EL PREDICADOR Y APÓSTOL DEL SANTO ROSARIO

06.08.2026

Santo Domingo de Guzmán nacido hacia el año 1170 en Caleruega, Burgos, creció en una familia marcada por la Fe; su madre, Santa Juana de Aza, vio en él desde niño una señal de la providencia. Ordenado Sacerdote y canónigo en Osma, al viajar al sur de Francia, conoció el avance de la herejía albigense, que negaba la Encarnación de Cristo y el valor de la materia y la Gracia. Comprendió entonces que no bastaba la autoridad o la fuerza: hacía falta predicar la verdad con humildad, pobreza y profundidad, uniendo la oración al estudio y el testimonio a la palabra. Así nació en 1216 la Orden de Predicadores, conocida como "Dominicos", con la misión de entregar la verdad del Evangelio a todos los hombres.

En medio de esta lucha por la Fe, en el año 1208, la tradición inquebrantable de la Iglesia y de su Orden narra que la Santísima Virgen se le apareció en el monasterio de Prouille y le entregó el Santo Rosario como el arma más poderosa para vencer el error de los albigenses, reavivar la caridad y restaurar la vida cristiana. Algunos dicen que aunque ya existían formas de oración con cuentas, fue Santo Domingo quien estructuró y difundió esta devoción como el "Salterio Mariano": recorrer con la mente y el corazón los misterios de la Vida, Pasión, Muerte y Gloria de Jesucristo, acompañados de la oración que el Cielo mismo enseñó al saludar a María. El Rosario se convirtió así en el alma de su predicación: antes de hablar a los demás, se hablaba con Dios; antes de enseñar la verdad, se contemplaba a Nuestro Señor Jesucristo y a la Santísima Virgen María.

Santo Domingo murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221, dejando a sus discipulos el mandato de que la oración alimente siempre la evangelización. Su legado nos recuerda que la verdad no se impone, se propone con amor, y que el Rosario es el camino seguro para mantener el corazón unido a Cristo por medio de su Madre.

Oración a Santo Domingo de Guzmán

¡Oh, glorioso Santo Domingo!, que recibiste de la Virgen María el Santo Rosario como antídoto contra el error y alimento de la Fe: alcánzanos la gracia de amar esta oración con todo nuestro ser, de meditarla con atención y de vivirla con coherencia. Que tu ejemplo de pobreza, penitencia y celo apostólico nos anime a anunciar a Cristo con palabras y obras, y que al final de nuestra vida, el Rosario que rezamos en la tierra sea nuestra corona junto a ti y a la Santísima Virgen en el cielo.

Amén. 

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