LO QUE DEBES SABER SOBRE LOS ARETES Y PIERCINGS

Lo que en otros tiempos fue signo de sumisión y dominio, hoy se exhibe como moda y rebeldía. Los aretes en los hombres, durante gran parte de la historia humana, fueron una marca de esclavitud. En la antigua Roma y en muchas culturas orientales, el esclavo llevaba un aro en la oreja como señal de pertenencia a un amo, como un hierro que se incrustaba en la carne para recordarle a él y a toda su condición de propiedad. El piercing nasal, por su parte, no fue invento de tribus exóticas sino de ganaderos: se colocaba argolla en el tabique de los rumiantes, toros y bueyes, para dominarlos, para llevar su hocico de un lado a otro, para quebrantar su voluntad. Es profundamente triste que hombres y mujeres del siglo XXI, que se creen libres, hayan rescatado estos símbolos de opresión animal y esclavitud humana para adornar sus cuerpos. El católico, llamado a la dignidad de hijo de Dios, debe rechazar esta práctica por sus evidentes daños físicos, morales, sociales y espirituales.
El daño físico es innegable. Perforar la carne es abrir una herida voluntaria que nunca termina de cicatrizar del todo. Infecciones locales, queloides, rechazo del material, alergias a los metales baratos, desgarros accidentales y, en el caso de los piercings orales o genitales, lesiones graves en dientes, encías y tejidos sensibles. Además, estas perforaciones son puertas de entrada para bacterias que pueden llegar al torrente sanguíneo. La Iglesia nos enseña que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y no una pieza de carnicería. ¿Qué templo permitiría que se horadaran sus muros para colgar baratijas?
El daño moral es aún más profundo. Quien se perfora la oreja, la nariz, la ceja, el ombligo o cualquier otra parte, está buscando una identidad que no encuentra en su interior. Detrás del piercing suele haber una carencia de autoestima, una necesidad de llamar la atención, una rebeldía infantil contra todo orden establecido. La moral católica nos pide modestia y respeto por el propio cuerpo. El piercing es un acto de vanidad agresiva, una declaración de que el cuerpo es un mero objeto de decoración. Muchos jóvenes se perforan por presión social, para pertenecer a una tribu urbana, sin detenerse a pensar que están repitiendo la misma lógica del esclavo antiguo: llevar la marca de su grupo para no ser excluidos.
El daño social es evidente. Los piercings, especialmente en hombres, siguen siendo mal vistos en entornos laborales serios, en la vida militar, en la función pública. Un profesional con una argolla en la nariz o un aro en la oreja es tomado menos en serio que uno sin ellos. Además, los piercings fomentan una cultura de la superficialidad, donde la imagen exterior lo es todo y el contenido interior nada. La sociedad que se perfora es una sociedad que ha perdido el pudor, que ha analizado el sufrimiento y la mutilación como si fueran juegos.
Pero el daño espiritual es el más grave. El cuerpo humano no es una propiedad privada sobre la que tenemos derecho absoluto. Es un don recibido, un préstamo sagrado. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que las mutilaciones voluntarias del cuerpo son moralmente ilícitas, salvo por razones médicas estrictas (CIC 2297). El piercing es una mutilación, pequeña pero real, que altera la integridad física que Dios nos dio. San Pablo nos exhorta a glorificar a Dios en nuestro cuerpo (1 Corintios 6,20). ¿Cómo glorifica a Dios un cuerpo perforado como un animal de corral, adornado con aros que recuerdan cadenas de esclavos? ¿Cómo se puede elevar la mirada al cielo con una argolla en la nariz, símbolo de los bueyes que tiraban del arado?
La Historia de la Salvación es la historia de la liberación. Dios sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, Cristo nos liberó de la esclavitud del pecado. Llevar voluntariamente en el cuerpo los símbolos de la esclavitud antigua es una contradicción existencial. Es como si un liberto se volviera a poner el collar de su antiguo amo. Los primeros cristianos rechazaron los aretes y las perforaciones precisamente porque querían distinguirse de las culturas paganas que los usaban como amuletos, como signos de pertenencia a templos de ídolos o como marcas de esclavitud. La libertad cristiana no consiste en hacer lo que me da la gana con mi cuerpo, sino en usar mi cuerpo para amar a Dios y al prójimo, asemejándolo en lo posible, al de Cristo, Modelo Perfecto.
Es cierto que hoy muchos alegan que los aretes y piercings son solo moda, que ya no tienen ese significado histórico. Pero la realidad es que los símbolos nunca mueren del todo. Llevar un aro en la oreja sigue siendo, aunque no se quiera, un eco lejano de aquel esclavo que era marcado por su dueño. Llevar una argolla en la nariz sigue recordando a esos toros que eran conducidos con gancho. El católico está llamado a ser luz y sal en medio de un mundo que ha olvidado el lenguaje de los símbolos. No puede participar de prácticas que, aunque vaciadas de su significado original por la ignorancia popular, siguen siendo ofensivas a la dignidad humana.
Por todo ello, invito a los católicos a rechazar los piercings y a retirar los aretes que no sean los discretos, permitidos a las mujeres por tradición cultural, siempre con moderación. Nuestro cuerpo es suficiente, bello y sagrado tal como Dios lo creó. No necesita aros que lo sujeten, ni argollas que lo dominen. Llevamos ya una marca indeleble: la del Bautismo, que nos selló como hijos de Dios para siempre. Esa marca no se ve, pero es la única que cuenta para la eternidad. Que ninguna perforación profane el templo de tu cuerpo. Que ninguna argolla te recuerde una esclavitud de la que Cristo ya te liberó. Vive en la libertad de los hijos de Dios, con el cuerpo íntegro y el alma pura, porque solo así podrás presentarte sin mancha ante El que te creó.
