EL MALIGNO ¡SIEMPRE VENCIDO!

"Nada es verdad, nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira", frase acuñada para expresar, en pocas palabras, la relatividad en la que estamos inmersos los humanos del siglo XXI. Un relativismo que nos resulta muy cómodo, puesto que aparentemente no existen verdades absolutas, que cada uno puede hacer su verdad a su antojo y capricho y que, si al día siguiente su humor cambia, pues hace otra verdad que se le acomode y, mañana ya, veremos.
Por más que nos resulte incomodo, existen verdades absolutas. Nuestra vida del día a día, nos demuestra que esas verdades, por ejemplo, las leyes físicas, nos hacen todo mas seguro; de la misma manera, otras verdades científicas operan en nuestro entorno y son tan cotidianas que ya no reflexionamos al respecto. Pero existen otras verdades que todo ser humano las tiene inscritas en su conciencia y sabe, por ejemplo, que robar, dañar al prójimo en su economía corporal, levantar falsos, mentir, etc., todo ello es malo. Además, podemos deducir que hay otras verdades que, para llegar a ellas, debemos de discurrir para encontrarlas, pues no son tan obvias, por ejemplo, en Derecho, en Ética, etc.
¿De dónde le viene al ser humano su tendencia a violentar, o mejor, a querer acomodar y relativizar las verdades a su conveniencia? A nuestro entender, es de su soberbia, entendida ésta como "un desorden fundamental de la verdad" o "desviación del orden del ser". EL hombre, por su propia naturaleza, busca incansablemente la verdad; consciente o inconscientemente, hay algo en nuestro interior que nos mueve hacia ella, pero la soberbia nos desvía de nuestro objetivo y nos contentamos y sentimos satisfechos porque hemos podido "fabricar" la verdad a nuestra conveniencia.
Profundicemos un poco sobre el tema en cuestión. El ser humano como creatura, fue dotado del libre albedrío, al igual que los Ángeles, es decir, de libertad y voluntad, para que existiera la capacidad de amar y adherirse libremente a Dios, y con ello, la posibilidad real de rechazarlo. A Lucifer, portador de la luz, Dios lo dotó de una gran belleza, inteligencia y dignidad, y al igual que todos los Ángeles, tuvo un momento decisivo de prueba respecto a su adhesión al plan Divino y, por soberbia, quiso ser como Dios, pero al margen de su orden. Tremendo momento: la más excelsa de las creaturas, haciendo uso del libre albedrío, rechaza, junto con millares de Ángeles, a su Creador.
San Juan Damasceno nos explica que "el pecado de los ángeles es irrevocable como la muerte para nosotros los humanos". Lucifer y los millares de Ángeles que le siguieron, seres que se han corrompido, voluntariamente a través del pecado, perdieron la Gracia divina y la visión beatifica, pero conservaron su naturaleza angelical, inteligencia y poder natural sobre la materia. Satanás (el adversario) es el gran acusador y tentador que busca apartar a la humanidad del proyecto divino por envidia.
San Agustín y Santo Tomás de Aquino definen el mal como "la privación de un bien que debería estar presente" por lo tanto el mal no es una sustancia o un ser creado, es la ausencia del bien.
¿Por qué permitió Dios la caída de Lucifer si sabía que ocurriría? Por respeto a la libertad de la creatura, Dios respeta de forma absoluta el libre albedrío con que dotó a sus creaturas, aun cuando éste sea usado para el mal. Santo Tomás nos enseña que "Dios no permitiría el mal si no fuera tan poderosos y bueno como para sacar un bien del propio mal". La victoria final de Nuestro Señor Jesucristo sobre la muerte y el pecado, manifiesta el triunfo supremo de la Gracia divina.
Que no nos perturbe e inquiete los que, por soberbia, niegan y no quieren a Dios, y como eco de Satanás, repiten, por pura soberbia, Non Serviam.
