LA TEMPLANZA: LA VIRTUD QUE NOS ENSEÑA A PONER ORDEN EN NUESTROS DESEOS

Entre las Virtudes Cardinales que sostienen el edificio de la vida moral, la Templanza ocupa ese lugar que a veces parece menos heroico pero que resulta absolutamente indispensable para vivir como personas libres y dignas. Mientras la Prudencia nos enseña a discernir el bien, la Justicia nos impulsa a darlo a cada quien, y la Fortaleza nos mantiene firmes en las dificultades, la Templanza es la que pone orden en nuestros deseos y placeres, impidiendo que nos dominen y nos arrastren como esclavos. No se trata de una virtud aburrida o represiva, como a veces se malinterpreta, sino de esa disposición del alma que nos permite disfrutar de los bienes creados sin quedar atrapados en ellos, sabiendo usarlos con medida y libertad. En un mundo que nos empuja constantemente al consumismo desenfrenado, a la satisfacción inmediata de todos los caprichos, y que ha hecho del placer el bien supremo, entender qué es la Templanza y cómo vivirla, resulta más necesario que nunca para no perder nuestra dignidad y nuestra paz interior.
La palabra <<Templanza>> viene del latín "temperantia", que significa: moderación, mesura, capacidad de mantener el equilibrio. Los antiguos la definieron como la virtud que modera la atracción hacia los placeres sensibles, especialmente aquéllos más intensos relacionados con el tacto y el gusto: la comida, la bebida, el placer sexual. Pero también se extiende a otros ámbitos, como el uso del dinero, el afán de posesiones, la búsqueda de honores y reconocimientos. La persona templada no es la que no siente deseos, sino la que es capaz de gobernarlos, de ponerlos en su lugar, de decirles que no cuando es necesario y de disfrutarlos sanamente cuando es oportuno. Como todas las virtudes, la Templanza consiste en un punto medio entre dos extremos viciosos: la insensibilidad, que es no disfrutar nada, y el desenfreno, que es dejarse llevar por todos los excesos.
En la vida cotidiana, la Templanza se manifiesta de muchísimas maneras que van forjando el carácter y nos van haciendo dueños de nosotros mismos. Está presente en la mesa, cuando comemos lo necesario sin caer en la gula, sabiendo disfrutar de la comida sin convertirla en una obsesión. Está presente en la bebida, cuando sabemos cuándo parar y no necesitamos emborracharnos para divertirnos. Está presente en el uso del dinero, cuando gastamos con sensatez, evitando tanto la tacañería como el derroche. Está presente en la sexualidad, vivida según el orden querido por Dios, dentro del matrimonio y con respeto a la dignidad de la persona. Está presente en el uso de la tecnología, cuando controlamos el tiempo que pasamos con el teléfono o la televisión y no dejamos que nos roben la vida. Está presente en la conversación, cuando sabemos callar a tiempo y no acaparamos la palabra. La Templanza está en todos esos momentos donde nuestros apetitos reclaman y nosotros, como personas libres, decidimos.
La Sagrada Escritura tiene mucho que decir sobre la Templanza, aunque no siempre use esa palabra. En el libro de los Proverbios encontramos innumerables advertencias contra la gula, la embriaguez y los excesos: "No estés entre los bebedores de vino ni entre los que se hartan de carne, porque el borracho y el glotón se empobrecerán". También se alaba a quien sabe dominarse: "El hombre paciente vale más que un guerrero, y el que domina su espíritu, más que el que conquista una ciudad". Esta última frase es muy importante: dominarse a uno mismo es más difícil y valioso que conquistar ciudades enteras. Cualquiera puede dejarse llevar por sus impulsos, eso no cuesta nada; lo difícil, lo que requiere verdadera grandeza … ¡Es saber decir que no cuando es necesario!
En el Nuevo Testamento, San Pablo habla con frecuencia de la Templanza y la presenta como fruto del Espíritu Santo. En su Carta a los Gálatas, enumera los Frutos del Espíritu y, entre ellos, incluye la Templanza o dominio propio. Para el Apóstol, el cristiano no vive ya según la carne, con sus deseos desordenados, sino según el Espíritu, que nos da fuerza para dominar nuestras pasiones. En otra Carta, comparando la vida cristiana con la de los atletas, dice: Todo aquél que lucha, se abstiene de todo. El atleta, para ganar una corona que se marchita, se priva de muchas cosas, entrena con disciplina, lleva una vida ordenada. Cuánto más nosotros, que aspiramos a una corona inmortal, debemos estar dispuestos a privarnos de lo que nos aparta de Dios. Esta comparación es muy elocuente y nos recuerda que la Templanza no es una virtud negativa, sino positiva: nos priva de cosas buenas menores para alcanzar un bien mucho mayor.
