FIAT: EL ECO DEL "SÍ" ETERNO

29.01.2026

Todo estaba en suspenso.

El Tiempo, ese río que parece fluir irremediable, contuvo por un instante su caudal. Los siglos, pesados de espera desde la primera promesa en el umbral del Edén, aguzaron el oído. Las estrellas, en sus cursos eternos, pulsaron con una luz más viva. El universo entero —desde el gusano en la tierra hasta el coro de los querubines— quedó en un silencio expectante, porque el Verbo infinito había inclinado su oreja hacia un pequeño punto del mapa, hacia una casa de piedra humilde, donde una joven hilaba lana azul junto a una ventana.

Ella no lo sabía. Sentía solo la paz profunda de quien vive en la presencia del Altísimo como en su propio hogar. Sus dedos movían la rueba con ritmo de oración. En su alma, sin mancha ni sombra, resonaba continuamente un sí perfecto a la voluntad de Dios, un sí que era su misma esencia desde el primer instante de su concepción inmaculada.

Entonces, el aire se hizo música.

No un sonido estridente, sino una vibración tan pura que parecía el destilar de la luz misma. Y allí, en el centro de la habitación, donde antes solo había polvo danzando en un rayo de sol, se formó una figura de majestad serena. No era una aparición terrorífica; era como si la Armonía del Cielo hubiera tomado forma visible. Era Gabriel, el Rostro de Dios, el que está ante el Trono. Su presencia no desgarraba la realidad; la elevaba, la hacía más real, más densa de gracia. Sus alas no eran de plumas, sino de silencio hecho substancia, y en sus ojos ardía la ternura solemne de quien trae un secreto que pesa más que los mundos.

—Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Las palabras no hirieron el aire. Fecundaron el silencio. No eran un saludo, sino una declaración de estado: la revelación de lo que ella siempre había sido para Dios. María no se sobresaltó. Un leve estupor, el asombro de quien reconoce a un embajador del Padre, cruzó su rostro. Hilvanó, con una inteligencia iluminada por la gracia, el significado de aquella presencia. Y entonces, el arcángel desplegó el Mensaje:

—Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, será llamado Hijo del Altísimo…

El mundo exterior desapareció. Para María, en ese instante, solo existían la voz del ángel y el latido de su propio corazón, puro y virginal. Ella escuchó el anuncio más desconcertante que oído humano podría recibir. Lo escuchó no con los oídos del cuerpo, sino con el oído profundo del alma. Y en su mente, lúcida como agua de manantial, surgió una pregunta no de incredulidad, sino de fe que busca entender: "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?"

Era la pregunta de la virginidad consagrada, del amor entero dado a Dios, que no entendía cómo podría cumplirse la promesa sin romper ese don total. No era un "no", sino un "¿cómo?", la humilde búsqueda de la criatura que quiere cooperar con el Creador en la plena verdad.

Y Gabriel, con una sonrisa que era un destello de la sabiduría eterna, le reveló el misterio:

—El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.

La sombra del Altísimo. No la oscuridad, sino la nube luminosa que cubría el Tabernáculo, la presencia esponsal de Dios. El Espíritu, el Amor mismo entre el Padre y el Hijo, sería el divino esposo. La virginidad no sería violada, sino transfigurada en una fecundidad más alta que la naturaleza.

Luego, llegó la señal: Isabel, su anciana pariente, había concebido. Porque para Dios no hay nada imposible.

Y entonces… vino la pausa.

La pausa más crucial de la historia.

Un instante que fue más largo que todos los siglos de espera. En el corazón de María, la joven de Nazaret, se libraba el diálogo definitivo. No había miedo. Había una inmensidad de amor que medía el costo. Ella, la Hija de Sión, entendía con claridad profética: ese "Sí" significaría compartir el destino del Mesías. Significaría espadas, soledades, un corazón traspasado. Significaría cargar en sus entrañas no solo la alegría del mundo, sino también su redención dolorosa. Sería la Madre del Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

Pero en sus ojos, que miraban más allá de la estancia, más allá del ángel, hacia el infinito mismo donde mora el Anciano de los Días, solo se veía abandono. Abandono de hija que confía ciegamente en el Padre. Abandono de esposa que se entrega al designio del Amado. Abandono de madre que, sin aún saber cómo, ya dice "sí" a todo lo que ese Hijo necesite de ella.

