EL ESPÍRITU DEL CONCILIO DE TRENTO

11.03.2026

El gran salón del castillo parecía suspendido en un tiempo que no era el tiempo, un espacio donde los siglos se plegaban sobre sí mismos para permitir lo imposible. La luz de los vitrales, aquellos que habían sobrevivido a la furia iconoclasta de los primeros años de la ruptura, teñía de azul y carmesí las losas de piedra. En el centro, una mesa larga de roble, rectangular, implacable. A un lado, los reformadores, con sus hábitos negros, sus golillas y sus miradas severas, cargadas de la pretensión de haber descubierto una verdad largamente oculta. Al otro, los defensores de la Iglesia Romana, con sus capas pluviales, sus bonetes y la gravedad de siglos de tradición sostenida sobre sus hombros. En la cabecera, presidiendo el silencio que precede a la tormenta, una mesa más elevada: el Concilio de Trento, con sus legados y Teólogos, los Padres conciliares que han sido convocados para poner orden en la Cristiandad desgarrada. Un ujier, vestido de negro y portando una vara de ébano, golpea tres veces el suelo. La madeja de la historia comienza a desovillarse.

Martín Lutero, con su rostro marcado por la lucha interior, fue el primero en levantarse. Su mano, callosa de tanto escribir, golpeó la mesa con la fuerza de quien ha clavado noventa y cinco tesis en una puerta. "Sola fide, sola Scriptura", dijo, y su voz retumbó en las bóvedas como un trueno. "Durante siglos, la Iglesia de Roma ha mantenido al pueblo de Dios cautivo bajo el peso de las obras, de las indulgencias, de los méritos humanos. Pero la Escritura es clara: el justo vivirá por la fe. No somos justificados por lo que hacemos, sino por lo que Cristo hizo. Nuestra justicia es una justicia imputada, ajena, la de Cristo que nos cubre. Las obras son fruto de la fe, pero no causa de la salvación. El hombre es como un caballo: Dios lo monta y va bien; el diablo lo monta y va mal. El libre albedrío, después del pecado original, es un título vacío, un nombre sin realidad. ¡Sólo la fe! ¡Sólo la Escritura! ¡La Palabra de Dios, que cada fiel puede leer e interpretar por sí mismo, sin la tutela de un papado que ha usurpado la autoridad de Cristo!"

Desde el lado católico, una figura menuda pero erguida como una torre se levantó. Era Teresa de Ávila, la Santa, la reformadora del Carmelo. No llevaba armas ni libros eruditos; llevaba el crucifijo y el recuerdo de sus moradas interiores. Miró a Lutero con una mezcla de compasión y firmeza, y su voz, aunque de mujer, llenó el salón con una claridad que parecía venir de otra esfera. "Reverendo Padre Lutero", dijo; el título no era una concesión, sino un recordatorio de lo que había sido, "habláis de la fe como si fuera un asidero intelectual, una certeza de que los méritos de Cristo nos cubren. Pero la fe viva, la fe que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, es también amor, y el amor no puede estar ocioso. Os invito a entrar en la séptima morada del castillo interior, donde el alma se une con Dios en matrimonio espiritual. Allí no hay ficciones jurídicas: hay transformación. El alma no es simplemente cubierta por la justicia de Cristo, sino que, por la Gracia, se vuelve participante de la naturaleza divina. Las obras no son añadidos externos; son el roce del alma que ama, son el servicio al Amado en la persona del prójimo. Decís que el hombre no tiene libre albedrío. ¿Y cómo explicáis entonces la lucha, la entrega, el martirio de tantos que han elegido a Cristo sobre todas las cosas? El alma, herida por el pecado, es auxiliada por la Gracia, pero no anulada. Esa es la verdadera libertad: la de un corazón que, sanado por Dios, elige a Dios. No es un caballo sin riendas; es un hijo que camina de la mano de su Padre".

