con odio, sino con la fuerza pacífica de la presencia, con la oración, con la valentía de quienes saben que defienden una causa justa.