EL RELATIVISMO POSTCONCILIAR: FRUTOS AMARGOS DE LA CONFUSIÓN

30.06.2026

Tened cuidado de que nadie os engañe con filosofías y huecas sutilezas, fundadas en tradiciones humanas. (Colosenses 2,8)

Han pasado más de sesenta años desde que el Concilio Vaticano II abriera las ventanas de la Iglesia al mundo moderno. Aquel gesto, que muchos saludaron como una primavera, ha traído consigo una estación de confusión cuyos frutos hoy estamos cosechando con dolor. El relativismo postconciliar no es una doctrina oficial, sino un espíritu que ha permeado la vida de la Iglesia, un ambiente difuso que ha ido erosionando las certezas y sustituyendo la verdad absoluta por una nebulosa de opiniones, donde todo parece válido y nada parece firme.

Para entender en qué ha desembocado esta confusión, es necesario describir sus manifestaciones más palpables. No se trata de una herejía formal, sino de una cultura que ha infectado el pensamiento católico, la liturgia, la catequesis y la vida pastoral. Es el veneno sutil que, gota a gota, ha ido disolviendo la roca de Pedro hasta convertirla en arena movediza.

La primera manifestación de este relativismo es la pérdida del sentido de la verdad objetiva. En la enseñanza tradicional, la verdad era algo que se recibía, no que se construía. Dios había hablado en la Escritura y en la Tradición, y la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, custodiaba ese depósito sagrado. La verdad era algo dado, algo exterior a nosotros, a lo que debíamos someter nuestra mente y nuestra voluntad. Pero en el ambiente postconciliar, la verdad se ha convertido en algo que se dialoga, que se negocia, que se construye en comunidad. Ya no se dice "esto es verdad", sino "esta es mi verdad" o "esta es la verdad de la Iglesia en este momento histórico". La diferencia es abismal: en el primer caso, la verdad nos interpela; en el segundo, nosotros la moldeamos a nuestra medida.

Esta pérdida de la verdad objetiva ha tenido consecuencias devastadoras en la catequesis. Los niños que antes aprendían el Catecismo de San Pío X, con sus preguntas y respuestas claras sobre la fe, sobre el pecado, sobre la gracia, sobre la Eucaristía, hoy reciben una catequesis diluida que habla más de valores humanos que de misterios divinos. Se les enseña a ser "buenas personas", a respetar al prójimo, a cuidar el medio ambiente, pero no se les habla del pecado mortal, de la necesidad de la confesión, de la presencia real de Cristo en el altar, del infierno como una posibilidad real para quien rechaza a Dios. El resultado es una generación de católicos que ya no sabe lo que cree, que no distingue el dogma de la opinión, y que abandona la fe apenas la primera dificultad se presenta.

La liturgia ha sido otro campo de batalla donde el relativismo ha hecho estragos. La Misa, que antes era el centro de la vida cristiana, el lugar donde el cielo y la tierra se encuentran se ha convertido en muchos lugares en una celebración horizontal, una reunión de amigos donde lo importante es la comunidad y no el sacrificio. La orientación del sacerdote hacia el pueblo, la lengua vernácula, la simplificación de los gestos, la música banal, la improvisación de las oraciones: todo esto ha contribuido a desacralizar el culto. Muchos fieles ya no saben que están ante un misterio, que el altar es el Calvario, que el sacerdote actúa en persona de Cristo. La Misa se ha vuelto una experiencia humana, no una experiencia divina. El sentido de lo sagrado se ha perdido, y con él, la reverencia y la adoración.

El ecumenismo y el diálogo interreligioso, que eran un objetivo noble del Concilio, han derivado en muchos casos en un sincretismo que confunde a los fieles. Ya no se trata de tender puentes a los hermanos separados para mostrarles la plenitud de la verdad católica, sino de buscar un "denominador común" que diluya las diferencias. La unicidad de la Iglesia, la necesidad de la fe para la salvación, la exclusividad de Cristo como mediador: todo esto se ha vuelto incómodo, se evita mencionarlo porque "ofende" o "divide". El resultado es un católico que ya no sabe si su fe es verdadera o si es solo una opción entre muchas, si la Iglesia Católica es la única Iglesia fundada por Cristo o si es una comunidad religiosa entre otras.