Juan Calvino, el teólogo de Ginebra, el hombre de la lógica implacable, se levantó entonces. Su rostro, delgado y ascético, parecía tallado en hielo. Su voz era precisa, quirúrgica. "Lo que Lutero ha expuesto es la puerta, pero es necesario entrar en la sala del consejo divino. La fe que salva no es una decisión humana; es el efecto de una elección eterna. Dios, antes de la fundación del mundo, predestinó a unos a la vida eterna, y a otros, a la condenación, no por vista de sus méritos, que no existen, sino por su sola y libre voluntad. La Escritura es clara: 'A Jacob amé, más a Esaú aborrecí'. No todos son creados con la misma condición; a unos se les destina la vida eterna, a otros la eterna condenación. Así que, según el fin para el que es creado, decimos que está predestinado a la muerte o a la vida. Esto es lo que llamamos la doble predestinación. No hay mérito humano que pueda resistir a la voluntad divina. La Iglesia que os empeñáis en defender en Roma ha ocultado esta verdad para mantener a los hombres bajo el yugo de sus Sacramentos y de su jerarquía. Pero la gloria de Dios consiste en que Él es todo en todos, y el hombre no es nada".

Frente a Calvino, se alzó la figura imponente de San Ignacio de Loyola, el soldado herido que se había convertido en soldado de Cristo, el fundador de la Compañía de Jesús. Cojeaba ligeramente, como si aún sintiera la bala de Pamplona, pero su mirada era la de un estratega. "Maestro Calvino", respondió: (y su voz tenía el acento de quien ha mandado ejércitos) "vuestra doctrina convierte a Dios en un tirano, no en un Padre. Predicáis una predestinación que hace del hombre un autómata y de Dios un capricho. Pero el Dios que yo he conocido en los Ejercicios Espirituales es un Dios que llama, que invita, que espera la respuesta libre de su criatura. 'Mira, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo'. Ésa es la economía de la salvación. No hay aquí decretos absolutos que condenen a millones sin apelación. La voluntad salvífica de Dios es universal: 'Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad'. La Gracia no destruye la libertad, la perfecciona. Nosotros, en la Compañía, hemos aprendido a 'sentir y gustar las cosas internamente', a discernir los movimientos del alma, a cooperar con la Gracia. Y os aseguro, maestro Calvino, que ese discernimiento sería inútil si todo estuviera ya decidido sin nosotros. Vuestra doctrina lleva a la desesperación o a la soberbia: a unos les hace creerse salvados pase lo que pase, y a otros les hunde en la certeza de que su condena es irrevocable. Eso no es el Evangelio; eso es una parodia de la soberanía divina".

Ulrico Zwinglio, el reformador de Zúrich, aquel que había negado la presencia real de Cristo en la Eucaristía reduciéndola a un mero símbolo, terció entonces. Su voz era enérgica, la de un predicador popular. "Es inútil discutir sobre predestinación si no se ha aclarado el punto central: ¿dónde está Cristo en la Cena? Para nosotros, la Eucaristía no es un sacrificio, ni siquiera una presencia real. Es un memorial, un recuerdo. 'Haced esto en memoria de mí', dijo el Señor. No dijo: 'Esto es mi cuerpo', en sentido literal, sino 'esto significa mi cuerpo'. El cuerpo de Cristo está a la diestra del Padre, no puede estar en mil lugares a la vez. Pretender que el pan y el vino se convierten en su carne y su sangre es una superstición, una vuelta a los sacrificios paganos. La Cena es la acción de gracias de la comunidad, el banquete que celebra la unidad de los creyentes en la fe. Ésa es la verdadera libertad cristiana: desprenderse de las ataduras de una liturgia que ha oscurecido el Evangelio con ritos materiales".

