EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA Y EL CAMINO DE LA CONSAGRACIÓN
EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA Y EL CAMINO DE LA CONSAGRACIÓN
La devoción al Inmaculado Corazón de María ocupa un lugar especial en la espiritualidad católica. Si el Sagrado Corazón de Jesús nos habla del amor divino, el Inmaculado Corazón de María nos muestra la respuesta perfecta de su Madre a ese amor. En el corazón de la Virgen encontramos Fe inquebrantable, humildad profunda, obediencia generosa y una ternura maternal que abraza a todos los hijos de Dios.
La Sagrada Escritura ofrece la clave de esta devoción cuando afirma que María "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2,19). Su corazón fue el santuario donde resonó la Palabra de Dios, donde maduró el "sí" de la Anunciación y donde permaneció firme al pie de la Cruz. Por eso la Iglesia contempla en el Corazón de María un modelo de vida interior y de entrega total a la Voluntad divina.
Esta devoción recibió un impulso especial a través de las Apariciones de la Virgen en Fátima, en 1917. Allí, la Santísima Virgen mostró a los pastorcitos su Corazón rodeado de espinas, símbolo de las ofensas y pecados que hieren el amor de una Madre. Al mismo tiempo prometió que su Inmaculado Corazón sería refugio seguro y camino que conduciría a Dios. La célebre promesa: "Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará", se convirtió en una fuente de esperanza para millones de fieles.
Consagrarse al Inmaculado Corazón de María significa ponerse voluntariamente bajo su protección maternal y confiarle la propia vida para que Ella conduzca el alma hacia Cristo. No es una sustitución de la relación con Dios; al contrario, es una entrega filial a quien mejor conoce y ama a su Hijo.
La Consagración al Inmaculado Corazón de María debe prepararse mediante oraciones, la Confesión y la Comunión, y también debe hacerse con sencillez y sinceridad. Un acto breve podría decir:
¡Oh María!, Madre de Dios y Madre nuestra, hoy me consagro a tu Inmaculado Corazón. Te entrego mi alma, mi cuerpo, mis pensamientos, mis obras, mis alegrías y sufrimientos. Guíame hacia Jesucristo, ayúdame a vivir el Evangelio y protégeme en los peligros del alma y del cuerpo. Que todo lo que soy y poseo sirva para la mayor gloria de Dios Amén.
La Consagración a María Santísima, sugerida por San Luis Grignon de Monfort se muy recomendada por la Iglesia porque, después de una preparación de 30 días, el alma se vacía del mundo y se entrega más a la Virgen María.
Quien se consagra al Inmaculado Corazón de María aprende a mirar el mundo con los ojos de una Madre, a vivir con mayor confianza en la Providencia y a recorrer el camino de la santidad acompañado por Aquélla que, desde Nazaret hasta el Calvario, permaneció siempre fiel al amor de Dios. En tiempos de incertidumbre, el Corazón de María continúa siendo refugio, consuelo y guía para quienes desean acercarse más a Cristo.


