EL ANUNCIO HECHO A TODA LA HUMANIDAD
LA ANUNCIACI´ÓN DEL SEÑOR
EL ANUNCIO HECHO A TODA LA HUMANIDAD
Hubo un momento en la Historia del mundo en que el Cielo se detuvo sobre la tierra, en que el tiempo se pliega sobre sí mismo para acoger la eternidad, en que la palabra humana pronuncia el "sí" que permite al Verbo divino hacerse carne. Ese momento es la Anunciación del Señor. No se trata de un episodio piadoso más, de una escena apta para estampas y gozos de niños. Se trata del portento más grande acontecido jamás en la Creación: Dios, el Creador del universo, Aquél que sostiene todas las cosas con la Palabra de su poder, decide hacerse Hombre. Y para ello necesita el consentimiento de una creatura. Necesita que una virgen de Nazaret, una joven virtuosa desposada con un carpintero llamado José, diga "sí" en nombre de toda la humanidad.
El anuncio del Ángel Gabriel a María no es, por tanto, un mensaje privado, un asunto doméstico entre el Cielo y una doncella escogida. Es el anuncio hecho a toda la humanidad de antes, de ahora y de siempre. En aquélla fracción de segundo en que la luz del Arcángel ilumina la estancia pobre de Nazaret, se condensa todo el anhelo de los Patriarcas que esperaron la promesa, todo el clamor de los Profetas que anunciaron la llegada del Mesías, toda la esperanza de las generaciones que vendrían y que aún no habían nacido. Cuando San Gabriel pronuncia aquellas palabras: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, no habla sólo para María. Habla para Adán y Eva, que en el Paraíso perdido escucharon la promesa de la Mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente. Habla para Abraham, que creyó contra toda esperanza y vio desde lejos el día del Señor. Habla para David, que supo que de su estirpe nacería el Rey eterno. Habla para Isaías, que anunció que una virgen concebiría y daría a luz un Niño llamado Emmanuel. Habla para todos los justos del Antiguo Testamento que murieron sin ver cumplida la promesa, pero que en el seno de Abraham aguardaban con fe la redención de Israel.
Pero el anuncio no es sólo para los que vivieron antes. Es también para nosotros, los que habitamos este mundo convulso del siglo XXI, los que caminamos entre sombras y buscamos una luz que dé sentido a nuestra existencia. Cuando el Ángel dice el Señor está contigo, lo dice también para cada uno de nosotros, porque María es la figura de la Iglesia y de toda alma creyente. Y cuando anuncia que el Hijo de María "será grande y será llamado Hijo del Altísimo", nos anuncia a nosotros que ese Hijo es nuestro Salvador, nuestro Redentor, nuestro Rey. La buena noticia de la Anunciación es que Dios no ha abandonado a la humanidad a su suerte, que no se ha desentendido de nuestra miseria, sino que ha entrado en nuestra Historia para rescatarla desde dentro. Es la noticia de que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y que hemos contemplado su Gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de Gracia y de Verdad.
Y es también anuncio para los que aún no han nacido, para las generaciones futuras que poblarán la tierra hasta el fin de los tiempos. En el "sí" de María está contenido el destino de todos los hombres que serán llamados a la Fe. Porque Aquél que es concebido en sus entrañas virginales no es un hombre más, es el Hombre nuevo, el segundo Adán, aquél en quien toda la humanidad es recreada y llamada a la filiación divina. La Encarnación no es un acontecimiento que quede atrás, en el pasado remoto; es una realidad siempre presente, siempre actual, porque el Verbo encarnado vive para siempre y su obra redentora alcanza a todos los tiempos. Cuando el Ángel anuncia que María concebirá un hijo, está abriendo la puerta a la salvación de todos los que, a lo largo de los siglos, además de ser incorporados a Cristo por el Bautismo, a través de su Iglesia, reciban la Gracia e los Sacramentos.
La grandeza de la Anunciación reside precisamente en esa dimensión universal. Lo que ocurre en aquel rincón perdido de Galilea tiene consecuencias universales. La decisión de una doncella humilde determina el curso de toda la Historia. Porque Dios, que es Todopoderoso, ha querido necesitar de nuestra libertad para llevar a cabo su plan de salvación. María, con su hágase en mí según tu palabra, se convierte en la Corredentora, en la nueva Eva que, junto al nuevo Adán, restaura lo que el pecado había destruido. Su "Sí" es el sí de la humanidad entera, el sí que nosotros no supimos dar en el Paraíso y que Ella da en nombre de todos.
La Tradición cristiana ha visto en la Anunciación el momento en que el Cielo se desposa con la tierra. El himno Akathistos, esa joya de la liturgia bizantina, canta a María como la escala por la cual Dios descendió hasta nosotros, como el puente que une lo creado con lo increado, como el lugar santísimo donde habita la gloria del Altísimo. Y tiene razón, porque en aquel instante, cuando el Verbo se hace carne en las entrañas purísimas de la Virgen, la creación entera alcanza su cumbre. Todo lo que existe, desde el primer átomo hasta la más lejana galaxia, recibe un nuevo sentido: ha sido creado para que Dios pueda hacerse hombre, para que la materia se convierta en sagrario de la divinidad.
La Anunciación es, además, el anuncio de la Redención que se cumplirá en la Cruz. Porque aquel niño que comienza a gestarse en Nazaret es el mismo que, treinta y tres años después, será levantado en el madero para salvar a la humanidad. El "Sí" de María en la Anunciación encuentra su eco en el "sí" de Cristo en Getsemaní: no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y encuentra también su cumplimiento en el "sí" de la Iglesia, que a lo largo de los siglos no cesa de pronunciar su adhesión al Señor. Por eso, la Anunciación no es una fiesta aislada, sino, el comienzo de todo el Misterio de la salvación. Sin ella, no habría Navidad, ni Pasión, ni Resurrección, ni Pentecostés. Todo el edificio de la Fe se sostiene sobre aquél momento en que el Verbo eterno acepta habitar en el seno de la mujer, bendita entre todas las mujeres.
En nuestros días, cuando el mundo parece haber olvidado a Dios, cuando la cultura dominante pretende construir una vida sin trascendencia, la Anunciación sigue siendo la buena noticia que necesitamos escuchar. Nos recuerda que Dios no ha abandonado a la humanidad, que sigue llamando a la puerta de nuestros corazones como llamó a la puerta de María, esperando nuestro consentimiento para entrar y hacer su morada en nosotros. Nos enseña que la grandeza no está en el poder ni en la riqueza, sino en la humildad de quien se sabe creatura y se abre a la Voluntad del Creador. Y nos invita a pronunciar, cada día, nuestro propio hágase, nuestro propio "sí" a Dios, para que Cristo pueda vivir en nuestra vida y, a través de nosotros, llegar a todos los que aún no lo conocen.
La Anunciación es el anuncio de que Dios está con nosotros, de que no estamos solos, de que nuestra Historia tiene un sentido porque ha sido visitada por el Eterno. Es el anuncio de que el amor es más fuerte que el pecado y la muerte. Es el anuncio de que, en medio de las tinieblas, ha brillado una luz que no se apagará jamás. Y es, sobre todo, el anuncio de que cada uno de nosotros está llamado a ser, como María, portador de Cristo para el mundo. Que la Virgen de la Anunciación nos alcance la Gracia de acoger al Verbo en nuestra vida con la misma humildad y la misma entrega con que Ella lo acogió en Nazaret. Y que, como Ella, podamos decir en toda nuestra existencia: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.