Desde el lado católico, la réplica vino de la boca de un hombre que había dedicado su vida a la reforma de la Iglesia, pero desde dentro: San Carlos Borromeo, el Arzobispo de Milán, el modelo del pastor tridentino. Su rostro, ascético y consumido por la penitencia, brillaba con una autoridad que no venía de la fuerza, sino del testimonio. "Zwinglio, Zwinglio", dijo con una tristeza profunda, "habéis reducido el misterio de la fe a un ejercicio de memoria. Si Cristo no está realmente presente en la Eucaristía, ¿dónde está la fuente de nuestra vida? ¿Cómo explicáis entonces las palabras de la Escritura, tan claras, tan inequívocas? 'El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida'. No dice 'significa'; dice: 'es'. Los Padres de la Iglesia, desde Ignacio de Antioquía hasta Agustín, no entendieron esto de otro modo que como una realidad. La Eucaristía no es un símbolo vacío; es el Sacramento de la presencia real de Cristo, que se ofrece por nosotros. Y no es solo presencia; es también sacrificio. En cada Misa, se actualiza el único Sacrificio de Cristo en la cruz, de manera incruenta, sino para hacerlo presente a través de los siglos. Vosotros, al negar el sacrificio, habéis vaciado el altar; al negar la presencia real, habéis vaciado el sagrario. ¿Qué le queda al pueblo cristiano si le quitáis el Pan de vida? ¿Sólo una reunión de hombres que recuerdan a un ausente? No, la Iglesia vive porque Cristo vive en ella, y vive sacramentalmente en la Eucaristía. Yo he visto la fe de los humildes, cómo se postran ante el Santísimo Sacramento; esa fe no es vana, toca el cielo".

Enrique VIII, el rey de Inglaterra, vestido con terciopelos y pieles, con su barba recortada y su mirada altiva, intervino entonces. No hablaba como teólogo, sino como soberano, y su voz tenía el peso de quien ha hecho rodar cabezas. "Todas estas disputas sobre la presencia y la predestinación son bizantinismos que debilitan el orden del reino. Yo no he roto con Roma por una cuestión de fe, sino por una cuestión de autoridad. El Papa se ha erigido en señor de los reyes, pretendiendo tener potestad para deponer monarcas y disponer de sus reinos. Pero la Escritura dice: 'Dad al César lo que es del César'. Yo soy el César en mi reino. La Iglesia en Inglaterra debe ser la Iglesia de Inglaterra, gobernada por su legítimo soberano, no por un obispo extranjero sentado en Roma. He mantenido la fe católica en lo esencial, salvo en la primacía del Papa. Mis Obispos me son fieles porque son mis súbditos. La unidad del reino exige la unidad de la Iglesia bajo la corona. Eso es lo que he hecho: restaurar la autoridad legítima donde debía estar, en el príncipe cristiano".

A Enrique VIII le respondió un hombre que, por su dignidad, podía hacerlo. Era el Papa Paulo III, Farnesio, el pontífice que había convocado el Concilio de Trento, el que había aprobado la Compañía de Jesús, el que intentaba mantener a flote la barca de Pedro en medio de la tormenta. Su voz, aunque envejecida, conservaba la firmeza de quien se sabe sucesor de Pedro. "Señor rey", dijo, "vuestra majestad confunde la autoridad temporal con la espiritual. El Papa no es un soberano terrenal que compita con los reyes; es el Pastor universal, el que tiene la misión de confirmar en la fe a sus hermanos. Cuando Cristo dijo a Pedro: 'Apacienta mis ovejas', no le dio un reino, le dio un servicio. La Iglesia no es un departamento del Estado; es la institución de Dios, que tiene su propia jerarquía, su propia ley, su propia misión. Someterla al príncipe es convertirla en un instrumento del poder, en una esclava de las razones de Estado. ¿Qué pasará mañana si un rey hereje ocupa vuestro trono? ¿Qué pasará si un príncipe decide cambiar la fe según su conveniencia? Ya lo estamos viendo en Alemania, donde cada príncipe impone su religión a sus súbditos. Eso no es unidad; es fragmentación. La Iglesia es una porque tiene una cabeza visible, el sucesor de Pedro, que garantiza la comunión de todos los bautizados. Sin esa cabeza, cada reino acaba teniendo su propia iglesia, cada príncipe su propio credo, y la Cristiandad se despedaza. No lo permitáis, señor rey. Volved a la casa del Padre, que aún está abierta para vos".

