EL MÉXICO SILENCIOSO: MEMORIA DE UNA CUARESMA DE ANTAÑO

19.02.2026

Hace medio siglo, la llegada del Miércoles de Ceniza no marcaba simplemente el inicio de un tiempo litúrgico en el calendario, sino que operaba una transformación profunda en el alma de México. El país, entonces abrumadoramente católico, se recogía sobre sí mismo como un gran cuerpo que dobla la rodilla. La ceniza depositada en la frente no era un rito fugaz; permanecía allí, visible, durante horas o incluso días, como un estandarte de polvo que los fieles llevaban a sus casas, a sus trabajos, a las calles. Eran los "jesusitos", como los llamaba el poeta, marcas que delataban una pertenencia y un compromiso comunitario con los cuarenta días de desierto que comenzaban.

Lo que sigue a ese miércoles es, en la memoria de los abuelos, un fenómeno sociológico y cultural difícil de imaginar para las generaciones actuales: el silencio se apodera de las ciudades y los pueblos. No es un silencio vacío, sino denso, lleno de significado. Las calles, particularmente en provincias y en los barrios tradicionales de las grandes urbes, lucen desiertas o semi vacías; la gente solo sale para lo estrictamente necesario: el trabajo, la escuela, los mandados impostergables y, por supuesto, los oficios religiosos . En San Miguel el Alto, Jalisco, los más viejos recuerdan que en los años cuarenta y cincuenta no se escuchaba la radio ni se cantaba; en algunos casos extremos de devoción, había quienes ayunaban toda la Cuaresma o mantenían un rígido silencio, pronunciando apenas las palabras imprescindibles . La vida pública se apaga para que la vida interior pueda encenderse.

Ese silencio se filtraba por las rendijas de las puertas y se instalaba en las salas de las casas. Las familias que poseían radio o la incipiente televisión procuraban no encenderlos, o si lo hacían, era con el volumen tan bajo que apenas se escuchaba, a veces sólo para oír el anuncio de la hora . La música, cualquier música, se consideraba una intrusión profana en el recogimiento debido. Las diversiones, simplemente, se cancelaban. No había bailes, no había fiestas, no se organizaban bodas, bautizos ni primeras comuniones durante estas siete semanas . El propósito de enmienda no era un concepto abstracto escuchado en el sermón dominical, sino una resolución práctica que se generalizaba en los hogares: se trataba de cumplir con los sacrificios ofrecidos, de mortificar los sentidos y de enfocar la mente en las realidades últimas.

En las ciudades, se evitaba tocar el claxon del automóvil sin necesidad imperiosa, y la gente modulaba la voz, hablaba más bajo, como si el bullicio pudiera quebrantar un pacto sagrado . La penitencia se volvía palpable: cubrir con lienzos morados o negros las imágenes de los santos en los templos y, en muchas casas piadosas, tapar los grandes espejos de las salas y los roperos, un gesto simbólico para evitar la vanidad y la soberbia, para no distraerse en el propio reflejo cuando se trataba de mirar hacia el drama del Gólgota .

En este clima, los tres pilares cuaresmales —oración, ayuno y limosna— dejaban de ser preceptos para convertirse en el latido mismo de la vida cotidiana. La oración se vivía de manera intensa y comunitaria. En los templos, lejos de vaciarse, veían un constante ir y venir de fieles, mujeres con la cabeza cubierta por velos o pañoletas, que recorrían el Vía Crucis, visitaban los siete templos o acudían a los sermones propios de la temporada. Destacaba la tradición del Viernes de Dolores, cuando se montaban altares domésticos en honor a la Virgen Dolorosa, adornados con cedro, papel picado, cebada tierna, flores de lis y lamparillas de aceite, altares que los vecinos visitaban para rezar y dar el pésame a María por la Pasión de su Hijo, recibiendo a cambio un vaso de agua fresca de limón con chía, que simbolizaba las lágrimas de la Madre. El ayuno, por su parte, era frecuente y observado con rigor. La abstinencia de carne no era una sugerencia, y la imaginación culinaria se volcaba en los platillos de temporada: la inconfundible capirotada con su miel de piloncillo, las torrejas, el caldo de habas o lentejas, las tortitas de papa o de camarón seco, los nopalitos y las flores de palma, recetas que se transmitían de madres a hijas y que eran la gala de las cocinas en esos días de vigilia. La limosna, finalmente, aumentaba, pues la conciencia del necesitado se agudizaba; los granos que antaño se reservaban del diezmo se destinaban a los pobres en tiempos de escasez, y el compartir se vivía como parte esencial de la penitencia comunitaria.

Todo este andamiaje de silencios, abstinencias y rezos tenía una dirección clara: preparar el espíritu para el duelo de la Semana Mayor. Las restricciones se intensificaban conforme se acercaba el Triduo Pascual. Llegado el Jueves y, sobre todo, el Viernes Santo, el ambiente alcanzaba su clímax de recogimiento. A las tres de la tarde, la hora crucial, la inmovilidad y el silencio se volvían absolutos. Todo quedaba quieto, como si el mundo contuviera el aliento para acompañar el tránsito de Cristo. Aquel México de mediados del siglo XX sabía que la alegría de la Resurrección solo podía entenderse y celebrarse si se había caminado con paso lento y firme por la senda del desierto, si se había honrado el polvo del que venimos y al que volveremos, para merecer, así, la promesa de la vida nueva eterna.