LA JUSTICIA: LA VIRTUD QUE NOS ENSEÑA A DAR A CADA UNO LO SUYO

Entre las Virtudes Cardinales, aquellas sobre las que gira toda la vida moral, la Justicia ocupa un lugar de honor junto a la Prudencia, la Fortaleza y la Templanza. Mientras que la Prudencia nos ayuda a discernir lo que debemos hacer, la Justicia nos impulsa a hacerlo, dando a cada persona lo que le corresponde. No se trata de una virtud fría o legalista, como a veces se piensa, sino de esa disposición profunda del corazón que nos lleva a reconocer el valor de los demás y a tratarlos como merecen, ni más ni menos. En un mundo donde tantas veces predomina el abuso de poder, el engaño y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, entender qué es la Justicia y cómo podemos vivirla resulta esencial para construir una sociedad cristiana más humana y para que nuestras relaciones con los demás sean verdaderamente auténticas.
La palabra <<Justicia>> viene del latín "iustitia", que a su vez deriva de "ius", el derecho. Desde la antigüedad, los filósofos la definieron como "la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo". Esta definición, que parece sencilla, contiene una profundidad enorme. Dice que es una voluntad, es decir, algo que nace del interior, no es una simple obligación externa. Dice que es constante y perpetua, lo que significa que no es algo que se haga de vez en cuando, sino una disposición estable del carácter. Y dice que da a cada uno lo suyo, reconociendo que cada persona tiene derechos que deben ser respetados. La persona justa no es la que simplemente cumple la ley por miedo al castigo, sino la que lleva dentro ese deseo de tratar bien a los demás porque reconoce su dignidad.
La Justicia está íntimamente unida a las otras Virtudes Cardinales. Con la Prudencia, discierne lo que corresponde a cada uno en cada situación. Con la Fortaleza, se mantiene firme ante las presiones para hacer lo injusto. Con la Templanza, modera el deseo de tener más de lo debido. Las cuatro se necesitan mutuamente y ninguna puede desarrollarse plenamente sin las otras. Quien cultiva la Justicia, sin descuidar las demás virtudes, va formando un carácter íntegro, una persona de fiar, alguien en quien se puede confiar.
En la vida cotidiana, la Justicia se manifiesta de muchas maneras. Está presente cuando pagamos un precio justo por lo que compramos, sin intentar engañar al vendedor ni aprovecharnos de su necesidad. Está presente cuando cumplimos nuestra palabra, cuando devolvemos lo que hemos pedido prestado, cuando llegamos a tiempo a nuestras citas. Está presente en el trabajo, cuando hacemos nuestra labor con responsabilidad y no robamos tiempo al empleador con distracciones innecesarias. Está presente en la familia, cuando repartimos las tareas domésticas de manera equitativa, cuando respetamos el espacio y el tiempo de los demás, cuando nos preocupamos por que todos tengan lo necesario. La Justicia está en esos pequeños gestos que construyen confianza y hacen posible la convivencia.
La Biblia habla muchísimo de la Justicia, y es uno de los temas centrales de los Profetas del Antiguo Testamento. Ellos denunciaban sin miedo las injusticias de su tiempo: los ricos que oprimían a los pobres, los jueces que aceptaban sobornos, los poderosos que se aprovechaban de los débiles. El profeta Amós clama en nombre de Dios: "Que el derecho fluya como el agua, y la Justicia como un torrente inagotable". Isaías también anuncia que Dios se alegra con la Justicia y quiere que su pueblo sea justo. Los profetas entendían que la Justicia no es un añadido en la relación con Dios, sino una condición indispensable: no se puede decir que se ama a Dios si se oprime al prójimo. Esta enseñanza es fundamental y sigue siendo válida hoy.