Felipe II de España, el rey prudente, el que gobernaba el imperio donde no se ponía el sol, se levantó entonces. Vestía de negro, como siempre, y su mirada era la de quien ha visto demasiado. No alzó la voz; no era necesario. Su sola presencia imponía respeto. "Señor Paulo, habéis hablado con sabiduría. Yo, como rey, he tenido que lidiar con esta herejía en mis propios dominios. He visto cómo los errores de estos hombres han desgarrado el alma de Europa. Y he comprendido que no hay herejía inocente. Todas ellas, en mayor o menor medida, conducen a la rebelión contra la autoridad legítima, sea la de la Iglesia o la del Estado. Los príncipes que abrazan la reforma no lo hacen por piedad, sino por codicia; quieren las tierras de la Iglesia, quieren el control absoluto sobre sus súbditos, quieren deshacerse del Papa para no tener a nadie por encima. Yo he asumido mi misión como defensor de la fe católica, no por ambición, sino porque sé que debo dar cuenta a Dios de mis pueblos. He sostenido el Concilio, he apoyado a la Compañía, he combatido a los herejes. Y lo he hecho porque la verdad no es negociable. No puede haber paz con el error. La herejía es un cáncer que se extiende si no se extirpa a tiempo. No hablo sólo de la espada material; hablo de la espada del espíritu, de la verdad que debe ser proclamada sin ambages. Por eso estoy aquí: para defender a la Iglesia, aunque me cueste la vida o la hacienda".

La intervención de Felipe II fue seguida por un murmullo. Del lado protestante, un hombre de mirada ardiente y barba rojiza se puso en pie. Era John Knox, el reformador de Escocia, el que había hecho temblar a reinas con sus sermones. Su voz era como un trueno. "¡Señor rey de España! Vos habláis de defender la fe, pero vuestra fe es la que ha quemado herejes, la que ha oprimido a los pueblos, la que ha mantenido a los hombres en la ignorancia. Yo he visto la verdadera Iglesia, la que se reúne en asambleas donde la Palabra de Dios es predicada puramente. En Escocia, hemos barrido con los altares de la idolatría, hemos establecido el gobierno de los presbíteros, hemos hecho de la Escritura la única ley. Vuestra pompa romana, vuestros Obispos vestidos de seda, vuestras imágenes y vuestras reliquias, todo eso es abominación a los ojos de Dios. La Iglesia no necesita reyes que la defiendan con ejércitos; necesita profetas que la denuncien con la Palabra. Vos, Rey Felipe, sois el brazo armado del Anticristo, no el defensor de la fe. La verdadera fe se defiende con el martirio, no con la espada. Y si es necesario, nosotros moriremos antes de doblegarnos a vuestra tiranía".

