La crisis de los pastores: De las fieras medievales de san Antonio al eclipse modernista actual

21.07.2026

Otros Datos, Otra Visión 

Introducción

En el debate contemporáneo sobre el rumbo de la Iglesia católica, las crónicas oficiales suelen ofrecer una narrativa de renovación y adaptación a los signos de los tiempos. Sin embargo, cuando se analizan los fenómenos institucionales desde la perspectiva de la historia de las ideas, surgen otros datos y otra visión.

Para comprender el desarraigo doctrinal que padece gran parte de la jerarquía eclesiástica actual, no es necesario inventar categorías sociológicas novedosas; basta con volver la mirada al siglo XIII y desempolvar los rigurosos Sermones de san Antonio de Padua.1 Con una impronta mística y moral que desborda actualidad, el Doctor Evangélico trazó una línea divisoria tajante entre dos extremos irreconciliables: el prelado que actúa como un verdadero guardián de las almas y aquel que se corrompe en el ejercicio de su dignidad. Al confrontar su arquetipo medieval con las desviaciones del modernismo contemporáneo, descubrimos que la crisis de los pastores no es una anomalía nueva, sino la metamorfosis de un viejo mal espiritual.

I. El buen pastor: El equilibrio entre el vino y el aceite

Para san Antonio, el prelado o pastor de la Iglesia ostenta una dignidad de carácter angélico en virtud de su oficio. No obstante, este estatus no es un privilegio de poder, sino una exigencia radical de santidad. El santo paduano determina que el buen gobernante eclesiástico debe custodiar la ciencia sagrada mediante dos labios indivisibles: la vida y la fama. Quien predica, debe encarnar primero la doctrina que enseña; de lo contrario, la palabra carece de sustancia.

Apoyándose en la escena de la Transfiguración en el monte Tabor, san Antonio exige a los pastores un equilibrio perfecto que hoy parece extinto: la coexistencia de la mansedumbre de Moisés y el celo de la justicia de Elías. El verdadero pastor debe ser como el buen samaritano, capaz de infundir en las llagas de los fieles tanto el vino del justo juicio —que exaspera y corrige— como el aceite de la piedad, que suaviza y consuela. A través de la figura mística del pelícano, el santo nos recuerda que el prelado debe estar dispuesto a reprender con severidad, pero inmediatamente después debe derramar las lágrimas de su propia alma para hacer revivir al pecador en el manantial de la gracia.

II. El mal pastor: Las fieras de la soberbia y el derroche del patrimonio

En el extremo opuesto del binomio antoniano encontramos al mal prelado, sobre quien pesa una sentencia lapidaria: «Tú eres infeliz y miserable, ciego, pobre y desnudo». San Antonio desmitifica la pomposidad eclesiástica y rastrea el origen de su degradación en dos vicios capitales: la soberbia y la avaricia. Los malos pastores se "pavonean en el monte de las dignidades", devorados por una codicia de preeminencia y dinero que jamás dice "¡basta!".

El sermón denuncia con crudeza la hipocresía de estos prelados, a quienes asimila con la "gloria de la piel" de Herodes. Son personajes que modulan la voz y multiplican las citas eruditas para ser alabados por la plaza pública, pero sus vidas contradicen el calvario. San Antonio lanza una acusación que retumba en las bóvedas de la historia: estos malos pastores derrochan el patrimonio de Dios —aquello que Cristo conquistó con sus flagelos, salivazos y cruz— en lujos, bagatelas y litigios estériles. El resultado inevitable de su ceguera es el secuestro de la llave de la ciencia y la ruina absoluta de la viña del Señor.

III. El enlace con la actualidad: El triunfo del modernismo

Si traemos esta radiografía del pasado hacia las perspectivas actuales, la fisonomía del mal pastor antoniano encaja con asombrosa precisión en la figura del prelado modernista. El modernismo teológico —aquella corriente que busca disolver las verdades eternas en el relativismo de la época— ha vaciado al obispo de su carácter místico para transformarlo en un burócrata civil o en un promotor de agendas ideológicas seculares.

Hoy vemos cómo altos cargos eclesiásticos en conferencias episcopales occidentales —e incluso dentro de los dicasterios romanos— priorizan directrices sociológicas, consensos mediáticos y ONGs globales por encima del mandato evangélico de la salvación de las almas. Al igual que los fariseos denunciados en los Sermones, que pagaban escrupulosamente el diezmo de la menta y la ruda pero transgredían la justicia divina, la jerarquía actual suele mostrar un rigorismo extremo en la burocracia institucional o en la defensa de modas ecologistas, mientras claudica en la defensa de la fe y la moral tradicional. La publicación de documentos ambiguos que confunden al fiel o la relativización de los sacramentos son, bajo la óptica de san Antonio, el equivalente a "vender la verdad por una ventaja temporal" y azotar de nuevo a Cristo en sus miembros.

Conclusión

La historia y la teología nos ofrecen otros datos para mirar la crisis eclesial con otra visión. La decadencia de los pastores no se debe a que la Iglesia no se haya "adaptado" lo suficiente al mundo moderno, sino a todo lo contrario: se debe a que sus prelados han abandonado la escala de la humildad, la castidad y la cruz de Jesucristo para instalarse en la llanura de la vanidad mundana. San Antonio de Padua nos enseñó que la única reforma posible en la Iglesia empieza por la cabeza; mientras los prelados sigan prefiriendo la "gloria de la piel" herodiana y el aplauso de los infieles antes que el celo de la justicia, la viña del Señor seguirá en ruinas. Urge que los pastores de hoy dejen de litigar en las plazas del pensamiento secular y regresen al monte de la luz, recuperando el equilibrio santo entre el rigor que salva y la misericordia que restaura.

Hasta la próxima. 

Share