En el Nuevo Testamento, Jesús profundiza y amplía el significado de la Justicia. En el Sermón de la Montaña, dice: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de Justicia, porque ellos serán saciados. Presenta la Justicia como un deseo profundo, casi como una necesidad física, como el hambre y la sed. Y enseña que la Justicia de sus discípulos debe ser mayor que la de los fariseos, que cumplían minuciosamente la ley pero descuidaban lo más importante. Para Jesús, la Justicia no es sólo cumplir normas externas, sino tener un corazón recto que busca en todo la voluntad del Padre. Por eso insiste en la importancia de reconciliarse con el hermano antes de ofrecer el don, en tratar a los demás como queremos ser tratados, en no juzgar para no ser juzgados.
La Justicia tiene varias dimensiones que conviene distinguir para entenderla mejor. Está la Justicia conmutativa, que regula los intercambios entre personas particulares: comprar, vender, prestar, alquilar. Esta Justicia exige igualdad entre lo que se da y lo que se recibe, y prohíbe el engaño y la estafa. Está la Justicia distributiva, que regula lo que la comunidad debe a sus miembros: el reparto de cargas y beneficios, el acceso a los servicios públicos, la protección de los más débiles. Esta Justicia exige que las autoridades gobiernen buscando el bien común, no sus intereses particulares. Y está la Justicia legal, que exige de los ciudadanos el cumplimiento de las leyes justas y la contribución al bien de la sociedad. Las tres son necesarias y se complementan.
Uno de los aspectos más importantes de la Justicia es que nos saca de nuestro egoísmo natural y nos abre a los demás. La persona injusta vive encerrada en sí misma, sólo preocupada por sus propios intereses, dispuesta a aprovecharse de quien sea con tal de conseguir lo que quiere. La persona justa, en cambio, mira a su alrededor, reconoce que los otros existen y tienen derechos, y ajusta su conducta a esa realidad. La Justicia nos hace salir de la burbuja del yo y nos sitúa en relación con los demás, nos recuerda que no estamos solos en el mundo y que nuestras acciones tienen consecuencias para otros. Por eso es una virtud tan necesaria para la convivencia y para la madurez personal.
La relación entre la Justicia y la ley es compleja. Las leyes deberían ser expresión de la Justicia, pero no siempre lo son. Hay leyes injustas, que contradicen la dignidad humana, y en esos casos la conciencia puede obligar a desobedecerlas. Pensemos en las leyes racistas, en las que discriminaban a la mujer, en las que permitían la esclavitud. Personas justas se levantaron contra ellas y lucharon por cambiarlas. Por otra parte, no todo lo justo está recogido en las leyes. Hay muchas situaciones en las que la ley no puede entrar, y donde la Justicia depende de la rectitud de cada persona. La Justicia es más que el cumplimiento de la ley; es una actitud interior que va más allá de lo exigible.
En el trabajo, la Justicia se manifiesta de muchas formas. El trabajador justo realiza su labor con esmero, no porque lo vigilen, sino porque reconoce que su trabajo contribuye al bien común y porque respeta el compromiso que ha adquirido. El empleador justo paga un salario digno, respeta los derechos de sus empleados, no exige más de lo razonable, crea un ambiente de respeto. Ambos reconocen que la relación laboral no es solo un contrato económico, sino una relación entre personas que merecen consideración. Cuando falla la Justicia en el trabajo, vienen la explotación, el engaño, el resentimiento, y al final todos pierden, incluso económicamente.
En la vida familiar, la Justicia es el fundamento de la convivencia. Los padres deben Justicia a sus hijos: darles no solo el sustento material, sino también educación, afecto, tiempo, ejemplo. Los hijos deben Justicia a sus padres: respeto, obediencia cuando son pequeños, cuidado cuando los padres envejecen. Los hermanos se deben Justicia entre sí: trato igualitario, reparto equitativo de tareas y responsabilidades, apoyo mutuo. Cuando la Justicia falla en la familia, surgen los rencores, las comparaciones odiosas, los conflictos que a veces duran toda la vida. La familia es la primera escuela de Justicia, donde aprendemos desde pequeños a reconocer los derechos de los demás.