La tensión en el salón era casi insoportable. Los vitrales parecían vibrar con las voces. Entonces, desde el lado católico, se levantó el hombre que quizá había sido el más callado hasta entonces, pero cuya obra estaba cambiando el mundo: Felipe Melanchthon, el humanista, pero reformador protestante, el brazo derecho de Lutero, el que había intentado tender puentes con los católicos en la Dieta de Augsburgo. Su voz era más suave, más conciliadora, pero no menos firme. "Hermanos", dijo, dirigiéndose a ambos lados, "no nos engañemos. La cuestión de fondo no es el Papa ni los ritos, sino el Evangelio. ¿Dónde está el Evangelio? ¿En las tradiciones humanas o en la Palabra de Dios? Yo he dedicado mi vida a buscar la concordia, a exponer la fe de manera que pueda ser entendida y aceptada por todos. Pero he visto que nuestros adversarios no quieren ceder en nada, que defienden sus abusos como si fueran dogmas. La Confesión de Augsburgo es nuestra oferta de paz: en ella exponemos nuestra fe con claridad, mostramos que no nos hemos apartado de la Iglesia antigua, sino que hemos vuelto a ella. Si ellos la aceptaran, la unidad sería posible. Pero no, ellos prefieren condenarnos antes que escucharnos. Que el Concilio de Trento, que está aquí presente, juzgue si lo que decimos se ajusta o no a la Palabra de Dios. A él nos sometemos, si es que realmente quiere ser un concilio libre y cristiano".

Los Padres conciliares, que habían permanecido en silencio durante todo el debate, se movieron inquietos en sus sitiales. El Cardenal presidente, con su capa roja y su cruz pectoral, se levantó y pidió silencio. Durante unos minutos, los teólogos del Concilio deliberaron en voz baja, consultando volúmenes, confrontando citas, recordando las decisiones ya tomadas en las sesiones anteriores. Luego, el Cardenal se puso en pie de nuevo, y su voz, grave y solemne, llenó el salón.

"En nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nosotros, los padres del sacrosanto Concilio de Trento, legítimamente reunidos bajo la autoridad del Romano Pontífice, después de haber escuchado las exposiciones de los aquí presentes y de haber examinado detenidamente las Escrituras, la Tradición y los decretos de los santos concilios anteriores, pronunciamos nuestra sentencia."

"Habiendo oído a Martín Lutero y a los que con él enseñan, declaramos y definimos lo siguiente:"

"Sobre la justificación: Con respecto a la afirmación de que el hombre es justificado por la sola fe, entendida como una confianza en la misericordia divina que excluye la cooperación del hombre y la necesidad de las obras, decimos: Anatema. La justificación no es sólo la remisión de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior por la recepción voluntaria de la Gracia y los dones. El hombre, por sus obras realizadas en Dios, merece el aumento de la Gracia y la vida eterna. No es que Dios impute una justicia ajena, sino que Él mismo a través de su Gracia, hace justo al hombre infundiéndole la caridad en el corazón por el Espíritu Santo".

"Sobre la predestinación: Con respecto a la afirmación de que Dios predestina a unos al mal y a otros al bien con una voluntad absoluta que no tiene en cuenta sus méritos o deméritos, decimos: Nadie puede estar seguro de su predestinación sin especial revelación. Pero afirmamos que la voluntad salvífica de Dios es universal y que Cristo dijó: " … porque ésta es la sangre mía de la Alianza, la cual por muchos se derrama …". La Gracia no destruye la libertad, sino que la sana y la eleva. Quien quiera salvarse, puede hacerlo cooperando con la Gracia que Dios no niega a nadie que cumple con lo solicitado por la Iglesia".

"Sobre la Eucaristía: Con respecto a la afirmación de que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía no está real, verdadera y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, sino solo en signo o figura, decimos: Anatema. Por la consagración del pan y del vino se realiza el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre, cambio que la Iglesia católica llama con razón transubstanciación. Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, está presente en este Sacramento de manera verdadera, real y sustancial."

"Sobre el sacrificio de la Misa: Con respecto a la afirmación de que la Misa no es un verdadero y propio sacrificio, sino una simple conmemoración del sacrificio de la cruz, decimos: Anatema. En la Misa se ofrece a Dios el verdadero y propio Sacrificio de Cristo en la Cruz, de manera incruenta, para adorar y agradecer a Dios, para remisión de nuestros pecados y pedirle misericordia por los vivos y por los difuntos. No es una repetición cruenta del sacrificio de la cruz, sino su actualización sacramental y mística".

