FRANCIA Y NUEVA YORK ANTE EL SUICIDIO ASISTIDO

26.08.2026

El 15 de julio de 2026, la Asamblea Nacional de Francia aprobó definitivamente la ley que legaliza la muerte asistida, tras un largo y doloroso debate de cuatro años. Pocos días antes, el 5 de agosto, el estado de Nueva York entró en vigor con su propia norma sobre "asistencia médica para morir", convirtiéndose en el decimotercer estado de Estados Unidos en permitir que adultos con enfermedades terminales reciban una receta de medicación letal para poner fin a sus días. Dos naciones, dos continentes, una misma decisión que ha conmovido profundamente a la Iglesia católica y a cuantos creen que la vida es un don sagrado que no nos pertenece.

Desde el primer momento, la Iglesia en Francia expresó su profundo pesar y su firme rechazo. Los Obispos recordaron que la vida es un regalo de Dios desde su concepción hasta su fin natural, y que provocar deliberadamente la muerte nunca puede ser un acto de compasión ni de progreso. "Una sociedad se reconoce por cómo acompaña a sus más frágiles, no por cómo facilita su desaparición", afirmaron. El Obispo Marc Aillet llegó a advertir que los legisladores católicos que votaron a favor de la ley no podrían recibir la Sagrada Comunión, por tratarse de una decisión gravemente contraria a la Fe. También se denunció que la ley no contempla exenciones de conciencia sólidas para hospitales y profesionales católicos, obligándolos a facilitar lo que su Fe condena .

Al otro lado del océano pacífico, en Nueva York, la situación ha sido similar. La ley, firmada por la Gobernadora Kathy Hochul en febrero de 2026, entró en vigor el 5 de agosto, y ya ha enfrentado batallas judiciales. Cuatro comunidades religiosas dedicadas al cuidado de ancianos y enfermos presentaron una demanda argumentando que la norma las obligaría a facilitar el suicidio asistido, violando sus convicciones religiosas. Un tribunal federal concedió una exención temporal, pero el conflicto está lejos de resolverse. La Iglesia Católica de Nueva York ha señalado que la ley no solo atenta contra el valor inviolable de la vida, sino que abre la puerta a presiones sutiles sobre ancianos, personas solas y quienes se sienten una carga para su familia .

La enseñanza de la Iglesia es invariable y clara: el Catecismo afirma que la eutanasia y el suicidio asistido son "moralmente inadmisibles", pues constituyen un atentado contra la dignidad de la persona humana y el respeto al Dios de la vida. La carta Samaritanus Bonus, reafirma que "incurable no significa incuidable": quien no puede curarse, merece ser acompañado, cuidado y amado hasta su muerte natural . No se trata de prolongar la vida a toda costa, sino de no ponerle fin de forma deliberada. El dolor y el sufrimiento no se eliminan matando a quien los padece.

Lo que Francia y Nueva York han aprobado no es un avance civilizatorio, sino el síntoma de una sociedad que ha perdido la confianza en el valor del sufrimiento y en la dignidad de la vida y su final. El riesgo mayor no es solo legal, sino humano: cuando la muerte asistida se convierte en una opción disponible, pronto deja de ser una elección libre para convertirse en una presión. Los ancianos, los enfermos crónicos, los que viven solos o se sienten una carga, comenzarán a sentir que "lo responsable" es elegir esa salida. La medicina, que existe para acompañar y sanar, corre el riesgo de transformarse en un instrumento de supresión.

La Iglesia no condena a las personas, sino que condena la mentira que se presenta como "liberación". Reafirma que la verdadera compasión no es dar la muerte para aliviar el dolor, sino ayudarlo primero a bien morir como cristiano, como hijo de Dios, procurándole toda clases de asistencia espiritual: Confesión, Comunión y Extremaunción. Además de estar junto al que sufre, compartir su carga y ofrecerle cuidados paliativos dignos y de calidad. Que estas leyes sirvan de llamada de atención: lo que el mundo llama "libertad para morir", la Iglesia lo llama "renuncia a acompañar". Y ante ello, la respuesta cristiana sigue siendo la misma: acoger, cuidar, esperar, y confiar el momento del último paso a Aquel que es el Señor de la vida y de la muerte. 

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