NON NOBIS, DOMINE: EL GRITO DEL SALMO EN EL ALMA TEMPLARIA

19.01.2026

Queridos hermanos, peregrinos en el tiempo.

Nos reunimos hoy ante una paradoja histórica y espiritual de profunda belleza. Vamos a descender a las profundidades de un grito que, aunque no salió de los labios de los templarios históricos, encapsula como ninguno el espíritu que San Bernardo de Claraval, su padre espiritual, grabó a fuego en su alma.

El canto que hemos escuchado es una obra maestra del siglo XVI, compuesta por William Byrd. Su texto, sin embargo, no es suyo. Es el versículo 1 del Salmo 115 (según la Vulgata): Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini Tuo da gloriam. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria.

Los caballeros del Temple no cantaron la polifonía de Byrd. Pero respiraron, vivieron y murieron por el principio eterno que ese versículo proclama. Un principio que Bernardo, en su "Elogio de la Nueva Milicia", hizo el núcleo de su identidad: la aniquilación del yo para la gloria de Dios.

Así que hoy, honramos la verdad: la música es de Byrd; el texto es del Rey David; pero el espíritu que lo convirtió en lema del ideal templario, fue forjado por el fuego de la mística cisterciense. Permitidme que, sin prisa, desentrañemos capa por capa el misterio de estas ocho palabras que son una fórmula de alquimia espiritual.

I. La Doble Negación Fundacional: Non nobis... non nobis...

La repetición en el salmo no es un adorno. Es un martillo que golpea dos veces el yunque del alma, para forjar el vacío necesario. Y Bernardo, maestro de la humildad, la usó para esculpir al nuevo monje-guerrero.

El primer Non nobis es una renuncia al EGO.

El joven que llegaba al Temple, al cruzar el umbral debía dejar su nombre, sus tierras, su linaje. Al hacer suyo este "no a nosotros", moría al hombre viejo. Renunciaba a la fama, al honor personal. En una época donde el honor del nombre lo era todo, esto era una revolución espiritual. Era convertirse en un anonadado, un nadie, para que solo Cristo fuera Todo.

El segundo Non nobis es una renuncia a la OBRA.

Pero el peligro más sutil acechaba después de años de servicio. El templario que había defendido peregrinos, ganado batallas, podía caer en la tentación más diabólica: la espiritualidad de la obra cumplida. "He luchado por Ti, Señor. Mis cicatrices merecen algo." Este segundo non nobis destruye esa ilusión. Es un recordatorio brutal: ni siquiera tus actos más heroicos son tuyos. Son Gracia. La obra del Temple, por grandiosa que fuera, no era su gloria.

Bernardo, el gran psicólogo del alma, anticipa la soberbia del servidor. Y la aniquila con la repetición del salmo.

II. El Vacío que Invoca: sed Nomini Tuo...

Pero el Salmo, y Bernardo con él, no nos dejan en el vacío nihilista. El "no a nosotros" no es un fin, sino una condición. Es despejar el terreno del alma, como se despeja el solar para el Templo.

"Sed..." - "Sino..." Es la conjunción más importante. Señala el giro, la transmutación. La negación tiene un propósito positivo, ardiente: hacer espacio.

Nomini Tuo - "A tu Nombre". En la mentalidad bíblica que Bernardo meditaba, el Nombre no es una etiqueta. Es la esencia revelada, la persona accesible. El Nombre de Dios es su misericordia, su poder, su amor crucificado.

El templario, al vaciarse de sí, se convertía en vaso y heraldo. Su vida ya no era para ensalzar su propio nombre, sino para ser un eco viviente del Nombre de Dios en la tierra. Cada acto de justicia debía ser un silbido en el aire que hiciera pensar: "Ahí pasa la misericordia de Dios".

El templario era un sacramento del Nombre de Dios en un mundo violento.

III. La Acción Divina: da gloriam

Y llegamos al verbo final, la culminación del salmo: da - "da". Es una súplica, un acto de abandono total.

El templario no toma la gloria. La recibe como un don. Él solo prepara el lugar, con su vacío y su disponibilidad, para que Dios actúe y Dios sea glorificado.

¿Qué es "gloria" (gloriam)? No es aplauso. En su raíz hebrea (kavod), es peso, presencia sustancial. Dar gloria a Dios es hacer visible el peso absoluto de su realidad, de su señorío.

Por tanto, la vida del templario era una oración continua para que, a través de su obediencia y su valor, Dios se hiciera más visible, más "pesado" en Tierra Santa. Su fracaso, su misma muerte, si era vivida con esta disposición, también podía "dar gloria". Porque la gloria de Dios se manifestó plenamente en una Cruz.

IV. La Paradoja Templaria: El Guerrero que No Pelea por Victoria

Aquí reside la paradoja que Bernardo forjó y que el Salmo 115 proclama:

Eran los guerreros más letales de su tiempo, pero el principio de su alma era una renuncia total a los frutos de la guerra.

Imaginad el momento antes de la carga. ¿Qué principio regía su corazón? No "Por la victoria", sino Non nobis, Domine...

Era un exorcismo. Un acto de purificación de la violencia que iban a ejercer. Era colocar cada golpe de espada bajo el signo de la Cruz y en la órbita de la Gloria de Otro. Así, la guerra podía ser redimida de la pasión humana y convertirse en un acto de caridad obediente. La espada, un instrumento litúrgico.

V. Conclusión: El Eco Eterno de un Salmo

Los castillos cayeron. La orden fue suprimida. William Byrd puso música al grito siglos después. Pero el principio espiritual que une el Salmo de David, la regla de Bernardo y la polifonía de Byrd es atemporal.

¿Dónde está tu "Tierra Santa" por conquistar? Es tu propio corazón, asediado por el ego.

La regla es la misma: Non nobis. Antes de buscar tu gloria, tu reconocimiento, repite con el alma desgarrada: Non nobis, Domine, non nobis.

Vacía el vaso de tu alma. Hazte "pobre caballero" de tu propio templo interior.

Sed Nomini Tuo da gloriam. Y entonces, en ese vacío humilde, invita al Nombre a habitar. Que tu vida sea un lugar donde Dios pueda "dar gloria" a su propio Nombre.

Al final, el Non nobis no es un grito de derrota, sino de victoria más alta. Es la fórmula para no perderse en el espejo de las propias obras.

El templario, al morir, no esperaba que dijeran: "Qué gran caballero". Esperaba que Dios, mirándole, viera en su vida un reflejo tan limpio de Cristo, que solo pudiera decir: "En este mi siervo, mi Nombre ha sido glorificado".

Que esta sea nuestra única ambición. Que al final de nuestros días, no quede de nosotros más que un eco, un susurro que se eleve y se funda en la eternidad, como el canto de Byrd que se desvanece en el silencio del Altísimo:

Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini Tuo da gloriam. 

Amén.