La moral también ha sido afectada por este relativismo. Lo que antes era claro y definido -el sexto mandamiento, la indisolubilidad del matrimonio, la santidad de la vida- ahora se presenta como un ideal al que aspirar, pero no como una norma absoluta. Se habla de "ley de gradualidad", de "discernimiento pastoral", de "acompañamiento". Se evita la palabra "pecado" porque parece demasiado dura, demasiado juzgadora. Se habla de "personas en situaciones irregulares", de "diversidad de situaciones", de "la misericordia sin condiciones". En el fondo, subyace la idea de que la moral no es un código universal, sino algo que debe adaptarse a las circunstancias, a las culturas, a las debilidades de cada uno. La ley de Dios, que antes se presentaba como un camino de libertad, se ha convertido en una carga demasiado pesada, en una exigencia que no se puede cumplir y que, por tanto, debe ser relativizada.

El papel del sacerdote también ha cambiado radicalmente. El sacerdote tradicional era un alter Christus, un hombre separado del mundo, consagrado para ofrecer el sacrificio y administrar los sacramentos. Vestido con su sotana y su alzacuello, era un signo visible de lo sagrado. Hoy, el sacerdote se ha convertido en un "animador de comunidades", un líder carismático que debe ser cercano, simpático, moderno. Se le exige que sepa de psicología, de sociología, de liderazgo empresarial, pero no que sea un hombre de oración y de sacrificio. La secularización del clero ha llevado a una pérdida de la identidad sacerdotal, y con ella, a una pérdida del respeto y la confianza de los fieles.

El gobierno de la Iglesia también ha sido afectado por el relativismo. La autoridad, que antes se ejercía con firmeza y claridad, ahora se presenta como un "servicio" que debe buscar el consenso, que no puede imponer, que debe dialogar. No se condena nada, no se corrige nada, no se enseña con claridad. Todo se matiza, todo se aplaza, todo se deriva a comisiones que nunca llegan a conclusiones firmes. El resultado es un vacío de autoridad que ha llenado el ruido de los medios de comunicación, donde cada cardenal, cada obispo, cada teólogo dice lo que le parece, sembrando más confusión en los fieles.

¿En qué ha desembocado esta confusión? En una crisis de identidad de la Iglesia que no tiene precedentes en la historia moderna. Millones de católicos han abandonado la práctica religiosa, no porque hayan perdido la fe, sino porque ya no reconocen en la Iglesia la fe que una vez recibieron. Otros han buscado refugio en grupos tradicionalistas, porque encuentran en ellos la claridad y la firmeza que ya no ven en sus parroquias. Muchos han caído en el indiferentismo, pensando que todas las religiones son iguales y que, al fin y al cabo, lo importante es ser buena persona. Y algunos, los más desesperados, han llegado a dudar de la misma divinidad de la Iglesia, preguntándose si la barca de Pedro no se ha hundido definitivamente.

El relativismo postconciliar es como un veneno que ha entrado en el cuerpo de la Iglesia, no por un mal intencionado, sino por una imprudencia pastoral. Querer ser "todo para todos" ha llevado a no ser nada para nadie. Querer abrirse al mundo ha llevado a asimilar al mundo. Querer ser misericordioso ha llevado a relativizar el pecado. Querer ser pastoral ha llevado a diluir la doctrina.

Pero la Iglesia no es una institución humana. Es el Cuerpo de Cristo, y Cristo no abandona su Cuerpo. El Espíritu Santo sigue actuando, aunque los instrumentos humanos sean débiles y pecadores. La Tradición sigue viva en la liturgia, en los corazones de los fieles, en la enseñanza de los santos. La verdad no ha muerto, aunque esté oscurecida. El relativismo es una moda que pasará, como han pasado todas las herejías. Pero la roca de Pedro permanece, y las puertas del infierno no prevalecerán.

Mientras tanto, el católico fiel no tiene más remedio que aferrarse a la Tradición como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio. No la Tradición entendida como un museo de arqueología, sino la Tradición viva, la que nos ha sido transmitida por los apóstoles y los Padres, la que ha sido confirmada por los mártires y los santos, la que nos han enseñado nuestros padres y abuelos. Esa Tradición es nuestra luz en medio de la oscuridad, nuestra certeza en medio de la duda, nuestra esperanza en medio de la desesperación.

Que la Virgen María, Trono de Sabiduría, nos obtenga la gracia de perseverar en la fe, de defender la verdad sin odio y sin soberbia, y de esperar el día en que la Iglesia, purificada por esta prueba, vuelva a ser lo que siempre ha sido: columna y fundamento de la verdad.

"¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!"

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