Jesús mismo, en el Evangelio, nos invita a la Templanza cuando nos advierte: "Tengan cuidado no sea que se endurezcan sus corazones por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida". Y nos pone el ejemplo de los que se excusan para no asistir al banquete del reino porque tienen que probar sus tierras o sus bueyes, o porque se han casado: son personas absorbidas por los bienes legítimos hasta el punto de olvidar lo esencial. También la parábola del "Rico Epulón", que vivía rodeado de lujos mientras el pobre Lázaro yacía a su puerta, nos muestra el peligro de una vida sin Templanza, encerrada en el propio disfrute e insensibilidad a las necesidades ajenas. El rico no era malo porque tuviera riquezas, sino porque se dejó atrapar por ellas hasta olvidar a Dios y al prójimo.
Santo Tomás de Aquino, en su tratado sobre la Templanza, distingue varias partes o aspectos de esta virtud que nos ayudan a comprenderla mejor. Por un lado, están las virtudes que moderan los deseos de comida y bebida: la Abstinencia, que modera el deseo de comer, y la Sobriedad, que modera el deseo de beber. Por otro lado, está la Castidad, que modera el deseo sexual, y la pureza, que es su manifestación interior. También están la Modestia, que modera los movimientos exteriores del cuerpo, y la Humildad, que modera el deseo de la propia excelencia. Y por último, están la Mansedumbre, que modera la ira, y la clemencia, que modera el castigo. Esta enumeración muestra que la Templanza abarca muchos ámbitos de la vida y que su influencia se extiende a todos nuestros actos.
La Castidad es quizás la manifestación más conocida de la Templanza, y también una de las más necesarias en nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad hipersexualizada, donde el sexo se ha convertido en un producto más de consumo, desvinculado del amor y de la procreación. La Castidad no es negación del sexo, sino su ordenación según el plan de Dios: vivido en el matrimonio, con respeto a la dignidad de la persona, abierto a la vida. Fuera del matrimonio, la Castidad exige la Abstinencia. Esto puede parecer difícil en un mundo que lo invita a todo lo contrario, pero es posible con la gracia de Dios y con un esfuerzo sostenido. La Castidad nos libera de la esclavitud de la lujuria, nos hace dueños de nuestro cuerpo, y nos prepara para amar de verdad, no para usar a las personas como objetos de placer.
La Sobriedad y la Abstinencia también son muy necesarias hoy, en una sociedad de consumo donde se nos empuja a comer y beber sin medida. La obesidad, los problemas de salud derivados de la mala alimentación, el alcoholismo, son plagas de nuestro tiempo que tienen su raíz en la falta de Templanza. Comer y beber son necesidades y también pueden ser fuentes de legítimo placer, pero cuando se convierten en el centro de la vida, cuando no sabemos decir "basta", nos deshumanizan. La persona sobria es aquélla que puede disfrutar de una buena comida o de una copa de vino sin perder el control, sin necesitar más y más, sin hacer de eso el sentido de su vida. Es libre, mientras que el glotón y el borracho son esclavos.
La Modestia, otra manifestación de la Templanza, se refiere a nuestra manera de vestir, de comportarnos, de relacionarnos. La persona modesta no llama la atención de manera provocativa, no busca ser el centro de todas las miradas, se viste y se comporta con sencillez y buen gusto. Esto no significa ir desaliñado o descuidado, sino no convertir el cuerpo en un objeto de exhibición. La Modestia protege nuestra intimidad y respeta la de los demás. En un mundo que nos empuja a mostrar cada vez más, a exhibirnos en las redes sociales, a buscar la aprobación de los demás a través de la imagen, la Modestia es profundamente liberadora.
La Humildad, considerada por Santo Tomás como parte de la Templanza, es quizás la virtud más importante para la vida espiritual. <<Humildad>> viene de "humus", tierra, y significa reconocer lo que somos: creaturas limitadas, pecadoras, dependientes de Dios en todo. La persona humilde no se cree superior a los demás, no busca los primeros puestos, no necesita estar siempre en el centro, acepta sus límites y sus errores. Esta virtud modera el deseo desordenado de la propia excelencia, ese afán de ser más que los demás, de que nos reconozcan, de que nos alaben. El orgulloso vive angustiado por mantener una imagen que no se corresponde con la realidad; el humilde vive en paz porque se acepta tal como es delante de Dios.
La Mansedumbre es otra virtud relacionada con la Templanza, que modera la ira. La ira en sí misma no es mala; puede ser incluso necesaria para defender la Justicia. Pero cuando se descontrola, cuando nos lleva a la violencia, al odio, al rencor, entonces se convierte en vicio. La persona mansa es la que sabe dominar su ira, que no estalla ante cualquier provocación, que responde con calma en lugar de con gritos. No es débil, sino fuerte, porque dominar la ira cuesta más que dejarse llevar por ella. Jesús dijo de Sí mismo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Y nos enseñó a responder al mal con el bien, a poner la otra mejilla, a perdonar setenta veces siete.
La Templanza está íntimamente unida a la libertad. Parece una paradoja, pero es así: quien se deja llevar por todos sus deseos no es libre, es esclavo. El que no puede dejar de comer, el que no puede dejar de beber, el que no puede controlar sus impulsos sexuales, el que necesita constantemente comprar cosas nuevas, ése no es dueño de sí mismo. Está dominado por sus apetitos. La persona templada, en cambio, es dueña de "sí", puede decir "sí" y puede decir "no", elige libremente lo que quiere hacer. Esa libertad interior es un tesoro inmenso, que nada ni nadie puede comprar. Por eso la Templanza no nos quita nada, nos da lo más valioso: ¡el gobierno de nosotros mismos!
