LA VERDAD OS HARÁ LIBRES

LUCHA Y DEFENSA DE LA FE Y LA TRADICIÓN FRENTE A LA IDEOLOGÍA DE LA RUPTURA
Nos encontramos hoy ante una de las pruebas más grandes que ha debido enfrentar la comunidad cristiana y la civilización que ha nacido del Evangelio. Se ha extendido en nuestros tiempos una corriente de pensamiento y de acción que se presenta bajo nombres atractivos: "diversidad", "equidad", "inclusión", "progreso". Pero como nos advirtió el Apóstol San Pablo, hay que tener cuidado, porque también Satanás se disfraza de ángel de luz, y lo que parece ser bien puede ser, en el fondo, un engaño que aleja al hombre de la verdad, de Dios y de sí mismo. Lo que se conoce como "cultura woke", es anticultura, porque no es un avance, ni una justicia nueva, ni una liberación; es más bien una ideología de ruptura, que tiene sus raíces en corrientes de pensamiento que siempre han buscado transformar al hombre y a la sociedad rompiendo con el orden creado por Dios, disolviendo los vínculos naturales y sobrenaturales que nos unen, y reemplazando la Verdad Revelada por construcciones humanas que cambian según los tiempos y los intereses del poder. Fundamentados en la Doctrina Católica, enraizada en la Sagrada Tradición, en el Santo Evangelio y en ese sano sentido común que es reflejo de la Ley natural inscrita en el corazón del hombre, debemos alzar la voz, discernir con claridad y combatir con Caridad y firmeza todo aquello que atenta contra la verdad del ser humano y del plan de Dios.
Para entender lo que está ocurriendo, debemos mirar los orígenes y el fin de esta corriente. Como nos enseña el estudio de la historia de las ideas, esta forma de pensar bebe de fuentes que, desde hace un siglo, pretendieron cambiar el mundo alejándolo más de Dios, sino transformando su cultura para imponer una nueva visión de la realidad. La Escuela de Frankfurt, el pensamiento de Antonio Gramsci y todas esas corrientes que conforman lo que se ha dado en llamar "marxismo cultural", tenían como objetivo central conquistar la cultura antes que el poder político, porque sabían bien que quien define las palabras, los valores y lo que se considera verdad, tiene en sus manos la dirección de toda la sociedad. Su estrategia siempre fue la misma: dividir para dominar, destruir los puntos de referencia comunes, desmantelar la familia, la religión, la patria, las tradiciones, todo aquello que une a los hombres en un mismo proyecto de vida y de fe. Y hoy, esa misma lógica es la que mueve a la anticultura woke: ya no se habla principalmente de clases sociales, pero se divide a los hombres por raza, género, orientación sexual, condición, creando siempre una lucha entre supuestos opresores y supuestos oprimidos, borrando la realidad de la naturaleza humana creada por Dios y sustituyéndola por realidades construidas por la mente humana, cambiantes y relativas. Ésta no es una lucha nueva; es la misma lucha que el hombre libra desde el Paraíso terrenal: la tentación de querer ser como Dios, decidiendo él mismo qué es el bien y qué es el mal, al margen del Creador.
Frente a esto, la Tradición viva de la Iglesia nos ofrece la luz necesaria para discernir y defender lo que es nuestro. Desde los Padres de la Iglesia, pasando por los grandes Doctores como Santo Tomás de Aquino, siempre se ha enseñado que el hombre es una unidad indisoluble de cuerpo y alma, creado varón y mujer con una dignidad igual, pero con una condición distinta y complementaria, llamado a la comunión, al amor y a la vida en sociedad. En cambio, el wokismo quiere desmontar esta realidad creada, diciéndonos que el género es una construcción social, que la identidad es algo que cada uno inventa a su antojo, que las diferencias naturales no son un don, sino un obstáculo que hay que borrar. Pero la Tradición nos dice que Dios no se equivocó al crearnos, y que la verdad sobre nosotros mismos ya nos ha sido dada; no la inventamos nosotros, la recibimos como un don gratuito y soberano. Y ese don tiene una estructura: el matrimonio entre un hombre y una mujer como fundamento de la familia, que es la primera célula de la sociedad y el santuario de la vida; el respeto a la Ley Natural que todos podemos leer en nuestro corazón, más allá de nuestras creencias o convicciones; la unidad de la familia humana, que aunque diversa en naciones y culturas, comparte una misma naturaleza y un mismo destino eterno. Todo esto es lo que esta ideología ataca con saña, porque sabe que si destruye la familia, si borra la Ley Natural, si divide a los hombres, destruye también la base misma sobre la que se levanta la Civilización Cristiana y la sana convivencia.