En la vida social y política, la Justicia es la base de la paz. Donde hay injusticia, antes o después estalla el conflicto. Puede ser un conflicto abierto, como las revoluciones o las guerras, o puede ser un conflicto sordo, como el resentimiento que corroe la convivencia. Los gobernantes tienen una responsabilidad especial en promover la Justicia: crear leyes justas, garantizar su cumplimiento, proteger a los más débiles, distribuir equitativamente las cargas y los beneficios. Pero también los ciudadanos tenemos responsabilidad: interesarnos por la cosa pública, votar con conciencia, denunciar las injusticias, contribuir al bien común. Una sociedad justa no es un regalo que cae del cielo, sino una construcción diaria que requiere el esfuerzo de todos.
La Justicia también tiene una dimensión restaurativa. Cuando se ha cometido una inJusticia, no basta con castigar al culpable; hay que reparar el daño en la medida de lo posible. La víctima tiene derecho a ser restituida, a que se reconozca su sufrimiento, a recibir compensación. El culpable tiene la obligación de reparar, no solo para cumplir la ley, sino porque la Justicia lo exige. Esta dimensión restaurativa es importante en las relaciones personales: cuando hemos ofendido a alguien, la Justicia nos pide pedir perdón y enmendar el daño. No basta con decir "lo siento" y seguir como si nada; hay que hacer lo posible por reparar.
La relación entre la Justicia y la misericordia ha sido discutida a lo largo de la Historia. Hay quien las opone, como si fueran incompatibles. Pero en realidad se complementan. La Justicia sin misericordia puede volverse cruel, fría, legalista. La Misericordia sin Justicia puede volverse cómplice de la injusticia, indulgente con el mal. La verdadera Justicia incluye la misericordia, porque reconoce la fragilidad humana y busca restaurar al que ha fallado. La verdadera misericordia no anula la Justicia, sino que la lleva a su plenitud. Esto se ve claramente en la parábola del hijo pródigo: el padre es misericordioso, pero no ignora lo que el hijo ha hecho; lo recibe, lo restaura, pero el hijo ha pasado por el sufrimiento de sus malas decisiones, y quiere y debe reparar el mal hecho.
La virtud de la Justicia es tan amplia, que abarca varias virtudes anexas que vale la pena siquiera mencionar. Unas de ellas no pueden dar lo debido porque no podemos pagar la deuda que tenemos con ellos (a Dios, a la Patria y a nuestros padres); otras, sí dan lo debido, aunque no de estricta Justicia pero sí bajo pecado (veracidad, gratitud y vindicta); y finalmente, las virtudes que dan lo debido pero no de estricta Justicia ni bajo pecado (liberalidad, afabilidad y equidad).
Todas estas virtudes anexas de la Justicia implican grandes virtudes como el amor, la honestidad, el respeto a la autoridad, la generosidad, la amabilidad, etc.
Los Santos son modelos de Justicia vivida de manera heroica. Pensemos en San José, llamado "justo" por el Evangelio, porque ante la situación difícil con María, decide actuar con rectitud y delicadeza. Pensemos en Santo Tomás Moro, que prefirió morir antes que traicionar su conciencia y aprobar una injusticia. Ellos nos enseñan que la Justicia no es una virtud cómoda, que a veces exige valentía y sacrificio, pero que al final da una paz que el mundo no puede quitar.
Para crecer en Justicia podemos hacer varias cosas. Primero, examinar nuestra conciencia: ¿somos justos en nuestras relaciones? ¿Pagamos lo que debemos? ¿Cumplimos nuestra palabra? ¿Respetamos los derechos de los demás? Segundo, informarnos sobre las injusticias que hay a nuestro alrededor y en el mundo, para no vivir en la ignorancia. Tercero, solidarizarnos con los que sufren injusticia, apoyarlos en lo que podamos. Cuarto, educar a los niños en la Justicia, con el ejemplo y con la palabra. Quinto, rezar si somos creyentes, pidiendo a Dios un corazón recto y sensible a la injusticia.
