CUANDO EL ALMA SE ALEJA DE DIOS
CUANDO EL ALMA SE ALEJA DE DIOS
La vida espiritual enseña una verdad que con frecuencia el hombre moderno olvida: Dios no sólo es el Creador, sino también el principio y el fin de toda existencia. El corazón humano ha sido hecho para Él y sólo en Él encuentra su descanso. Cuando el hombre decide vivir como si Dios no existiera, deja un vacío que ninguna riqueza, placer o poder puede llenar. Ese vacío se convierte en una puerta abierta por la que el enemigo de las almas busca introducirse.
La Sagrada Escritura advierte que el demonio "ronda como león rugiente buscando a quién devorar" (1 Pe 5,8). Su estrategia rara vez comienza con grandes pecados. Empieza con pequeños susurros: una mentira que parece inofensiva, un resentimiento alimentado en silencio, una tentación aceptada por curiosidad, una oración abandonada por pereza. El pecado siempre promete libertad, pero termina construyendo cadenas.
Cuando el hombre escucha con frecuencia esas insinuaciones y les presta consentimiento, el alma comienza a perder sensibilidad. Lo que antes provocaba remordimiento se vuelve costumbre; lo que parecía grave termina justificándose. Los pecados se hacen más frecuentes, más deliberados, más maliciosos y más hirientes. El corazón se endurece y la conciencia, poco a poco, deja de distinguir con claridad entre el bien y el mal.
Es una pendiente peligrosa, una verdadera resbaladilla espiritual. Al principio parece posible detenerse en cualquier momento, pero cada caída facilita la siguiente. La velocidad aumenta y también las consecuencias. El pecado llama a otro pecado, hasta que la persona puede encontrarse muy lejos del camino que un día recorrió con paz y con esperanza.
Por eso es indispensable vivir con vigilancia. La Iglesia llama a esta actitud examen de conciencia. Quien reconoce las primeras caídas tiene todavía la fuerza para levantarse con la ayuda de la gracia. La oración, los sacramentos, la lectura de la Palabra de Dios y la dirección espiritual son auxilios concretos que fortalecen el alma y cierran las puertas por donde el enemigo intenta entrar.
Pero el mensaje cristiano no termina con una advertencia, sino con una promesa. Ninguna caída es definitiva mientras el hombre conserve el deseo de volver a Dios. Cristo vino precisamente a buscar a la oveja perdida, a levantar al pecador arrepentido y a vencer el poder del mal con su misericordia. La verdadera diligencia consiste en descubrir hacia dónde conduce el pecado antes de recorrer todo el camino, y volver sin demora a Aquel que nunca deja de esperar a sus hijos con los brazos abiertos.


