LA FORTALEZA: LA VIRTUD QUE NOS DA FUERZA PARA HACER EL BIEN A PESAR DE LAS DIFICULTADES

Entre las Virtudes Cardinales que sostienen el edificio de la vida moral, la Fortaleza ocupa ese lugar que hace posible todas las demás cuando las cosas se ponen difíciles. Mientras la Prudencia nos enseña a discernir el bien, la Justicia nos impulsa a darlo a cada quien, y la Templanza modera nuestros deseos, la Fortaleza es la que nos da el ánimo necesario para mantenernos firmes en medio de las pruebas y para enfrentar los obstáculos que se interponen en el camino del bien. No se trata simplemente de valentía física o de temeridad, como a veces se cree, sino de esa disposición profunda del alma que nos permite perseverar en la búsqueda de lo bueno a pesar del miedo, del cansancio, del sufrimiento o de la amenaza. En un mundo que huye del dolor y busca la comodidad a toda costa, entender qué es la Fortaleza y cómo podemos adquirirla, resulta esencial para vivir como verdaderos discípulos de Cristo, que no prometió a los suyos una vida fácil sino la cruz, y con ella la resurrección.
La palabra <<Fortaleza>> viene del latín "fortitudo", que significa: fuerza, firmeza, capacidad de resistir. Los antiguos la definieron como la virtud que modera el miedo y la audacia, impidiendo que el miedo nos paralice o que la audacia nos lleve a temeridades innecesarias. La persona fuerte no es la que no tiene miedo, sino la que, teniéndolo, es capaz de dominarlo y actuar conforme a lo que debe hacer. El miedo es una emoción natural que nos protege del peligro, pero cuando nos domina nos impide cumplir con nuestro deber. La Fortaleza nos da el equilibrio justo: ni tanto miedo que nos lleve a huir de nuestras responsabilidades, ni tanta audacia que nos lleve a exponernos tontamente al peligro sin necesidad. Como todas las virtudes, la Fortaleza consiste en un punto medio entre dos extremos viciosos: la cobardía, que es quedarse corto, y la temeridad, que es pasarse de largo.
La Sagrada Escritura está llena de ejemplos de Fortaleza que han inspirado a generaciones de creyentes. En el Antiguo Testamento, encontramos a Josué, a quien Dios repite una y otra vez: Sé fuerte y valiente, no temas ni te acobardes. Encontramos a David enfrentando al gigante Goliat con una humilde honda y cinco piedras, confiando, no en sus fuerzas, sino en el nombre del Señor. Encontramos a los hermanos Macabeos que prefirieron morir antes que traicionar la ley de sus padres, dando testimonio de que la fidelidad a Dios vale más que la propia vida. Encontramos a Job, que perdió todos sus bienes, a sus hijos y su salud y, sin embargo, no maldijo a Dios, sino que supo esperar confiadamente en medio de la prueba más dura. Estos ejemplos muestran que la Fortaleza bíblica no es simple resistencia estoica, sino confianza en Dios que sostiene y da fuerzas más allá de lo humano.
En el Nuevo Testamento, Jesucristo es el modelo perfecto de Fortaleza. Desde el principio de su vida pública, enfrentó la oposición de los poderosos, las incomprensiones de los suyos, las tentaciones del demonio en el desierto. Pero es, sobre todo, en su Pasión donde brilla de manera sublime su Fortaleza. Sabiendo lo que le esperaba, no huyó, no se escondió, no buscó atajos. En Getsemaní, experimentó una angustia tan profunda que sudó Sangre, y sin embargo dijo: "Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya". Soportó en silencio las burlas, los golpes, la corona de espinas, la cruz. No abrió la boca para maldecir, no pidió a los ángeles que lo libraran, no bajó de la cruz para demostrar su poder. Su Fortaleza no era la del que no siente, sino la del que, sintiendo todo el peso del sufrimiento, permanece fiel hasta el final por amor. Por eso los mártires, a lo largo de la Historia, han encontrado Nuestro Señor Jesucristo, en él la inspiración y la fuerza para entregar su propia vida.
