CRISTO REY. Un Reino que no es de este mundo
CRISTO REY. Un Reino que no es de este mundo
La Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, se celebra el último domingo del año litúrgico. Es el cierre de todo un ciclo: al llegar aquí, la Iglesia nos invita a mirar la historia completa y a reconocer que Cristo es el Señor de todo lo que existe, el principio y el fin de la vida y de la historia humana.
Fue instituida por el papa Pío XI en 1925, mediante la encíclica Quas Primas. En aquel tiempo, el mundo sufría el auge de regímenes totalitarios, el desprecio por los derechos de Dios y la pretensión humana de que la fe debía quedar encerrada entre las cuatro paredes del templo. Frente a ello, la Iglesia levantó esta fiesta como un estandarte: Cristo no es solo una figura religiosa del pasado, sino el Rey eterno cuyo reinado abarca cada aspecto de la vida, público y privado.
Sin embargo, hay algo esencial que no debemos olvidar: el reino de Cristo no se parece a los reinos humanos. Cuando Jesús estuvo ante Pilatos, lo dijo con claridad: "Mi reino no es de este mundo". No vino con ejércitos, ni con coronas de oro, ni con poder político. Su trono fue la Cruz, su cetro un clavo, su corona de espinas. Su poder no es imponer, sino amar; no dominar, sino servir; no destruir, sino salvar. Es el Rey que da la vida por sus súbditos, no el que exige que ellos mueran por él.
Reconocer a Cristo como Rey significa que Él tiene la última palabra, sobre cualquier gobierno, sobre cualquier ideología, sobre cualquier poder humano. Los imperios se alzan y caen; las modas pasan; las instituciones cambian. Pero Cristo permanece igual, ayer, hoy y siempre. Su ley es la ley del amor; su justicia, la que perdona y restaura; su paz, la que el mundo no puede dar ni quitar.
Esta fiesta no es un llamado a imponer nada por la fuerza. Es una invitación personal: que Cristo reine en mi corazón primero, en mi familia, en mis decisiones, en mi trabajo. Cuando lo reconocemos como Rey, ya no vivimos para agradar a los demás, sino para ser fieles a Aquel que nos amó hasta el extremo. Es por esto que los mártires mexicanos, en momentos de oscuridad, gritaban con valentía: "¡Viva Cristo Rey!". No era un grito de guerra, sino de confianza absoluta en que ningún poder puede derrotar al Señor de la historia.
Al concluir este año litúrgico, que esta solemnidad renueve en nosotros la convicción de que Cristo es el centro de nuestra vida. Que reine en nuestros pensamientos, en nuestras acciones y en nuestra esperanza. Porque su reino es eterno, y en su luz encontramos el verdadero sentido de nuestra existencia.


