INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA, ORACIÓN EN EL HUERTO Y PRENDIMIENTO DEL SEÑOR

INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA, ORACIÓN EN EL HUERTO Y PRENDIMIENTO DEL SEÑOR

La tarde declina sobre Jerusalén. El sol se oculta tras los muros de la ciudad santa, y en el cenáculo, aquella sala alta donde los discípulos han compartido tantas veces la mesa con su Maestro, se respira una atmósfera cargada de presagios. Jesús sabe que ha llegado su hora. La hora de pasar de este mundo al Padre. La hora en que el amor ha de manifestarse hasta el extremo. Y con una calma que sobrecoge, toma el pan entre sus manos santas, levanta los ojos al cielo, da gracias, parte el pan y lo entrega a los suyos con aquellas palabras que nunca dejarán de resonar en el corazón de la Iglesia: Tomad y comed, éste es mi Cuerpo. Luego, toma el cáliz, repite la acción de gracias, y añade: Bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que será derramada por muchos para el perdón de los pecados. En ese instante, en el silencio atónito de los Apóstoles, se cumple lo que los profetas anunciaron y lo que los Ángeles contemplan con temblor: el Cordero de Dios se ofrece a Sí mismo como alimento. El Creador se hace Pan para habitar en el pecho de sus criaturas. La Eucaristía queda instituida, y con ella nace el Sacerdocio que hará presente este misterio hasta el fin de los tiempos.

Pero aquella noche, que comienza con la dulzura del Pan compartido, pronto se tiñe de amargura. Jesús, después de la Cena, atraviesa el torrente Cedrón y se adentra en el huerto de Getsemaní, un lugar apartado donde suele orar con los suyos. Allí se retira con Pedro, Santiago y Juan, y comienza a sentir la opresión del pecado del mundo que se abate sobre su alma. El Evangelio nos dice que empezó a sentir tristeza y angustia, y que les confesó: Mi alma está triste hasta la muerte. El Hijo de Dios, que ha sostenido el universo con su Palabra, se postra en tierra y suda sangre. No es una agonía cualquiera. Es el abrazo de todos los pecados de la humanidad, la cercanía del cáliz que ha de beber hasta las heces, la voluntad humana que en Él clama al Padre con gemidos indecibles. Tres veces se aparta a orar, y tres veces vuelve y encuentra a los suyos dormidos. ¿No habéis podido velar una hora conmigo? pregunta con una ternura que duele. Ellos no entienden. Ellos duermen. Y Él sigue solo, en la noche, sostenido únicamente por la presencia del Padre.

Cuando la oración concluye, cuando el "sí" se ha pronunciado hasta el fondo, llega Judas. El discípulo que comió el pan con Él, que recibió el Cuerpo del Señor en sus manos, que escuchó" "lo que vas a hacer, hazlo pronto", se acerca con un beso. "Rabí", dice, y con ese beso entrega a su Maestro. Es la señal acordada. Detrás de él viene un tropel de soldados con linternas, antorchas y armas, enviados por los sumos sacerdotes y los fariseos. Jesús sale a su encuentro. No huye. No se esconde. Pregunta: ¿A quién buscáis? Y al responder ellos "a Jesús el Nazareno", Él pronuncia aquel Yo soy que los hace caer a tierra. En ese momento, en medio de la noche traicionera, el poder de la divinidad se asoma un instante para mostrar que todo ocurre porque Él lo permite, porque ha llegado la hora de beber el cáliz.

Pedro, impetuoso como siempre, desenvaina la espada y hiere a Malco, el siervo del sumo sacerdote. Pero Jesús lo detiene: Guarda tu espada; ¿acaso crees que no puedo pedir a mi Padre que me enviara ahora mismo más de doce legiones de ángeles? Y luego, con una delicadeza infinita, toca la oreja del herido y lo sana. No hay odio en su corazón, no hay rencor. Sólo el amor que lo lleva a entregarse, y una última lección para Pedro: el reino de Dios no se edifica con violencia, sino con el don de la vida.

Los soldados lo atan. Los discípulos, desconcertados, huyen. La noche se hace más oscura cuando el Maestro es llevado como un malhechor, maniatado, camino de la casa de Anás y después de Caifás. Allí comenzará el proceso inicuo, los golpes, las burlas, la condena. Pero en el corazón de Jesús permanece la paz de quien ha cumplido la Voluntad del Padre, y en el sagrario del cenáculo, escondido aún, espera el Pan de vida para todos los que un día se acercarán a comulgar con Él.

El Jueves Santo es, así, una noche de contrastes: la dulzura de la Eucaristía y la amargura del beso de Judas; la intimidad de la mesa compartida y la soledad del huerto; la luz del amor que se entrega y las sombras de la traición que se consuma. Pero por encima de todo, es la noche en que el amor de Cristo se revela sin medida, dispuesto a todo, capaz de convertirse en alimento para los hambrientos y en fuerza para los débiles. Es la noche en que el sacerdocio recibe su fundamento, en que el altar se levanta sobre la mesa de la Pascua, en que el pan y el vino dejan de ser pan y vino para convertirse en Cuerpo y Sangre del Redentor.

Contemplar esta noche con los ojos de la fe es entrar en el misterio de un Dios que se despoja de Su gloria para hacerse siervo; que lava los pies de los suyos para enseñarles a servir; que se ofrece en el altar de la cruz desde la mesa del cenáculo; que vela en oración mientras los suyos duermen, porque sabe que la hora del combate ha llegado. ¡Es la noche del amor hecho locura, de la entrega sin límites, del sí eterno a la voluntad del Padre!

Por eso, en cada Jueves Santo, la Iglesia se postra ante el Sagrario, contempla la Eucaristía expuesta en el monumento y acompaña a Jesús en su agonía. Sabe que no puede dormir cuando el Señor suda sangre, que no puede desentenderse del precio que se ha pagado por su redención. Y así, entre velas que titilan y oraciones que suben como incienso, revivimos aquella noche santa en que se forjó el don más grande: el Pan de los Ángeles hecho Viático para el camino, el vino de la salvación hecho Sangre de la Alianza.

Que el Jueves Santo nos encuentre siempre despiertos, con el corazón encendido de gratitud, dispuestos a recibir a Cristo en la Eucaristía y a acompañarlo en su soledad. Que sepamos estar junto a Él en el huerto, aunque los demás duerman, y que aprendamos a besar sus pies en lugar de entregarlo con un beso de traición. Porque Él, que esta noche se hizo Hostia y se entregó a los suyos, nos espera también a nosotros en el altar, en el sagrario, en la oración silenciosa. Y allí, en la intimidad de su amor, nos invita a velar, a comulgar, a vivir en Él, mientras la historia se precipita hacia el Viernes Santo que traerá la Redención. Amén.