Pero es sobre todo en el Santo Evangelio donde encontramos la razón más profunda y la fuerza inquebrantable para esta lucha. Jesucristo, la Verdad y la Vida, nos enseñó que el enemigo viene solo para robar, matar y destruir, pero que Él vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. ¿Qué hace la anticultura woke, sino robarle al hombre su identidad verdadera, matar sus referencias morales y espirituales, y destruir su paz interior y su pertenencia comunitaria? Nuestro Señor nos enseñó que el Mandamiento nuevo es el amor, pero ese amor no es lo que nos quieren vender hoy: un sentimiento sin contenido, una aceptación ciega de cualquier cosa, un respeto que se convierte en complicidad con el error y con el pecado. El amor verdadero, el que viene de Dios, es amor a la Verdad. Como escribe San Pablo en su Carta a los Corintios, la Caridad se alegra de la Verdad. Amar al hermano es decirle lo que es bueno para él, es enseñarle el camino que lleva a la vida, es ayudarle a no perderse en los caminos engañosos del error y de la ideología. Y el Evangelio nos enseña, también, la unidad fundamental de la raza humana: todos somos pecadores, todos necesitamos de la misericordia de Dios, nadie es mejor por su origen, su condición o su posición, y todos somos igualmente llamados a la santidad. Por eso es tan falso y dañino el discurso de la división permanente que nos quieren imponer: no hay grupos condenados históricamente a ser opresores ni grupos condenados a ser víctimas eternas, porque en Cristo todas las diferencias que separaban a los hombres han sido superadas. En Él no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús. La ideología de la división y el resentimiento es la antítesis misma del Evangelio, porque donde el mundo quiere poner muros y enemigos, el Señor quiere poner puentes de unidad, de justicia y de amor verdadero.
Y junto a la Tradición y al Evangelio, contamos con ese gran don que es el sentido común, ese reflejo de la Sabiduría de Dios que permite al hombre entender, por la luz natural de la razón, lo que es conforme a su naturaleza y lo que le va contra ella. El sentido común nos dice que un niño necesita un padre y una madre para crecer en plenitud humana y espiritual; nos dice que la historia de nuestro pueblo, con sus luces y sus sombras, es nuestra memoria y nuestra identidad, y que borrarla o juzgarla con categorías actuales es cortar nuestras raíces y traicionar la propia verdad; nos dice que las palabras tienen un significado verdadero y estable, y que cambiar el significado de todo para confundir a la gente no es progreso, sino manipulación; nos dice que la igualdad verdadera es la igual dignidad de todos los hombres ante Dios y ante la ley, pero que las diferencias naturales, culturales y sociales no son males que hay que eliminar, sino riquezas que hay que ordenar según la justicia y la Caridad. Hoy vemos cómo esta ideología va contra todo lo que dicta el sentido común más elemental: quiere que llamemos verdad a lo que es mentira, bien a lo que es dañino, libertad a lo que es esclavitud mental y control social. Pero el hombre sencillo, y con sentido común, el que no se ha dejado contaminar por tantas teorías extrañas y contradictorias, sigue sabiendo muy bien qué es la familia, qué es el bien, qué es la verdad, porque todo eso está escrito en lo más hondo de su ser, en esa Ley Natural que Dios ha grabado en cada conciencia.
Por eso, nuestra lucha contra "la cultura woke" no es una lucha política, ni una lucha de poder, ni mucho menos una lucha contra personas o colectivos. Es una lucha espiritual, cultural y moral, por la defensa del hombre mismo y de su salvación eterna. No combatimos a quienes se han dejado engañar o seducir por estas ideas, sino al error que los esclaviza y aleja de la verdad. Y nuestra forma de combatir no es la violencia, ni el odio, ni la imposición, sino la firmeza en la verdad, el testimonio coherente de la vida cristiana, la defensa intransigente de la familia, la educación de los hijos en la fe y en la sana doctrina, y la reconstrucción de esa unidad cultural y espiritual que ha hecho grande a nuestra civilización. Debemos sacar esas absurdas ideologías su de nuestras escuelas, donde quieren adoctrinar a la infancia y a la juventud, corrompiendo su inocencia y oscureciendo su razón; debemos rechazarla en nuestras instituciones, donde se financia con dinero público lo que va contra la Ley natural y divina; debemos denunciar su falsedad en los medios y en la vida social, recordando siempre que la justicia verdadera no es la que imponen unos grupos sobre otros, sino la que da a cada uno lo que le corresponde según el orden sabio que Dios ha establecido.
La Iglesia, Madre y Maestra, siempre ha sabido que ante las ideologías que quieren rehacer al hombre al margen de Dios, sólo hay una respuesta posible: mantenernos fieles a lo que hemos recibido, sin añadir ni quitar nada, sabiendo que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y que su verdad no pasa ni cambia con los tiempos ni con las modas. No vamos a permitir que se imponga este pensamiento de muerte y de división, porque tenemos la certeza de que, como Él mismo prometió, la verdad nos hará libres. Nuestra victoria no será imponiendo nuestras ideas, sino viviendo nuestra fe con tal coherencia y tal amor, que el mundo pueda ver claramente la diferencia entre la oscuridad de la ideología y la luz brillante del Evangelio. Sigamos a la Virgen María, la Madre de la Sabiduría, ella que aplasta toda herejía y todo error, y con su ayuda poderosa, defendamos nuestra fe, nuestra identidad y nuestra herencia, seguros de que, al defender la verdad de Dios, defendemos también la verdad del hombre y su felicidad eterna.
