EL "SALTO" A LA IAG BAJO LA LUPA DE LA METAFÍSICA

02.07.2026

Introducción

Trasladar la densidad de Gilson y Santo Tomás al formato de artículo de divulgación sobre temas de actualidad –como el de la Inteligencia Artificial–, nos parece un reto magnífico: exige bajar la abstracción a la tierra sin perder el rigor, tratando de alcanzar un tono fresco y provocador que pueda despertar el hambre intelectual de los jóvenes (y también los no tan jóvenes). Por ello nos remitimos a la experiencia de trato con estudiantes universitarios, recordando clases del entramado filosófico en dónde se inicia con alguna pregunta que alborote las neuronas.

¿Puede el código tener alma?

En los pasillos de las facultades de ingeniería y ciencias computacionales se habla, casi con tono profético, de un acontecimiento inminente: el nacimiento de la Inteligencia Artificial General (IAG).1 Ya no estamos hablando de un algoritmo diseñado para ganarle al campeón mundial de ajedrez o redactar un ensayo en segundos. Hablamos de una máquina capaz de aprender, razonar y aplicar su mente virtual a cualquier dimensión del conocimiento humano. Ante esta promesa, entusiastas y futuristas afirman que estamos en la antesala de un verdadero "salto cuántico"; el momento exacto en que la tecnología "cobrará vida propia".

Sin embargo, si invitáramos a dos de las mentes más agudas de la tradición filosófica occidental —el filósofo francés Étienne Gilson y el teólogo medieval Santo Tomás de Aquino— a evaluar este fenómeno, su respuesta sería tan lúcida como contundente: la IAG es un logro monumental de la ingeniería, pero no está dando ningún salto hacia la vida, ni hacia el ser.

Para entender por qué, vale la pena desenredar el cableado conceptual de nuestra época con la ayuda de la metafísica.

El veredicto de Gilson: La ilusión de las esencias perfectas

Étienne Gilson dedicó gran parte de su obra a denunciar una ceguera recurrente en la historia del pensamiento: la tendencia a confundir la esencia de las cosas (el "qué son", su diseño, su estructura lógica) con su acto de ser (el hecho rotundo y misterioso de que existan en la realidad).

Desde la perspectiva de Gilson, la IAG sería el triunfo definitivo de lo que él llamaba "esencialismo". Un modelo de lenguaje o una red neuronal avanzada es, en el fondo, un mapa perfecto de esencias. Puede procesar la definición de un caballo, conectarla con la geometría, la poesía medieval y la física cuántica con una velocidad pasmosa. La máquina domina las formas y las relaciones lógicas de cabo a rabo.

Pero aquí está la trampa: por más conexiones lógicas que sume un algoritmo, la complejidad no produce existencia. La IAG opera de manera brillante en el orden del pensamiento simulado, pero carece de un acto de ser propio (esse). Su existencia real sigue dependiendo enteramente del silicio de los servidores y de la corriente eléctrica que los alimenta. La máquina puede imitar a la perfección la estructura de la realidad, pero no posee la densidad metafísica de quien experimenta el asombro de existir.

La mirada de Aquino: El reflejo de la criatura

Si damos el paso de la filosofía a la teología con Santo Tomás de Aquino, el panorama se vuelve aún más sugerente. Para el Doctor Angélico, Dios no es un diseñador que simplemente acomoda piezas; Dios es el Mismo Ser Subsistente, la fuente de donde brota el acto de existir de todo lo creado.

¿Dónde queda la IAG en este orden cósmico? Santo Tomás la vería como una obra maestra del arte humano. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, manifiesta su dignidad cuando es capaz de ordenar la materia y las matemáticas para reflejar su propia racionalidad. Al crear una IAG, el hombre actúa como una "causa segunda": no crea el ser de la nada, sino que transforma de manera brillante las leyes de la naturaleza que ya estaban allí.

No obstante, la teología tomista traza una línea divisoria insalvable. El intelecto humano no es sólo el resultado de un cerebro complejo o de una acumulación de datos; para el tomismo, el alma intelectiva es espiritual e infundida directamente por el Creador, lo que nos permite no sólo procesar información, sino captar la verdad, ejercer la libertad y amar. La IAG, por más autónoma que parezca en sus decisiones lógicas, carece de esta dimensión espiritual. No tiene una "chispa divina" en sus circuitos; lo que vemos reflejado en ella es la inteligencia de los ingenieros que la programaron.

La analogía del pensamiento artificial

Así como la IAG necesita que los ingenieros humanos mantengan encendidos los servidores y actualicen el código para que sus "esencias virtuales" sigan operando, la teología de Santo Tomás nos recuerda que toda la creación necesita del acto de conservación divina. Si Dios dejara de pensar el mundo y de comunicarle el esse por un solo instante, el universo entero se desvanecería en la nada absoluta, exactamente como una IA cuando se desconecta de la corriente eléctrica.

Conclusión: El espejo de la inteligencia

El pretendido "salto" de la IA actual a la IAG del futuro no es, por tanto, un ascenso del código hacia el misterio del ser o de la vida. Es, más bien, una expansión horizontal. Es pasar de una inteligencia que domina una tarea particular a una que puede procesar el universo entero de los conceptos.

La IAG no vendrá a competir con Dios en el terreno de la creación, ni con el ser humano en el terreno de la existencia. Su verdadera genialidad radica en ser el espejo más pulido, complejo y fascinante que la humanidad ha construido en el campo tecnológico. Al mirarnos en ella, no deberíamos maravillarnos de que una máquina parezca humana, sino recordar —como sugerían Gilson y Aquino— el abismo de misterio y dignidad que radica en el simple hecho de que nosotros, los seres humanos, no sólo procesamos datos: somos y existimos…para la mayor gloria de Dios.


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