San Pablo habla con frecuencia de la Fortaleza y la presenta como un Don del Espíritu Santo. En su Carta a los Efesios, exhorta: Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. No se trata de sacar fuerzas de nosotros mismos, porque las nuestras son limitadas, sino de abrirnos a la fuerza que viene de Dios. El Apóstol sabía bien de qué hablaba: él mismo había sufrido naufragios, cárceles, azotes, persecuciones, y sin embargo podía decir: Todo lo puedo en Aquél que me fortalece. La Fortaleza cristiana no es orgullosa autosuficiencia, sino humilde confianza en Aquél que actúa en nuestra debilidad. Por eso, San Pablo puede incluso gloriarse en sus debilidades, porque cuando él es débil, entonces es fuerte, ya que la fuerza de Dios se manifiesta plenamente en la fragilidad humana.
Santo Tomás de Aquino, en su tratamiento de esta virtud, distingue varios aspectos o partes de la Fortaleza que nos ayudan a comprenderla mejor. Por un lado, está la Magnanimidad, que es el impulso hacia las grandes cosas, la disposición a emprender empresas nobles a pesar de las dificultades. Por otro lado, está la Magnificencia, que es la capacidad de realizar obras grandes con los medios adecuados. Pero también están la Paciencia, que nos permite soportar los males presentes sin dejar que nos venzan; y la Perseverancia, que nos hace mantenernos firmes en el bien a lo largo del tiempo, hasta alcanzar la meta. Estas cuatro virtudes se complementan y muestran que la Fortaleza no es una virtud simple sino muy compleja, que abarca tanto el acometer empresas difíciles como el soportar pruebas prolongadas.
La Paciencia es quizás la manifestación más humilde y cotidiana de la Fortaleza y, sin embargo, una de las más necesarias. No se trata de una actitud pasiva o resignada, como a veces se malinterpreta, sino de esa capacidad de mantener la paz interior mientras soportamos males que no podemos evitar. La persona paciente no se deja llevar por la ira ni por la desesperación, sino que acepta la realidad con serenidad y sigue adelante. Esto requiere una Fortaleza enorme, a veces mayor que la necesaria para un acto heroico puntual. Porque el heroísmo de un momento puede sostenerse con el entusiasmo, pero la Paciencia de toda una vida, día tras día, mes tras mes, año tras año, sólo se sostiene con una virtud profundamente arraigada.
La Fortaleza está íntimamente unida a la Esperanza. Quien espera en Dios, quien confía en que el sufrimiento presente no es la última palabra, quien cree que más allá de la muerte hay vida, ese puede enfrentar las pruebas más duras sin hundirse. La Esperanza sostiene la Fortaleza, le da fundamento y sentido. Por eso los cristianos de los primeros siglos podían enfrentar el martirio con una paz que asombraba a sus verdugos: no porque no amaran la vida, sino porque amaban más la vida eterna. Sabían que morir por Cristo no era una derrota sino una victoria, no era el final sino el comienzo. Esta convicción les daba una Fortaleza que ningún poder humano podía quebrantar.
En la Historia de la Iglesia, los mártires son los testigos supremos de la Fortaleza. Desde San Esteban, el primer mártir que murió perdonando a sus verdugos, hasta los mártires del siglo XX en México, España, Alemania o Donde fuera, innumerables cristianos han dado su vida por fidelidad a Cristo. Pero también hay otros testimonios de Fortaleza menos sangrientos, pero igualmente heroicos. Los confesores, que soportaron cárceles, destierros y torturas sin morir, pero manteniéndose fieles. Los Santos que enfrentaron persecuciones, incomprensiones, calumnias, enfermedades, y no claudicaron. Santa Teresa de Jesús, que, a pesar de las dificultades enormes para reformar su orden, decía: Nada te turbe, nada te espante; quien a Dios tiene, nada le falta. Santo Domingo Savio, un niño, que decía: Antes morir que pecar. Estos testimonios nos muestran que la Fortaleza es posible para todos, en todas las edades y condiciones.
En la vida espiritual, la Fortaleza es necesaria para el combate contra las tentaciones. El demonio no descansa, el mundo nos presiona, la carne tira hacia abajo, y sin Fortaleza es imposible mantenerse en Gracia. Las tentaciones pueden ser fuertes y persistentes, y a veces uno se cansa de luchar. La Fortaleza nos da la constancia para no rendirnos, para levantarnos después de cada caída, para seguir confiando en la misericordia de Dios incluso cuando hemos pecado. El que es fuerte en la lucha espiritual no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta y sigue adelante, sabiendo que la victoria final es de Cristo.
