EL SECRETO DE SAN ENRIQUE Y SANTA CUNEGUNDA

San Enrique II, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y Santa Cunegunda, su esposa, guardaron el secreto más hermoso que puede vivir un hogar: hacer de su matrimonio una oración continua y una entrega total a Dios. Ante las presiones de la corte por tener herederos, decidieron libremente consagrarse mutuamente a la castidad, viviendo una unión semejante a la de San José y la Virgen María: unidos en el afecto, en el servicio y en la Fe, sin buscarse a sí mismos, sino buscando siempre al Señor.
Su gran secreto fue convertir cada instante en diálogo con Dios. Al gobernar juntos, al fundar iglesias, al socorrer a los pobres y al soportar calumnias —como cuando Cunegunda caminó sobre brasas ardientes para probar su inocencia— no lo hacían por gloria humana, sino como una plegaria compartida. Enrique dijo un día que, al no tener descendencia terrenal, elegía a Cristo como su único heredero: así entendieron que su verdadera familia eran todos los que acogían con amor.
No fue un voto de renuncia al amor, sino su elevación más alta: se amaron tanto que quisieron reservar lo más puro de su corazón sólo para Dios, sirviéndose el uno al otro como reflejo de su bondad. Su oración de esposos no consistía en palabras largas, sino en querer siempre lo que Dios quiere, en confiar sin reservas y en sostener mutuamente la Fe en medio de las pruebas del poder y del mundo.
He aquí la oración, resumen de su secreto:
Señor, tú nos has unido; haz que nuestra unión sea una alabanza continua. Que no busquemos en nosotros mismos nuestra satisfacción, sino que nos encontremos siempre en ti. Que nuestra casa sea un templo, nuestra voluntad una sola con la tuya y nuestro amor un testimonio de que tú eres el único bien eterno.
Amén.