Y sus labios, ungidos por la gracia desde siempre, se entreabrieron.

La palabra que salió de ellos no fue un sonido, sino un acto creador. Fue tan suave como el roce de un pétalo, y tan potente como el trueno que resucita a los muertos.

—Fiat. Hágase.

No fue un "acepto". Fue un "que se haga". Es la misma palabra con la que Dios, en el principio, dijo "Hágase la luz". María, con su libre albedrío perfectamente unido a Dios, pronunció el "Fiat" creador de la Nueva Creación. Con esa palabra, ella se hizo el sagrario viviente, el puente entre la eternidad y el tiempo, la tierra fecundada donde el Verbo plantaría su tienda.

En el mismo instante en que su sí humano resonó en la pequeña casa…

…El Verbo se hizo carne.

No con estruendo, sino con el silencio más profundo y gozoso del universo. El Hijo Eterno, la Segunda Persona de la Trinidad, entró en la historia. Se anonadó, se hizo microscópico, una chispa de vida divina en el santuario inmaculado de un vientre virginal. La Humanidad de Cristo, su cuerpo y su alma humana, fue formada milagrosamente por el Espíritu Santo de la sangre purísima de María. Y a esa humanidad se unió hipostáticamente la Persona del Verbo.

Dios tenía un corazón humano que latía. Tenía ojos humanos que un día llorarían. Tenía manos humanas que un día serían clavadas. Y todo, en ese primer instante, latía en el cáliz vivo del vientre de María.

El ángel Gabriel no dijo nada más. No hizo falta. Su misión estaba cumplida. Pero antes de desaparecer de la vista, hizo algo de una belleza indescriptible. Inclinó su frente, la frente que se pierde en la visión beatífica, ante la Mujer. No ante una diosa, sino ante la criatura que, por su sí, se había convertido en el Trono viviente del Rey del Universo, en el Arca de la Nueva Alianza. Un destello de alegría pura —la alegría del cielo que ve comenzar la obra magna de la redención— iluminó su rostro. Y luego, como quien se funde con la luz de la que procede, desapareció.

Quedó María, sola y no sola.

Sintió el primer cambio, el misterio iniciándose en ella. No un cambio físico brusco, sino una presencia. Una dulzura abismal, una fortaleza serena, un amor que desbordaba todo entendimiento. Se llevó las manos al vientre, no aún abultado, pero ahora sagrado. Y en sus labios, nació la primera alabanza del Nuevo Testamento, el canto que llevaba siglos gestándose en el corazón de Dios para ser cantado por su Madre: el Magnificat.

En el Cielo, hubo una fiesta que nuestros oídos no pueden concebir. Los ángeles, que habían visto el Fiat original de la Creación, vieron ahora el Fiat de la Re-creación y estallaron en una alabanza nueva. El Padre sonrió, con una sonrisa de eterna satisfacción. El Espíritu Santo aleteaba sobre su Esposa y su obra maestra. Y el Hijo, en el seno de María, comenzó su camino de amor hacia la Cruz.

Y en la Tierra, en una casita olvidada de una aldea despreciada, una joven seguía hilando. La lana azul entre sus dedos era la misma. La luz de la tarde era la misma. Pero nada era lo mismo. El universo tenía un centro nuevo, un corazón que latía en Nazaret. La esperanza, que era una promesa, se había hecho carne. Y el silencio que siguió no fue un silencio vacío. Fue el silencio más lleno de la historia: el silencio de Dios, creciendo en el amor de una mujer.

Porque el Fiat de María no fue un punto final. Fue el primer latido del corazón del mundo redimido. Y su eco, "Hágase", sigue resonando en cada alma que, como ella, se abandona a la sombra fecunda del Altísimo, y se hace, para siempre, casa de Dios.