"Sobre la autoridad de la Iglesia y del Romano Pontífice: Con respecto a la afirmación de que la Iglesia no tiene poder para establecer ritos y ceremonias, y que la autoridad del Papa no es de derecho divino, decimos: La Iglesia, columna y fundamento de la verdad, tiene el poder de interpretar auténticamente la Escritura y de establecer lo que pertenece a la sana doctrina y a la disciplina. El Romano Pontífice, sucesor de Pedro, tiene sobre toda la Iglesia un primado de jurisdicción verdadero y propio, no sólo de honor, instituido por Cristo mismo".

"Sobre el culto a los santos, las imágenes y las reliquias: Con respecto a la afirmación de que el culto a los Santos, las imágenes y las reliquias es idolatría, decimos: Es bueno y útil invocar a los Santos que reinan con Cristo y venerar sus reliquias e imágenes, no porque haya en ellas divinidad, sino porque el honor que se les tributa se refiere a las personas que representan. La Iglesia no adora imágenes, las venera".

"Sobre las indulgencias: Con respecto a la afirmación de que las indulgencias son invenciones humanas para explotar la piedad de los fieles, decimos: La Iglesia tiene potestad para conceder indulgencias, y su uso es saludable para el pueblo cristiano. Pero condenamos todo lucro indebido en su concesión, y ordenamos que se moderen según la piedad, la prudencia y la sana doctrina".

"Finalmente, declaramos que todos los fieles cristianos deben creer y mantener todo lo que ha sido definido y declarado en este santo Concilio, bajo anatema. Y exhortamos a nuestros hermanos separados a que vuelvan a la unidad de la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación. Que la misericordia de Dios los alcance y los traiga de vuelta al redil de Cristo, que es uno solo. Y que la gracia del Espíritu Santo ilumine sus corazones para que reconozcan la verdad y abracen la paz."

La voz del Cardenal se extinguió en el silencio del salón. Los reformadores miraban al frente, con expresiones que iban desde la ira contenida hasta la tristeza profunda. Lutero, con el rostro desencajado, musitó algo que nadie pudo oír. Calvino permaneció impasible, como si esperara aquella condena. Enrique VIII sonrió con suficiencia, sabiendo que su reino ya no dependía de lo que allí se dijera. Knox apretó los puños, listo para la batalla que continuaría en Escocia. Zwinglio negó con la cabeza, convencido de que la razón estaba de su lado. Melanchthon bajó la mirada, herido en lo más profundo de su anhelo de unidad.

Del otro lado, Teresa de Jesús juntó las manos en oración, ofreciendo aquel momento por la unidad de la Iglesia. Ignacio de Loyola trazó una señal de la cruz, renovando su voto de obediencia al Papa. Carlos Borromeo se encomendó a Dios para llevar a cabo la reforma que Trento había decretado. Felipe II inclinó ligeramente la cabeza, aceptando la sentencia como la palabra definitiva. Y Paulo III, el Papa que había convocado aquel Concilio, sintió la satisfacción de ser fiel a la Verdad, también la esperanza de que, a pesar de todo, la barca de Pedro resistiría la tormenta.

El ujier golpeó tres veces el suelo con su vara. La visión comenzó a desvanecerse, como si el tiempo reclamara lo que era suyo. Los vitrales del salón gótico se tornaron opacos, las figuras se difuminaron en la penumbra. Pero las palabras del Concilio, aquellas actas selladas con la autoridad de la Iglesia, quedaron escritas no sólo en el pergamino, sino en el corazón de la Historia. La batalla no había terminado; continuaría en los campos de Europa, en los patíbulos de Inglaterra, en las selvas de América, en los concilios y en los sermones, en los libros y en la sangre de los mártires. Pero aquella tarde, en aquel salón imaginario, la verdad había sido proclamada. Y aunque los hombres se negaran a escucharla, el eco de aquellas palabras resonaría por siempre, llamando a los hijos pródigos a volver a la casa del Padre.