CRISTIANOFOBIA: CUANDO LA FE INCOMODA

CRISTIANOFOBIA: CUANDO LA FE INCOMODA

En Europa, durante 2023, se registraron 2,444 crímenes de odio contra cristianos en 35 países: templos incendiados, altares profanados, cruces destruidas y creyentes agredidos. En 2024, aunque el número total bajó a 2,211, los ataques físicos subieron de 232 a 274 y los incendios casi se duplicaron. Francia, Reino Unido, Alemania, España y Austria encabezan las listas. En Australia la violencia es menos visible pero igual de real: despidos por compartir la Fe, demandas a escuelas cristianas y predicadores detenidos por expresarse en público.

Muchos creyentes, en ambos continentes, se autocensuran por miedo al castigo laboral o social.

Las causas se entrelazan. Primero, un laicismo militante que no busca neutralidad sino borrar todo rastro cristiano del espacio público: se retiran cruces, se prohíben los nacimientos y se persigue a quien sostiene principios morales contrarios a las agendas dominantes.

Segundo, los discursos políticos y mediáticos que presentan al Catolicismo como obstáculo al progreso, normalizando el desprecio: cuando la Fe se etiqueta de peligrosa, agredirla deja de parecer malo.

Tercero, redes sociales que difunden narrativas deshumanizantes donde la blasfemia se confunde con libertad de expresión y la creencia se ridiculiza sin consecuencia. También hay violencia que viene de personas radicalizadas de otras tradiciones, que ven los símbolos cristianos como enemigos. Y no menos importante: generaciones que ya no conocen su propia raíz, que ven el Catolicismo como algo impuesto o ajeno y, sin nada que defender, encuentran facilidad para destruirlo.

Se presenta de dos formas: la visible —templos quemados, altares manchados— y la persecución pública, es decir, la cancelación, que duele igual: el despido, la demanda, el silencio obligado, la carrera que se acaba por orar o creer de otra manera. El común denominador es siempre el mismo: se tolera cualquier convicción menos la católica, especialmente cuando esta defiende la vida, la familia y la Verdad revelada.

La libertad religiosa no consiste sólo ir a la Iglesia el domingo: consiste en poder vivir lo que se cree, sobre todo cuando la Fe es razonable y se promueve la virtud y las buenas costumbres, sin miedo al castigo, en el trabajo, en la escuela y en la plaza pública, Donde se margina la fe, se empobrece a toda la sociedad: lo que comienza con una cruz retirada termina con una conciencia encadenada.