LA FRAGILIDAD QUE NOS DESPIERTA

18.02.2026

Hoy, al iniciar la Cuaresma con la ceniza sobre la frente, ocurrió algo que sacudió mi interior más de lo que esperaba. Una señora, recién bendecida, tropezó al dar unos pasos. Nada grave, pero suficiente para que el sacerdote detuviera todo y dijera en voz alta:

"La vida es muy frágil… qué bueno que usted está bien, señora."

Muchos sonrieron. Otros, quizá no le dieron importancia. Pero a mí… la frase me atravesó como un susurro directo al corazón.

Porque la vida sí es frágil. Tan frágil que a veces caminamos por ella como si estuviera garantizada, como si nos sobraran amaneceres, como si fuéramos de hierro. Y no lo somos. Somos un soplo sostenido por la gracia de Dios, un regalo que se renueva cada mañana.

Y, sin embargo, ¿Cuántas veces despertamos sin agradecer?

¿Cuántas veces abrimos los ojos sin notar ese milagro silencioso de seguir aquí?

Cada amanecer es un triunfo del cuerpo, sí… pero también un acto de amor de Dios. Y yo, como muchos, he convertido mi primera señal de la Cruz en una costumbre automática, casi mecánica, cuando debería ser un gracias profundo, un "Señor, aquí estoy, dame propósito, dame, amor, dame luz."

La Cuaresma es un tiempo que me invita a detenerme y mirar con sinceridad aquello que hago por costumbre, aun sabiendo que no siempre me construye. Es ese momento del año en el que puedo reconocer mis excesos, mis dependencias, mis hábitos arraigados, fumar, beber, o simplemente aferrarme a lo que me aparta de mi mejor versión y ofrecer ese esfuerzo como un acto de amor y gratitud a Dios. No por obligación, sino como una oportunidad de crecer, de ser más libre, de ser más consciente. La Cuaresma me recuerda que Cristo lo dio todo por nosotros, y que quizá es tiempo de que yo también empiece a dar algo de mí: mi sacrificio, mi voluntad, mi deseo honesto de ser mejor.

Hoy entendí que no quiero desperdiciar lo que me queda.

Quiero besar a mi esposa con la fuerza de lo que es el amor puro. Abrazarla como si cada abrazo fuera único. Agradecer su compañía en esta travesía frágil pero hermosa. También no olvidar de sonreír en el espejo y recordar que vivir sigue siendo un privilegio.
Acariciar a mi perro, ese pequeño regalo de la creación que, con un simple movimiento de cola, es capaz de levantarme el espíritu.

Quiero llamar a mis padres más seguido, agradecerles por su amor incondicional, por traerme a la vida desde un acto de amor aún más frágil que la propia existencia. Quiero visitar a mis abuelos, y también a los que ya no están, porque la memoria también es un acto de caridad y esperanza. Quiero orar por el descanso eterno de quienes me precedieron y cuya vida sigue iluminando la mía.

Quiero renovar la caridad, esa forma de amor que no presume, no grita, no exige; solo sirve. Ser manos para los que tienen frío, pan para los que tienen hambre, compañía para los que se sienten solos. Agradecer lo que tengo, pero también lo que he perdido, porque incluso las ausencias enseñan.

La Cuaresma no es tristeza; es renovación de nuestra fe y esperanza.

Es volver a mirar la vida con ojos despiertos, con corazón sensible, con ganas de ser mejor. Es aprender a vivir cada minuto como si fuera el último aliento… no con miedo, sino con plenitud, por que sabemos que no todo termina aquí.

Ojalá que el pequeño tropiezo de aquella señora sea para muchos lo que fue para mí:
un recordatorio inesperado, casi divino, de que la vida se nos puede caer de las manos en cualquier momento. Y que, por eso mismo, vale tanto la pena vivirla bien.

Que esta Cuaresma nos encuentre más agradecidos, más conscientes, más humanos.
Y, sobre todo, más llenos de esperanza.

Porque al final, la vida es tan frágil que solo tiene sentido si la vivimos con amor, con propósito y con agradecimiento profundo a Dios por cada día que nos concede.