En la Historia de la Iglesia, los Santos nos han dejado ejemplos admirables de Templanza. San Francisco de Asís, que abrazó a la "señora pobreza" y vivió con lo mínimo, desprendido de todo, libre para amar a Dios y a los hermanos. Santo Domingo Savio, un niño que con su vida modesta y pura asombraba a sus compañeros. Santa Teresa de Jesús, que a pesar de ser una gran mística, era muy equilibrada en su modo de vivir, y recomendaba a sus monjas comer bien y dormir lo suficiente, sin exageraciones. San Juan Bosco, que supo educar a los jóvenes en la Templanza, enseñándoles a disfrutar sanamente sin caer en excesos. Estos Santos no eran personas tristes o amargadas, todo lo contrario: irradiaban alegría, porque quien vive con Templanza, vive en paz y esa paz se nota.
Otro enemigo es el hedonismo, esa filosofía que hace del placer el bien supremo. Según esta mentalidad, lo importante es disfrutar, sentir, experimentar, sin límites ni cortapisas. Pero el placer, cuando se convierte en el centro, termina siendo un tirano. Exige cada vez más, nunca se sacia, y al final, deja un vacío enorme. Cuántas personas hay que lo han probado todo y sin embargo están vacías, tristes, insatisfechas. La Templanza nos recuerda que el placer es un bien, pero no el bien supremo. Está al servicio de la vida y del amor, no al revés. Cuando lo ponemos en su lugar, podemos disfrutarlo sanamente; cuando lo convertimos en dios, nos devora.
Para crecer en Templanza podemos hacer varias cosas. Primero, conocer nuestros puntos débiles. Cada uno tiene sus tentaciones particulares: unos con la comida, otros con la bebida, otros con el sexo, otros con las compras, otros con la ira. Identificar cuál es nuestro "talón de Aquiles", nos ayuda a estar alerta. Segundo, evitar las ocasiones. Si sabemos que en determinadas situaciones nos cuesta dominarnos, lo prudente es evitarlas, al menos hasta que seamos más fuertes. Tercero, empezar por pequeñas renuncias voluntarias. Privarnos de algo que nos gusta, aunque sea pequeño, nos va fortaleciendo la voluntad. Cuarto, pedir ayuda a Dios en la oración. La Templanza es un Don del Espíritu Santo, y Él lo concede a quienes lo piden con Humildad. Quinto, recibir los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión, que nos dan la Gracia para vivir como hijos de Dios.
Es importante entender que la Templanza no es lo mismo que la represión enfermiza. Hay personas que tienen miedo al placer, que se sienten culpables por disfrutar de algo bueno, que viven con una actitud negativa hacia la vida. Eso no es Templanza, es un problema psicológico o una falsa idea de la espiritualidad. La Templanza cristiana es positiva: afirma la bondad de la Creación, de los placeres legítimos, de las cosas buenas de la vida. Lo que hace es ponerlas en su orden, impedir que se conviertan en ídolos, para que podamos disfrutarlas sin quedar atrapados en ellas. Un Santo puede disfrutar de una buena comida, de un paseo por el campo, de una conversación agradable, porque sabe que todo eso es don de Dios. Lo que no hace es poner su felicidad última en esas cosas.
La Templanza está íntimamente relacionada con las otras Virtudes Cardinales. Con la Prudencia, que le enseña cuál es la medida justa en cada situación. Con la Justicia, que le recuerda que no debemos tomar lo que pertenece a otros, ni siquiera para satisfacer nuestros deseos. Con la Fortaleza, que le da el empuje necesario para mantenerse firme cuando los deseos apremian. Las cuatro se necesitan mutuamente y forman como los cuatro pilares que sostienen todo el edificio moral. Si falta una, las otras tambalean. Por eso no podemos descuidar ninguna, y la Templanza es tan importante como las demás.
En la vida espiritual, la Templanza es indispensable para la oración y la unión con Dios. Las almas que viven dominadas por sus pasiones tienen dificultad para elevarse a las cosas de Dios, porque están constantemente distraídas por los deseos de la carne. En cambio, quien va adquiriendo dominio sobre sus apetitos, va quedando más libre para amar a Dios y al prójimo. No es casualidad que los grandes místicos hayan sido también personas muy templadas, que sabían dominar sus cuerpos para que el espíritu pudiera volar libre hacia Dios. La penitencia voluntaria, practicada con Prudencia y bajo dirección espiritual, ha sido siempre un medio para adquirir esta virtud.
Que el Señor nos conceda a todos esta virtud de la Templanza, para que sepamos usar de sus dones con medida y libertad, para que no nos dejemos atrapar por los deseos de este mundo, para que vivamos como hijos de Dios, esperando la plenitud de su reino. Que la Virgen María, la Mujer perfectamente templada, que vivió en la pobreza y la Humildad, nos enseñe a poner nuestro corazón en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Amén.
