¡BANDERA MÍA! UN LÁBARO DE ESPERANZA, UNIDAD Y SANGRE HEROICA

24.02.2026

Cada 24 de febrero, el corazón de México se viste de verde, blanco y rojo. No es una fecha cualquiera; es el Día de la Bandera, una jornada solemne instituida en 1934 para honrar el símbolo que nos cobija y nos da identidad ante el mundo. Ese día, la memoria se remonta a aquel 24 de febrero de 1821, cuando Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero proclamaron el Plan de Iguala, dando origen al primer lábaro patrio, confeccionado por José Magdaleno Ocampo: el Pendón Trigarante, que con sus colores diagonales y estrellas proclamaba las tres garantías fundamentales que dieron origen a nuestra nación independiente.

Mucho antes de que existiera la bandera tricolor, el estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe que Miguel Hidalgo tomó en 1810 ya encendía la llama de la libertad. Fue el primer símbolo que unió al pueblo en pos de la Independencia. Sin embargo, no fue hasta la consumación de esta, en 1821, que nació formalmente nuestra bandera. El Primer Imperio Mexicano adoptó entonces la tricolor, pero fue en 1823, con la llegada de la República, cuando se eliminó la corona del águila y se le añadió la serpiente, las ramas de encino y laurel, y el nopal sobre una roca emergiendo del lago, consolidándose así el escudo nacional que, con sus respectivas evoluciones, nos representa.

La versión que hoy conocemos y amamos fue adoptada por decreto presidencial el 16 de septiembre de 1968, en vísperas de los Juegos Olímpicos, y confirmada por ley el 24 de febrero de 1984. Su diseño es obra de los arquitectos Francisco Eppens Helguera y Pedro Moctezuma Díaz Infante, quienes le dieron al águila esa apariencia majestuosa y de perfil, que mira con fiereza hacia el futuro.

El significado original de nuestros colores, el que vio nacer a México como nación independiente, es el que debemos custodiar en la memoria. El verde representa la Independencia, el anhelo y la lucha de un pueblo para gobernarse por sí mismo. El blanco simboliza la pureza de la Religión Católica, que desde la época de la Colonia era el alma y el vínculo espiritual de los mexicanos, herencia que nos unía bajo una misma fe. Y el rojo encarna la Unión, el abrazo fraterno entre españoles, criollos, mestizos e indígenas que decidieron construir juntos una nueva patria, sellando con sangre y voluntad el pacto social que nos dio origen. El Ejército Trigarante, el Ejército de las Tres Garantías, nos legó así los colores de una bandera que no es solo tela, sino un testimonio viviente de los valores fundacionales de nuestra nación.

En el centro, el majestuoso escudo nos ancla a nuestro pasado prehispánico. El águila real devorando a la serpiente sobre el nopal, símbolo del origen de México-Tenochtitlan, nos recuerda que nuestra grandeza se asienta sobre siglos de historia y resistencia y la fusión de dos mundos que dieron origen al ser mexicano.

En un mundo globalizado, donde a veces se alzan voces que proponen diluir las identidades nacionales en favor de símbolos "internacionalistas", la Bandera de México se mantiene firme como el más alto valor de la República, junto a nuestro Himno Nacional. Nuestro lábaro no es una simple pieza de tela; es la materialización del alma de una nación. Hoy, cuando algunos sectores, quizá bienintencionados pero desorientados, sugieren cambios para "adaptarnos" a un mundo sin fronteras, el pueblo mexicano responde con gallardía: ¡No pasarán! La bandera no es un símbolo excluyente, sino todo lo contrario. Es la casa común donde cabemos todos los mexicanos, sin importar nuestra ideología, origen o condición social, bajo el manto de los principios que nos fundaron: independencia, fe y unión. Es la enseña que ondea en nuestras escuelas, que envuelve a nuestros héroes y que nos llena de orgullo en cada competencia internacional.

La historia nos ha enseñado que, ante las amenazas externas o los embates internos, los mexicanos nos unimos bajo un mismo manto: el tricolor. Renunciar a él sería renunciar a nuestra propia historia, a la herencia de los Niños Héroes, a la lucha de Hidalgo, Morelos, Iturbide y Guerrero, a la sangre derramada por forjar una nación libre y soberana. Sería borrar de un plumazo la independencia, la fe y la unión que nos dieron identidad.

Este 24 de febrero, al ver ondear nuestra bandera con la prestancia que la caracteriza, recordemos el juramento que Vicente Guerrero hizo en 1821, abrazando los ideales trigarantes. Honremos sus colores con el ejemplo diario: defendiendo nuestra independencia ante cualquier injerencia extranjera, preservando nuestras tradiciones y valores espirituales, y trabajando unidos por un México más justo. La Bandera de México no necesita cambio; necesita ser amada, respetada y defendida en su significado original. Porque mientras exista un mexicano con el corazón henchido de orgullo, nuestro lábaro patrio seguirá ondeando, desafiando el tiempo y las modas pasajeras, como el símbolo eterno de una nación valiente y soberana que nació bajo el signo de la Independencia, la Religión y la Unión.

¡Viva México! ¡Viva nuestra Bandera! ¡Vivan las tres garantías que nos dieron patria!