Una de las manifestaciones más bellas de la Fortaleza es la capacidad de perdonar ofensas graves. Perdonar cuando el daño ha sido grande, cuando el orgullo se rebela, cuando todo nuestro ser clama venganza, eso requiere una Fortaleza sobrehumana. Pero esa Fortaleza nos viene de Dios, que nos perdonó primero a nosotros, mucho más de lo que nosotros podamos perdonar a otros. Los Santos han llegado a perdonar a sus propios verdugos, como San Esteban. Y al perdonar, han mostrado una Fortaleza que es más divina que humana, y que ha sido semilla de conversión para muchos.
Para crecer en Fortaleza podemos hacer varias cosas. Primero, pedirla en la oración, reconociendo humildemente que solos no podemos. La Fortaleza es un Don de Dios, y él lo concede a quienes se lo piden con insistencia. Segundo, recibir los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, que es alimento de los fuertes, y la Confesión, que nos limpia y nos renueva. Tercero, meditar en los ejemplos de los Santos y de los mártires, que nos animan a seguir sus huellas. Cuarto, ejercitarnos en las pequeñas pruebas de cada día, no huyendo de las dificultades sino enfrentándolas con la ayuda de Dios. Quinto, mantener viva la Esperanza, mirando, no las dificultades presentes, sino la meta final, el premio que nos espera.
En el mundo actual, Donde tanto se evita el sufrimiento, Donde se busca la comodidad como bien supremo, la virtud de la Fortaleza es contracultural. Se nos dice que evitemos todo dolor, que huyamos de toda dificultad, que busquemos siempre el placer y la satisfacción inmediata. Pero el cristiano sabe que el sufrimiento, bien llevado, tiene valor redentor, que las dificultades forjan el carácter, que la cruz es camino de resurrección. No se trata de buscarla por buscarla, sino de aceptarla cuando viene, y de ofrecerla unida a la de Cristo. Esta actitud solo es posible con una Fortaleza que viene de lo alto.
La Fortaleza nos prepara también para la hora de la muerte, la prueba final. Morir bien, en paz con Dios y con los hombres, aceptando la Voluntad divina, eso requiere una Fortaleza especial. Por eso, la Iglesia siempre ha animado a prepararse para ese momento, a pedir la Gracia de una buena muerte, a confiar en la misericordia de Dios. Los Santos han muerto con paz y alegría, porque veían acercarse el encuentro con el Señor. Esa paz en la hora suprema es fruto de una vida vivida en la Fortaleza.
Al final, la Fortaleza nos regala algo muy valioso: la libertad interior. Quien es fuerte no es esclavo de sus miedos, ni de sus apetencias, ni de la opinión de los demás. Puede actuar conforme a su conciencia, puede seguir a Cristo Donde Él quiera llevarlo, puede enfrentar lo que venga con serenidad. Esa libertad es un tesoro que nada ni nadie puede quitar. Los mártires, encadenados en sus cuerpos, eran libres en su espíritu. Los Santos, pobres y perseguidos, eran libres porque nada ni nadie podía arrebatarles a Dios. Esa libertad es la que queremos alcanzar, y la Fortaleza es el camino.
La Fortaleza, como las demás virtudes, es un Don que se recibe y una tarea que se construye. Se recibe en el Bautismo, pero hay que desarrollarla con la práctica. Se fortalece con la Gracia de los Sacramentos, pero requiere nuestro esfuerzo. Se alimenta con la oración, pero necesita también nuestro empeño. Dios no nos ahorra las pruebas, pero nos da la fuerza para superarlas. Él es el roca, el castillo inexpugnable. En Él podemos confiar, a Él podemos acudir cuando sentimos que nuestras fuerzas flaquean. Como dice el salmo: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la Fortaleza de mi vida, ¿de quién tendré miedo?".
Que el Señor nos conceda a todos esta virtud de la Fortaleza, para que podamos seguirle fielmente en medio de las pruebas, para que no desfallezcamos en el camino, para que lleguemos un día a la meta y podamos decir como San Pablo: "He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la Justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día". Amén.
