ESTIGMAS: LA SEMEJANZA CON CRISTO

Los estigmas son un don místico excepcional, no una recompensa ni señal obligatoria de santidad, por lo que muy pocas almas los reciben. Dios los concede sólo a quienes, tras una purificación profunda, alcanzan una unión tan íntima con Cristo que pueden compartir visiblemente sus sufrimientos redentores, y siempre con el fin de salvar almas, no para gloria personal. La santidad verdadera se mide por la Caridad y la fidelidad, no por fenómenos extraordinarios; por eso la mayoría de los Santos llegaron a la perfección sin estas señales corporales.
El ejemplo contemporáneo por excelencia es el Padre Pío de Pietrelcina, quien llevó las llagas durante cincuenta años, más que ningún otro, siendo además el único Sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia. Lo que lo distingue no es sólo la duración, sino la humildad con que los aceptó: se sabía instrumento, no protagonista, y soportó incomprensiones, investigaciones y sufrimientos interiores sin quebrantar su obediencia ni su confianza. Su semejanza con Cristo fue total: vivió el sacrificio en cada instante, ofreciendo sus heridas y su vida por la conversión de los pecadores, y combinó este don con una fidelidad heroica a la oración, la Confesión y el servicio, sin buscar jamás reconocimiento.
A diferencia de otras almas santas que también amaron profundamente a Cristo Crucificado, en él se quiso manifestar una señal visible y prolongada para recordar al mundo el precio de la Redención y la fuerza de la intercesión. Cuando murió, las heridas desaparecieron milagrosamente, sellando su origen divino y confirmando que fue elegido para ser espejo vivo de la Pasión, uniendo en sí el sacrificio del Calvario con la entrega diaria de un hombre que supo decir sí hasta el final, sin reservas ni orgullo, sólo por amor al Redentor que llevaba grabado en su carne y en su corazón.
