CÓMO VIVIR LA CUARESMA

CÓMO VIVIR LA CUARESMA

La Cuaresma se presenta en el calendario litúrgico de la Iglesia católica como un camino de cuarenta días que nos conduce desde el Miércoles de Ceniza hasta la puerta del Triduo Pascual, donde conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Lejos de ser un mero trámite o un tiempo de tristeza superficial, constituye una profunda llamada a la conversión del corazón, una invitación a remar mar adentro en nuestra propia interioridad para reencontrarnos con la verdad de quiénes somos y, sobre todo, con la misericordia infinita de Dios. Es un éxodo personal, un desierto elegido voluntariamente donde, imitando a Cristo, nos retiramos para fortalecernos contra la tentación y prepararnos para la alegría de la Pascua.

Tradicionalmente, la disciplina cuaresmal se asienta sobre tres pilares fundamentales que actúan como senderos hacia esa renovación interior: la oración, el ayuno y la limosna. No son prácticas aisladas ni fines en sí mismas, sino medios que se entrelazan y se alimentan mutuamente. La oración es el diálogo amoroso con Dios, el tiempo que dedicamos a levantar la mirada del barro para fijarla en el cielo. En la oración silenciosa, en la lectio divina, en la participación en la Eucaristía, reconocemos nuestra dependencia del Creador y abrimos nuestro corazón a su Gracia. Es el alimento del alma, la cuerda que nos mantiene unidos al Padre durante la travesía del desierto. Sin ella, el ayuno se vuelve mera dieta y la limosna, simple filantropía.

El ayuno, por su parte, posee una dimensión profundamente corporal y espiritual. No se limita a la abstinencia de carne o a la reducción de la cantidad de alimento. En su sentido más amplio, el ayuno nos ayuda a recuperar la soberanía sobre nosotros mismos, a domesticar los apetitos desordenados que nos esclavizan. Al privarnos voluntariamente de algo bueno, como el alimento, recordamos que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Esta privación crea un vacío sagrado que nos permite tomar conciencia de nuestro propio vacío existencial y del hambre profunda de Dios que a menudo intentamos acallar con bienes materiales. El cuerpo, que también es templo del Espíritu Santo, participa activamente en esta purificación, aprendiendo a someterse al espíritu y a compartir la austeridad que tantos hermanos nuestros sufren por necesidad.

La limosna, el tercer pilar, es la expresión concreta del amor al prójimo que brota del amor a Dios. Es la mano tendida que, habiendo recibido, aprende a dar. La limosna no es simplemente dar lo que sobra, sino compartir lo que somos y tenemos, reconociendo en el rostro del pobre el rostro de Cristo. Este gesto nos saca de nuestro egoísmo y nos confronta con la realidad de un mundo necesitado. Nos recuerda que somos administradores, no dueños absolutos, de los bienes que Dios nos ha confiado. La limosna, unida al ayuno y la oración, nos purifica de la avaricia y nos abre a la verdadera riqueza, que es la comunión con Dios y con los hermanos.

Este tiempo de gracia es, ante todo, una oportunidad providencial para sacudirnos el polvo del camino. En el rito del Miércoles de Ceniza, mientras el Sacerdote impone la ceniza sobre nuestras frentes, resuena la antigua advertencia: Polvo eres y en polvo te convertirás o la invitación más directa: Conviértete y cree en el Evangelio. Este gesto nos sitúa en nuestra verdad fundamental: somos criaturas frágiles, caminantes en esta vida, y llevamos sobre nosotros el polvo acumulado de nuestros pecados, de nuestras rutinas sin alma, de nuestros afectos desordenados, de nuestras tibiezas. Ese polvo nos pesa, oscurece nuestro brillo original de hijos de Dios y nos impide avanzar con ligereza hacia la meta. La Cuaresma es el tiempo de detenernos, de tomar la escoba de la penitencia y el paño de la oración, y con la ayuda de la gracia, limpiar ese polvo. Es un llamado a desprendernos de todo aquello que, como la arena del desierto, se nos ha ido pegando en la piel y en el alma: el rencor, la soberbia, la pereza espiritual, la mundanidad.

Los beneficios de vivir auténticamente la Cuaresma son incalculables y abarcan tanto la dimensión espiritual como la corporal, pues el ser humano es una unidad indivisible. Espiritualmente, este tiempo nos purifica y fortalece. Al enfrentarnos a nuestras debilidades en el desierto, nos volvemos más humildes y conscientes de nuestra necesidad de Dios. La oración nos llena de paz y claridad, permitiéndonos discernir su voluntad. El ayuno y la abstinencia disciplinan nuestras pasiones, haciendo el alma más libre y dispuesta para el amor. La limosna nos llena de una alegría que no es del mundo, la alegría de darse. En definitiva, la Cuaresma bien vivida nos configura más profundamente con Cristo, nos vacía de nosotros mismos para que Él pueda llenarnos. Es un ejercicio espiritual que tonifica los músculos del alma, preparándonos para las batallas de la vida y para la alegría definitiva de la resurrección.

Corporalmente, aunque no sea su fin principal, el ayuno y la moderación propios de la Cuaresma tienen efectos beneficiosos reconocidos. Nos enseñan a comer para vivir y no a vivir para comer, promoviendo una relación más sana y libre con los bienes materiales y el placer. Al desintoxicarnos de excesos, el cuerpo también experimenta una cierta ligereza que puede favorecer la claridad mental y la disposición para el recogimiento. Este cuidado del cuerpo, vivido con espíritu de penitencia y no por mera estética, lo integra en el camino de santificación, recordándonos que también él está llamado a la gloria de la resurrección.

Así, la Cuaresma no es un fin, sino un medio; no es una meta, sino un puente. Es el tiempo del "todavía", la oportunidad que la Iglesia nos brinda, una y otra vez, para no acostumbrarnos al polvo, para no resignarnos a la mediocridad. Es el grito del profeta que resuena en nuestros oídos: "Rasgad vuestros corazones, no vuestras vestiduras". Es la invitación a volver a casa, a la Casa del Padre, que nos espera con los brazos abiertos, listo para vestirnos con el traje de fiesta y matar el ternero cebado, porque este hijo nuestro estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y ha sido encontrado. Acojamos, pues, este tiempo como un don, caminemos con paso firme y ligero por el desierto, sacudiéndonos el polvo del camino, para que al llegar a Jerusalén, podamos morir con Él al pecado y resucitar con Él a una vida nueva.